Silencio de pájaros

El hombre rico y poderoso ordenó su mansión en el centro del bosque. Debieron derribar, cortar, tirar y más.  

Caían árboles, huían animales por doquier. El hombre exigía más y más habitaciones, más terrazas, más agua. Hizo desviar el curso de un arroyo cantarín. No tenían fin sus deseos.

Finalmente, después de un par de años, pudo instalarse en la casa. 

A los pocos días, le informó a sus sirvientes que le molestaban los pájaros. Que lo despertaban demasiado temprano por las mañanas.

Pusieron todo tipo de trampas y mataron muchísimos pájaros. A los que cazaban, los encerraban en jaulas y los enviaban lejos. A lo largo de meses, los animales alados evitaron pasar cerca de la gran casa del bosque.

El monte que rodeaba la mansión quedó silencioso. Ya nada cantó en las ramas. Ya nada aleteó en el sol.

Unos años después, el hombre rico y poderoso luchó a brazo partido contra una enfermedad que lo dejó sordo como una tapia.

En tibia venganza, los pájaros que cazaron y enjaularon lejos se soltaron y regresaron a cantarle al bosque. Los que evitaban la casa vencieron el miedo y regresaron. 

La casa enorme fue el escenario musical de miles de aves que cantaban, cada día aparecían más.

Pero en los oídos del hombre rico y poderoso había un silencio de muerte.

Los sirvientes sonreían y hacían sus tareas, alentando el canto con silbidos propios. 

Cuando el hombre rico y poderoso murió, hicieron un gran santuario de aves que todavía resiste en medio del bosque. Habitado por pájaros cantores, se ha convertido en un lugar turístico ejemplar. 

Nadie recuerda la historia del hombre que despreció el canto de los pájaros.

Silencio de pájaros

El hombre rico y poderoso ordenó su mansión en el centro del bosque. Debieron derribar, cortar, tirar y más.
Caían árboles, huían animales por doquier. El hombre exigía más y más habitaciones, más terrazas, más agua. Hizo desviar el curso de un arroyo cantarín. No tenían fin sus deseos.
Finalmente después de un par de años, pudo instalarse en la casa.
A los pocos días le informó a sus sirvientes que le molestaban los pájaros. Que lo despertaban demasiado temprano por las mañanas.
Pusieron todo tipo de trampas y mataron muchísimos pájaros. A los que cazaban los encerraban en jaulas y los enviaban lejos. A lo largo de meses los animales alados evitaron pasar cerca de la gran casa del bosque.
El monte que rodeaba la mansión quedó silencioso. Ya nada cantó en las ramas. Ya nada aleteó en el sol.
Unos años después el hombre rico y poderoso luchó a brazo partido contra una enfermedad que lo dejó sordo como una tapia.
En tibia venganza los pájaros que cazaron y enjaularon lejos, se soltaron y regresaron a cantarle al bosque. Los que evitaban la casa, vencieron el miedo y regresaron.
La casa enorme fue el escenario musical de miles de aves que cantaban, cada día aparecían más.
Pero en los oídos del hombre rico y poderoso había un silencio de muerte.
Los sirvientes sonreían y hacían sus tareas alentando el canto con silbidos propios.
Cuando el hombre rico y poderoso murió, hicieron un gran santuario de aves que todavía resiste en medio del bosque. Habitado por pájaros cantores, se ha convertido en un lugar turístico ejemplar.
Nadie recuerda la historia del hombre que despreció el canto de los pájaros.

Incógnita venganza

Fueron las dos a la cita con unos deseos terribles de avergonzar al hombre. Eso, es verdad.

Todo había empezado como un juego casual por Internet. El hombre era bien parecido, no bello pero sí, se veía bien. Tenía una cultura media, se podía hablar con él sin aburrirse. Una posición económica cómoda como para pagar buenas cenas y buen hotel.

Nunca lo pensó Luisiana como candidato fijo, sabía que eran encuentros casuales. Pero la sorprendió un poco el llevarse tan bien y que el sexo fuera tan bueno. Por su experiencia, la primera vez, no era la mejor. Fue un muy buen fin de semana.

A los dos días se lo contó a Marta, su mejor amiga, por teléfono. Supuso que en breve recibiría la segunda invitación.

Y no se equivocó, tuvo varias charla con José vía chat, se rieron , hablaron temas diversos y llegó la invitación. Nunca había recibido ese tipo de invitación , era una mujer de cuarenta años con un hijo adulto y divorciada por más de diez años, no era una moralista, tenía un buen trabajo y disfrutaba la vida con alegría.

La invitación de José sin embargo, acabó con esa mujer independiente, no moralista y alegre. Le preguntó directamente si tenía una amiga para llevar. Para hacer un trío. Por supuesto, quería conocer por fotos y chat a su amiga. Un fin de semana pero en trío, le dijo.

Sintió que le bajaba su nivel de autoestima a un nivel desconocido, sintió que ese fin de semana donde ella se sintió cómoda y alegre, era muy menospreciado por el hombre. Le subió una rabia desconocida y un deseo de venganza que ni siquiera con su ex, había experimentado.

Horas de teléfono con Marta que al principio, se rió y le dijo: ay, no jodas, pásalo a bloqueo y olvídate.

Pero Marta, que la conocía bastante, jamás había sentido tanto resentimiento y menos aún planes de venganza. Así que, o le tentó la idea o como buena amiga, decidió ayudarla.

Conoció por Internet a José, le envió fotos y siguió el juego de acuerdo a lo planeado por Luisina.

Casi al mes llegó la cita en una bella ciudad, cercana a la Rivera de un hermoso río. Las dos fueron preparadas con los aceites necesarios.

Se encontraron los tres para cenar. Tomaron buen vino, comieron buena carne. El ambiente se fue preparando. José insistió un par de veces en preguntar si era la primera vez que lo hacían y ellas riendo, le aseguraron que no. Al final de la segunda botella, se lo creyó. Mordió el anzuelo.

Fueron al hotel. Lo dejaron en la cama y se encerraron en el baño diciendo: tenemos una sorpresa, desnúdate amoroso.

Y el hombre esperó desnudo. Y las dos aparecieron con ropas sensuales , negras, de finos tacos, con las bocas pintadas de rojo rabioso. Subieron a la cama, una de un lado, otra del otro. Comenzaron un jugueteo de manos y Luisina sacó una esposa rosa de su traje. Lo esposó mientras lo besaba en la boca. Lo mismo hizo Marta.

  • Y ahora amoroso, eres todo nuestro – dijo Luisina y el hombre se exitó y se relamió los labios.

Pero se bajaron de la cama, encendieron el TV, y se vistieron tan rápido que el hombre no alcanzó a reaccionar. Le sacaron todo el dinero frente a él, las tarjetas de crédito y el celular.

  • No grites, tengo el teléfono de tu esposa. Si te quedas quieto no le envío esta foto- dijo Luisina mientras lo fotografiaba. Marta ya tenía todo pronto, se cambiaron en tres minutitos, dejaron todos los juguetes sexuales y vestimentas regadas por la alfombra.
  • La próxima vez que busques un trío, piénsalo, me viste cara de puta? – dijo Luisina antes de cerrar la puerta y colocar el cartel de NO MOLESTAR, del lado de afuera de la puerta.

Se fueron vestidas como dos señoras, en el bolso llevaban toda la ropa de José, su teléfono y todo el dinero y las tarjetas.

Antes de tomar el bus que las llevaba a su ciudad tiraron todo en un contenedor.

Se fueron riendo nerviosas y sin dormir el resto de la noche. Al otro día se separaron y volvieron el lunes cada una a su vida normal.

El peor final que imaginaron fue no saber. La venganza fue ejecutada. Pero nunca lograron saber qué sucedió después. No podían preguntar y en ninguna noticia que escucharon se mencionó el hecho.

Lo peor aún fue que con el tiempo comenzaron a preguntarse: y si no hubiera salido según lo planeado? Y si el hombre hubiera muerto por esa estupidez?

Cómo puede ser venganza algo con final desconocido?

Algoritmo

Entró ella, la inconmensurable maestra, la extraordinaria maestra de las palabras, pero no entró majestuosa por mi puerta. Sabia y sencilla se sentó sobre mi cama y de inmediato sacó infinitos papeles escritos. 

A mi lado se turnaban mi hermana y mi mejor amiga de la adolescencia. Deseosas como yo de descifrar el contenido intrincado del tejido de palabras.

Masticábamos galletitas secas, la poeta también lo hacía, sin parar de mostrar los papeles y explicar. Faltaban palabras y había que encontrarlas, colocarlas en el lugar preciso y la puntuación tenía que ayudar, converger, hacer que parezca perfecto.

Sabemos que la perfección en palabras es algo diferente a un algoritmo de números y sin embargo, a mí la propuesta me parecía similar. 

El sol calentaba la habitación y nosotras nos debatíamos sobre el cobertor azul, cuáles eran esas palabras, dónde iban, cómo lograr la puntuación perfecta. Que ella, la maestra de todas las maestras, la favorita de las palabras nos hubiera elegido, me producía una sensación de alegría y miedo que no podría explicarla nunca.

De pronto los papeles se habían multiplicado y el afán de búsqueda era como una carrera en el tiempo. Alguien dijo que se nos acababa la oportunidad y me quedé como inerte. Estábamos concursando. Recién me daba cuenta. Nos había elegido a nosotras para estar en su equipo. Qué instante de sanación se produjo en mi alma.

Respiré hondo, sentí el aire apenas tibio, seguí buscando palabras pero ya sin afán, lo importante, lo feliz, era ese mínimo hecho: estaba eligiendo compartir y competir con nosotras. 

Qué buen despertar. Saludé al atrapa sueños con un sonrisa y una mano feliz. 

La más grande había estado compartiendo su arte conmigo y me trajo a mi hermana y a mi mejor amiga.

Si la realidad pudiera contagiarse de los sueños…

Sólo en los sueños los mayores talentos se juntan con la plebe y les permiten sentirse elegidas.

Plumas


No es fácil lidiar con locos. Me acostumbré, sin embargo, casi enseguida, a la rutina del loquero. Tragué todas las pastillas, me bañé a diario y comí con la cuchara. Logré no babear y pude andar sin temblores después que se me fue el efecto de los terribles tratamientos que me aplicaron.
Superé con entusiasmo mi nueva condición y a los tres meses era la favorita de los enfermeros y de los locos. Es fácil ser la favorita: como una niña buena, se acepta, se obedece y listo.

Me aprendí los nombres de todos y gracias a mi madre, que no fallaba en la visita semanal, repartía cigarrillos y chocolates todos los fines de semana. Iba en hora a ver al médico y me aprendí de memoria las respuestas que quería escuchar.
Todos me decían que iba a salir pronto. Yo mantenía los sentidos alertas. Nadie recordaba que el loquero tenía un gallinero lleno de bellas gallinas. Donde hay gallinas hay huevos y hay plumas. Los huevos casi no los tocaba, salvo alguna vez que tuve hambre. Pero las plumas me las llevaba cada noche.
Y acá estoy con mi traje terminado. Tuve que armarlo por las noches y casi sin luz.

Mañana seré como siempre, la primera en ir a bañarme. Nadie se extrañará. Subiré a la azotea y probaré mi traje de plumas. Volaré por sobre los locos y veré las calles de mi ciudad. Ahí están los cuerdos y por ellos, volaré, no quiero volver a vivir entre los cuerdos. Los conozco y son peor que los locos. Quiero irme a otro lugar más seguro.
Mañana volaré y me iré a ese otro lugar…

Viaje incierto

Por años he estado soñando que el ómnibus me lleva a un lugar desconocido. En taxi lo mismo. Alguien nos secuestra y el chófer debe de ir hacia donde lo mandan. Le hablan por una transmisión que no es celular, yo diría radio. O quizá diría que no sé por dónde le llegan las órdenes.
Para evitar esa obsesión, me imagino un lugar desconocido, recóndito, algo olvidado o salvaje. Es una forma de acortar el viaje.
Apenas me subo, doy la dirección, me reclino en mi asiento y me imagino un nuevo destino incierto. Miles de aventuras, miedo, sorpresa…
Pero hoy no pude imaginar nada…apenas me subí, el ómnibus lleno de gente inició una carrera loca y ahora, sin combustible se ha detenido. Todos han descendido y escucho preguntas de dónde estamos, qué es esto y qué ha pasado. Yo ni me bajo ni actuó…ha sucedido y lo sé porque lo estuve esperando por mucho tiempo.

Vendedor de espejos.

Un vendedor de espejos en este siglo es una auténtica estupidez. Eso pensó el pueblo entero y esa noche, en la plaza, cuando el hombre armó su estand y comenzó a lucir sus espejos, no se arrimó nadie.
Pero el hombre fue perseverante, toda la semana a la misma hora montaba su puesto ambulante de espejos. Al final nos ganó la curiosidad y fuimos visitándolo.
Nadie se quedó sin comprar un espejo. Era fascinante: llegabas y sólo con tu nombre, tu fecha de nacimiento y tu color favorito, te asignaba tu espejo. Después de conocer estos datos buscaba con paciencia entre las filas de espejos colgados, apilados, embalados. Su concentración mientras revolvía aquel mundo de espejos era absoluta. El resultado: increíble.

Una vez que te daba tu espejo lo comprabas, era imposible no hacerlo. En primer lugar porque nunca se excedía con el precio pero, lo más importante era lo que veías en él.

En laberíntica forma se veía tu vida: la infancia desamparada o feliz, la adolescencia rebelde o abúlica, tu presente incierto o realizado… pero aún más: tu futuro a corto o lejano plazo.

Y el pueblo se obsesionó y nadie se quedó sin su espejo. Y había una especie de fijación por mirar cada día el futuro, algunos que habían tenido pasados felices se quedaban en él y ya no veían más. Otros, abstraídos sólo atinaban a espiar su muerte.

Y cambiamos….y el vendedor se fue, no supimos cuándo, dejó un pueblo diferente. Ya nadie puede ser la misma persona cuando puede recordar con precisión o saber cómo y cuándo será su muerte.

El loco

Que como era loco nadie lo escuchaba y todos lo engañaban… que sí que sí que sí que a los locos hay que llevarles la corriente.

Y así vivieron toda una vida: él anunciaba infidelidades y partos con niños muertos e inundaciones insoportables y a todo le decían que sí y nadie recordaba al día siguiente sus angustiados anuncios.

Tampoco le creyeron que se mataría y de no creerle lo dejaron colgado hasta que el olor nauseabundo los obligó a sepultarlo.

Por eso la ciudad se vio obligada a soportar su fantasma perpetuo que alejó todo visitante y toda la gente joven que no quiso compartir con ese espectro el resto de sus vidas.

El loco con su fantasma mataron la aldea. Tampoco se lo creían pero se fueron.