Sentada

En el sofá de mirar la vida

la abuela sentada, espera,

mano sobre mano,

ojos allá lejos y una sonrisa

leve, apenas perceptible,

endulza su cara.

Afuera se agita la vida,

ella, adentro, espera.

La sangre de su sangre

la carne de su carne, corre,

se apura, huye y se descalabra.

La vida de la vida suya también

anda por los caminos, las rutas,

los mapas, con apuro… la máquina

de producción los devora.

Ella, sentada ve pasar, ve girar

la vorágine que ya no es suya,

Ahora, se dice, me toca esperar…

Espera o vigila que pueden ser, la misma cosa.

Y con esa actitud, casi ingenua,

no debelará secretos. Los atesorará

en su eterno baúl de recuerdos.

No se acuerda de casi nada, murmuran,

los verdaderos ingenuos,

mientras ella repasa confidencias,

infidelidades, deseos, odios muy recónditos,

lejanos y de otros tiempos.

Mira siempre lejos y no ve casi nada,

se preocupa su joven nieta;

pero ella mira allá, adentro. Y puede percibir

angustias, envidias, miedos, siente

los celos y puede ver muertos.

Una nunca sabe de verdad, qué cosas hace

una abuela que divaga y se distrae,

cómo más allá del tiempo.

Llegaron las garzas

La mañana que comenzaron a llegar las garzas nosotros, los seis primos que siempre estábamos con la abuela, llegamos un poco tarde al río. Es que la abuela se había quejado toda la noche de un dolor de espaldas como si » cargara dos o tres muertos», dijo. Así que hasta que no le dimos un calmante y la dejamos en su cama confortable, no fuimos a la competencia de canotaje. Igual nos tiramos al río pero nos llamaron la atención las garzas. Paradas y sin miedo, casi sin volar ante nuestra presencia. Al regresar, en el ocaso, no las vimos.

Al día siguiente la abuela despertó en un grito de » diez muertos sobre mi espalda» y llamamos su médico que le dió calmantes y le dijo:

– No son muertos abuela, son sólo años…

– Qué sabrás- respondió ella mientras se adormilaba por la inyección.

Cuando la vimos calmada fuimos al río para ver el final de la competencia y nos llamó la atención cómo había crecido el número de garzas. Seguían tranquilas, prácticamente ni se movían de la orilla. Al oscurecer se fueron.

Al día siguiente fue necesario internar a la abuela que para entonces tenía más de cincuenta muertos en su espalda y fue el momento de llamar al resto de la familia.

Mientras la abuela seguía juntando muertos arriba de su frágil espalda nos íbamos enterando de la » invasión de garzas» como decían las radios, los diarios y el único canal de televisión del pueblo. Entre los quejidos de la abuela y la desesperación de la familia logramos ver en fotos y pantallas un río totalmente tapado de garzas. Algo insólito, pero nosotros sólo atendíamos el quejido de la abuela y los innumerables muertos que cargaba en su espalda.

Al amanecer del octavo día la abuela se sentó en su cama y con voz muy clara nos dijo:

– Ahora me los llevo conmigo.

Después se durmió plácida casi sonriendo, estiró su espalda y acomodó su cuerpo y fue dejando de respirar con lentitud. Cuando ya no respiró más sentimos el golpeteó de alas frente a los ventanales que daban al Oste. Las garzas, como la abuela, se retiraron.

Manchas de vino

Mi abuela hizo de todo en su larga vida. Oficios varios, no siempre muy femeninos para su época.

Tuvo una de las primeras lavanderías del pueblo y pudo ver llegar y comprar máquinas que hacían casi solas lo que ella a puro puño.

Nunca nos dejaba a cargo de las máquinas dispuestas para restaurantes porque ella, antes de meter a lavar la mantelería, miraba si había manchas de vino en ellos. Y podía leerlas: si era mancha por descuido, con rabia, para festejar o sólo de un brindis apresurado. Si había quedado rastro de mancha por un beso escondido o un mensaje mal dado. Tenía muchos diagnósticos más.

Otras abuelas habrán leído los astros y los síntomas del cuerpo, pero la única que conocí que leyera manchas de vino fue la nuestra. Y se nos fue de viaje sin dejar la receta!