La menor de ocho hermanas. No, siete, un varón, una muerta antes del año. La diferencia de edad entre mi madre, la mayor, y ella, la menor, eran veinte años. Fuiste y sos mi tía favorita, ahora la única que me queda. Lo más similar a la sangre de mi madre que se murió sin llegar a los setenta, vos y solo vos.
Ayer festejamos tus noventa años y te vi en la fragilidad de la vida y tuve tantas ganas de llorar. Es una alegría compartir que hayas logrado vivir 90 años querida, pero verte tan pequeña me dio tanta rabia. Si te hubieran visto Muñeca…
Tus hijas mayores creen tener recuerdos nítidos, pero vos eras su madre, no una tía, y yo nací diez años antes. Creo que no saben por ejemplo de tu humor irónico y ácido. Que era una de las cosas que mi padre amaba de su cuñada menor. Casi una hija para él.
No recuerdan por ejemplo los celos de mi hermana mayor, nueve años menor que vos, por el cariño que mi padre te tenía. No pueden saber que siendo una niña cuando mamá perdió su hija casi al año de nacida, acompañaste su agonía tarde con tarde.
Y me empecino en recordarte súper coqueta, con tacos altos y labios rojos, con la línea de la media de seda siempre perfecta, llevándome de la mano. Me muero de risa pensando que mi primera visita a un Comité político fue a la UCR. Me llevaste y después tu ahijada, decidió ser de izquierda como los tíos abuelos.
Me gusta recordarte tan mordaz y atrevida, tan coqueta y elegante, que usabas ropas negras, hermosas, y le hiciste creer al que fue mi tío y padre de tus hijas e hijo, que eras viuda y yo era tu hija. Fue un cortejo de caminatas por aquellas calles de antes.
Respetuoso preguntó si podía acompañarte y le dijiste que eras viuda. Que te habías quedado sola con tu pequeña hija, yo. Y así se inició la conversación y el acompañamiento que unos años después terminaría en tu casamiento. Y nacieron siete hijos. Seis mujeres y un varón, como la abuela.
Me gusta recordarte trabajando en la quinta, a la par de los hombres, o en la matanza de cerdos. Recordarte enseñándome a depilarme cuando mi madre decía que todavía no era tiempo.
Me gusta recordarte intentando prolongar el matriarcado de la abuela, en la misma casa y trabajando, pariendo, amamantando sin parar y sin dejar de reír.
Sin ser tu primer parto, los otros me tocaron de cerca. Porque vivíamos enfrente y vos tuviste tus hijas ahí. Mi madre se iba a ayudar y tus niñas se quedaban conmigo y con papá hasta que nos llamaban. Tus tres primeras hijas fueron, sin ellas saberlo, mis hermanas pequeñas. Por eso a veces me llamaban de noche y dormían conmigo. Tan pequeñas eran que yo me sentía una mujercita. Me acostaba y les cantaba y dormíamos todas en el gigantesco dormitorio de la abuela.
Me gusta recordarte así, mujer imparable, indomable, apasionada y muy locuaz. Que mi tío estaba enamorado de vos era muy visible. No pudo haber soportado siempre con una sonrisa los mandatos y malos tratos de la abuela. No sė si te dije que amé tanto a ese tío como a ningún otro. Ni a tu hermano, mi padrino.
Vos tuviste una vida llena de trabajo y eso en esa época cuando el trabajo se pagaba como se le antojaba al patrón. Y nunca era suficiente, nunca alcanzaba. Pero nunca te vi quejarte. Tampoco te vi llorar muchas veces. Durísima como la abuela. Mi madre en cambio, solía deprimirse con facilidad y llorar hasta agotar las lágrimas.
Ese no fue motivo para que no la ayudaras con mi hermano esquizofrénico. En aquella casa de la abuela no hubo un solo familiar que fuera a pedir ayuda y se la negaran. Supongo que si la vida no hubiera cambiado tanto, podrías haber continuado el matriarcado de la abuela hasta hoy… pero ya nada es parecido a ese tiempo.
En el exilio obligado te extrañé tanto! Siempre pudimos charlar mucho nosotras. Sin ser de política, no teníamos desacuerdos. El padre de mis hijos también te quiso mucho y mi compañero actual, más que a sus propias tías.
Y con él logré llevarte al mar. Nuestros mejores recuerdos están ahí Muñeca querida. Las dos en la playa riéndonos mucho, comiendo empanadas y tomando vino dulce. Poniendo sobre nombre a las personas. Yendo de una playa a la otra, imparables y la paciencia de mi marido, me recordaba la paciencia de mi tío.
Esos viajes son un tesoro que guardaré para siempre en mi cajón de recuerdos bellos. Las olas, las tormentas, el frío del atardecer, las caminatas, las interminables charlas, el raconto de recuerdos.
Ayer quise decirte muchas cosas,
Gracias por ayudar a mi madre y llorar a mi padre como un hermano. Gracias por ayudar a mi hermana hasta el final. Gracias por ayudar a mi pobre hermano y acompañarme a enterrarlo, tan solas las dos entre tantos pobres locos.
Gracias por cruzar el charco tantas veces y venir a verme. Gracias por acompañarnos al océano, a ese pueblo perdido que siempre elegíamos y supongo, recordas de memoria.
Quería decirte muchas cosas pero noventa años ya dicen mucho y no quise invadir con palabras tu fiesta. Pero las escribo. Las guardo. Quién sabe tía si algún día, alguien en el futuro las lee y logra recordarnos.
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