Tejido invisible

Es una especie de tela de araña fuerte, irrompible y a su vez, invisible.

Te cuesta imaginar que exista algo así. Porque es parte de un mundo de magia o de imposibles que nos enseñaron a negar.

La intuición, fuerte, presente, la que heredaste y la propia hacen su trabajo. Y te gana antes de notarlo, la seguís sin sentir que vas tejiendo la red invisible de tu vida y la de otras, otros, que vas marcando de forma invisible lo que luego llamarás, destino.

Finalmente está tu subconsciente, ese otro que también teje desde allí, tu propio cielo o infierno.

Estamos todas y todos repletos de señales, guías, advertencias, caminos y tejidos que sin darnos cuenta, usamos, desoímos, tal vez hasta despreciamos y otras veces, abrazamos. Están, de todos modos, están.

Es verdad que hay más cosas entre el cielo y la tierra que las que una pueda imaginar, lo dijo Shakespeare y no se equivocó. Es solo que ante tanta ciencia, tecnología y supuestos futuristas, creemos que ya no hay más.

Siempre habrá más, mucho más que lo que podamos imaginar.

Es una finísima y fuerte red tejida por miles de generaciones que ni siquiera sabemos dónde termina para atrás y menos aún, cuánto seguirá hacia adelante.

Cuanta gente detrás tuyo tejió lo que eres hoy, cuantos hombres, mujeres, jóvenes y niños o niñas, vivieron y murieron para estar escribiendo esta estupidez yo desde aquí, vos leyendo desde ahí..

Aún así, somos soberbios y nos creemos artífices de nuestros destinos y creadores gracias a nosotros mismos. No. Para este hoy mío o tuyo, otras y otros pelearon sus propias batallas y tejieron estas redes. Infinitas e invisibles que muchos llaman destino.

Las palabras

Soberbia pretensión: creer que se tienen.

Las palabras están viven se escapan.

Las palabras huyen.

Las palabras desaparecen.

Y una creyó, mucho tiempo,

que tenía con ellas un buen vínculo.

Una creyó que con ellas tendería

todos los puentes de comunicación.

Los del perdón, los del amor, los de

la ironía, los del entendimiento…

Nada, en realidad las palabras tienen

vida propia y están cuando quieren,

( o cuando pueden).

Estoy angustiada de palabras obstinadas

acurrucadas en algún lugar de mi cuerpo.

Se retuercen y no me salen,

al menos no salen las que deben,

ni cuando ni como quiero.

Errática y desencajada estoy

disparando de esta situación

que me tiene silenciada o casi,

que digo lo que no debo,

que me obligo a silenciarme porque

sé que las palabras, mis cómplices,

esta vez no pueden ayudarme.

De verdad he leído sobre el silencio,

he intentado ese método de dejarlo hablar,

de habitarme con una paz de silencio.

Y que este silencio sean mis palabras.

Reverenda estupidez. Pero por hoy:

no me quedan soluciones ni

esperanzas para expresar lo que quiero,

ni lo que ansió, ni lo que no quiero.

Solo el silencio me asiste.

Triste

Triste

… como la luna sin espejos de aguas donde mirarse,

… como el cachorro de lobo que aúlla por una madre asesinada 

… como un joven que vestido de soldado se enfrenta a la muerte y el asesinato

… como un chico que le quitaron el sueño de ser niño

… como una niña que le robaron la posibilidad de ser niña

… como una mujer de pechos ya secos viendo sus hijos con hambre 

… como un árbol que ve llegar el fin de su vida y no puede gritar

… como una joven loca de amor primero frente a la traición del amado

… como un joven enamorado frente al desdén de la chica en cuestión 

… como un obeso que siente el asco de lo que los rodean

… como un perro siempre sufriendo en una cadena

… como una bella lagartija verde pisoteada y mordida por perros 

… como un gato maullando en la lluvia

… como un tren abandonado 

…como un sol preso de nubarrones oscuros

… como un libro nunca abierto

…como un autor nunca publicado 

… como una mujer que debe exhibirse para que le den trabajo

… como una prostituta que sabe que morirá en la calle

… como capitán sin más soldados ni guerras

…como una flor pisoteada por botas

… como un libro prendido fuego junto a otros

… como un cuadro destruido

… así de triste. Se entenderá?

La gotera

Una maldita gotera al lado de la araña de luces del comedor diario. Enfrente a nuestro dormitorio. Caía sin tregua porque esa semana llovió todas las noches.
No sé qué edad tenía, supongo que unos nueve años. Supe que esa gota me ganaba, que no podría dormir sin esperar la siguiente.
En la otra cama mi hermana dormía plácidamente. Cómo podía dormir. El conteo de las gotas tenía que hacerse. Las gotas no pueden repiquetear por primera vez adentro de un balde, en tu comedor diario, frente a tu habitación y que nadie las cuente, las escuché reírse cantando por mi primer insomnio.
La segunda noche las gotas cantaron aún más alegres porque papá, de quién debo de haber heredado el oído fino, puteba en italiano, en lunfardo porteño y en argentino, a las malditas gotas. Al hombre que subió al techo y no pudo arreglarlo a tiempo.
Tercera noche de goteo. El infierno entraba por un pequeño orificio y caía en el balde y despertaba a los insomnes y a los dormidos. Fatales, crueles, no cesaban. Mi padre seguía insultando en todos sus idiomas conocidos y alguno que, casi seguro, se inventaba.
Hecha un ovillo yo las contaba. No eran ovejas, eran gotas y caían a su ritmo. Era difícil contarlas. La lluvia de la tercera noche fue incansable. Hubo que cambiar el balde, secar el piso. Mi madre y su silencio. Negándose a seguir insultando lo que caía del cielo.
Al cuarto día paró de llover y en unos días de sol tibio, el techo “quedó como nuevo”, en el decir de mi padre.
La casa durmió, las gotas dejaron de cantar en el balde y supe que sería un recuerdo. Que nunca olvidaría esa canción acuosa que me hizo conocer mi primer insomnio y me hizo ovillar la voz de barítono de papá que repartió insultos que nunca le había escuchado.
“La lluvia sucede en el pasado…” dice un verso de Borges. Es verdad, también me recuerda a mi padre.
@maluescritorablog.wordpress

El muerto

Un tipo especial sería el muerto. Digo eso porque en nuestro pueblito de frontera, nadie o casi nadie usaba zapatos de cuero. Además, apareció en un auto cola chata que lo dejó en la plaza, la única, y se fue a toda velocidad como huyendo.

Apareció de la nada en nuestro pueblito y se paseó orondo por la calle principal. Con paso elegante, con lentes para sol que justo no eran necesarios. Fue un día terrible de nubes y truenos y ni una  gota de lluvia.

Mirando la nada que había para ver. Se paseó por todito el caserío, dicen que le dio monedas a los niños pero no lo vi.

Otros dicen que acarició al Chucho, que viene a ser el perro del pueblo, es feo y está viejito. Tampoco vi eso. Solo lo vi caminar como buscando o dejando que tal vez, pueden parecerse. Estaban todos mirando lo que el tipo hacía, no sé si se daba cuenta. Porque acá nunca viene nadie que no conozcamos. Acá los que vienen, y son cada vez menos, son parientes de los que nos quedamos.

Cerca de medio día cayó muerto en la plaza. Cayó sin ruido, se dobló como un papel, dobló las rodillas y finalmente todo su cuerpo se durmió sobre las piedras de la única plaza del pueblo.

Hicimos deducciones antes de acercarnos. Después vimos el hilo de sangre que oscilaba y se perdía desde su pecho. Ahí supimos que no escuchamos el tiro pero lo mataron. ¿ Es posible con aquel día gris en un pueblo solitario, no escuchar un disparo? No sé.

Lo mataron. Esa noticia sería un plato de primera clase para nuestra monotonía cotidiana. Vino el comisario en persona. Pidió cosas inexistentes: un forense,  un equipo de investigación y análisis. En fin, nos reímos el día entero de esos pedidos que eran un chiste. El comisario no tenía nada de eso y cuando se dio cuenta, salió gritando que necesitaba la única carnicería del pueblo para meter el muerto hasta que llegaran las autoridades de “más arriba”.

Cuando ya nos habíamos olvidado del muerto anónimo que nos puso vida con su muerte, apareció aquella mujer vestida de negro y de lentes oscuros. Una mujer de paso lento y seguro. Preguntó por un hombre aquí y allá. Entró y salió de la comisaría y la iglesia. La viuda, pensamos. 

Al atardecer había desaparecido. No dejó rastros. Ni el comisario ni el cura dicen haberla visto. Estuvo y preguntó pero nadie la recuerda. Volvimos lentos al aburrimiento de siempre. El muerto congelado se aburre con nosotros. 

Y “ los de arriba” nunca vinieron a conocer al muerto. Habría que enterrarlo.

Otro NN más. Dicen que hay muchos. Yo no sé, para nosotros es el primero. 

Por las dudas, dice mi padre, pongan NN1, por si siguen apareciendo. 

Así lo hicimos. Después nada, nos quedamos esperando el siguiente muerto y también deseamos ver a otra mujer que nadie ve o nadie recuerda. 

Muñeca

La menor de ocho hermanas. No, siete, un varón, una muerta antes del año. La diferencia de edad entre mi madre, la mayor, y ella, la menor, eran veinte años. Fuiste y sos mi tía favorita, ahora la única que me queda. Lo más similar a la sangre de mi madre que se murió sin llegar a los setenta, vos y solo vos.

Ayer festejamos tus noventa años y te vi en la fragilidad de la vida y tuve tantas ganas de llorar. Es una alegría compartir que hayas logrado vivir 90 años querida, pero verte tan pequeña me dio tanta rabia. Si te hubieran visto Muñeca…

Tus hijas mayores creen tener recuerdos nítidos, pero vos eras su madre, no una tía, y yo nací diez años antes. Creo que no saben por ejemplo de tu humor irónico y ácido. Que era una de las cosas que mi padre amaba de su cuñada menor. Casi una hija para él.

No recuerdan por ejemplo los celos de mi hermana mayor, nueve años menor que vos, por el cariño que mi padre te tenía. No pueden saber que siendo una niña cuando mamá perdió su hija casi al año de nacida, acompañaste su agonía tarde con tarde. 

Y me empecino en recordarte súper coqueta, con tacos altos y labios rojos, con la línea de la media de seda siempre perfecta, llevándome de la mano. Me muero de risa pensando que mi primera visita a un Comité político fue a la UCR. Me llevaste y después tu ahijada, decidió ser de izquierda como los tíos abuelos.

Me gusta recordarte tan mordaz y atrevida, tan coqueta y elegante, que usabas ropas negras, hermosas, y le hiciste creer al que fue mi tío y padre de tus hijas e hijo, que eras viuda y yo era tu hija. Fue un cortejo de caminatas por aquellas calles de antes. 

Respetuoso preguntó si podía acompañarte y le dijiste que eras viuda. Que te habías quedado sola con tu pequeña hija, yo. Y así se inició la conversación y el acompañamiento que unos años después terminaría en tu casamiento. Y nacieron siete hijos. Seis mujeres y un varón, como la abuela.

Me gusta recordarte trabajando en la quinta, a la par de los hombres, o en la matanza de cerdos. Recordarte enseñándome a depilarme cuando mi madre decía que todavía no era tiempo.

Me gusta recordarte intentando prolongar el matriarcado de la abuela, en la misma casa y trabajando, pariendo, amamantando sin parar y sin dejar de reír. 

Sin ser tu primer parto, los otros me tocaron de cerca. Porque vivíamos enfrente y vos tuviste tus hijas ahí. Mi madre se iba a ayudar y tus niñas se quedaban conmigo y con papá hasta que nos llamaban. Tus tres primeras hijas fueron, sin ellas saberlo, mis hermanas pequeñas. Por eso a veces me llamaban de noche y dormían conmigo. Tan pequeñas eran que yo me sentía una mujercita. Me acostaba y les cantaba y dormíamos todas en el gigantesco dormitorio de la abuela.

Me gusta recordarte así, mujer imparable, indomable, apasionada y muy locuaz. Que mi tío estaba enamorado de vos era muy visible. No pudo haber soportado siempre con una sonrisa los mandatos y malos tratos de la abuela. No sė si te dije que amé tanto a ese tío como a ningún otro. Ni a tu hermano, mi padrino.

Vos tuviste una vida llena de trabajo y eso en esa época cuando el trabajo se pagaba como se le antojaba al patrón. Y nunca era suficiente, nunca alcanzaba. Pero nunca te vi quejarte. Tampoco te vi llorar muchas veces. Durísima como la abuela. Mi madre en cambio, solía deprimirse con facilidad y llorar hasta agotar las lágrimas. 

Ese no fue motivo para que no la ayudaras con mi hermano esquizofrénico. En aquella casa de la abuela no hubo un solo familiar que fuera a pedir ayuda y se la negaran. Supongo que si la vida no hubiera cambiado tanto, podrías haber continuado el matriarcado de la abuela hasta hoy… pero ya nada es parecido a ese tiempo.

En el exilio obligado te extrañé tanto! Siempre pudimos charlar mucho nosotras. Sin ser de política, no teníamos desacuerdos. El padre de mis hijos también te quiso mucho y mi compañero actual, más que a sus propias tías.

Y con él logré llevarte al mar. Nuestros mejores recuerdos están ahí Muñeca querida. Las dos en la playa riéndonos mucho, comiendo empanadas y tomando vino dulce. Poniendo sobre nombre a las personas. Yendo de una playa a la otra, imparables y la paciencia de mi marido, me recordaba la paciencia de mi tío.

Esos viajes son un tesoro que guardaré para siempre en mi cajón de recuerdos bellos. Las olas, las tormentas, el frío del atardecer, las caminatas, las interminables charlas, el raconto de recuerdos. 

Ayer quise decirte muchas cosas, 

Gracias por ayudar a mi madre y llorar a mi padre como un hermano. Gracias por ayudar a mi hermana hasta el final. Gracias por ayudar a mi pobre hermano y acompañarme a enterrarlo, tan solas las dos entre tantos pobres locos. 

Gracias por cruzar el charco tantas veces y venir a verme. Gracias por acompañarnos al océano, a ese pueblo perdido que siempre elegíamos y supongo, recordas de memoria.

Quería decirte muchas cosas pero noventa años ya dicen mucho y no quise invadir con palabras tu fiesta. Pero las escribo. Las guardo. Quién sabe tía si algún día, alguien en el futuro las lee y logra recordarnos.

Ficción a corto plazo

Que no puedo intentar no relatar ficciones. De un hecho puntual puedo y creo que debo, ficcionar…(verbo que existe persuasivo solo en mí cabeza.).

De otro hecho, ya con ficciones , tengo que seguir aventurándome más. Y por eso supongo que jamás escribiré una novela.

Me gustan los relatos breves, incluso los que parecen no finalizar. Es mi forma de imaginar que juego con la ficción del lector. Y sé que no habrá dos iguales. Eso me entusiasma.

No sé si me gusta escribir o intentar que la persona que me lee entienda lo que se le antoje. Escribo cada día y me sorprende no saber cómo y cuándo terminará el relato. Me crea una especie de excitación mental ignorar el final de lo que escribo. Y otro, aún mayor, qué entenderá el que lee.

No me gusta que me “encarguen” un tema, aunque sí lo haya hecho por desafío, pero sin placer. Y al final descubro que esa excitación mental, ese placer que me despierta escribir como y lo que quiero, es igual a como leo: cómo , cuándo y dónde quiero.

Lo mío debe de ser por puro reflejo a desafiar las reglas. Me gusta leer el final del libro, lo leo salteado, leo varios a la vez e incluso a veces, se me enredan los personajes y eso me causa el placer de reírme de mí misma.

Desde niña aprendí que hablarme en voz alta es muy saludable, aunque no siempre me estoy escuchando, pero aún más saludable es reírme de mí. Como la literatura parece seguir siendo una cosa para gente seria, me gustan más los libros para niños y jóvenes. Ahí manipulo a mi antojo el placer del disparate y los relatos breves.

Y esta reflexión que la estoy haciendo en voz alta y la transcribo es porque me sigue asombrando que alguien, sin ser los miles de niños y niñas que me han leído, sí, que algunas personas piensen que escribo bien, medianamente bien, o incluso que les guste.

A las niñas y niños que me siguen leyendo les creo, porque si se quedan en silencio escuchando o se ríen a carcajadas, son seres incapaces de mentirme cuando me reciben como escritora.

Nunca sé si obtuve el título y quién lo otorga. Me gusta, me apasiona escribir, pero no sigo muchas reglas y suelo transgredir permanentemente ( ese mente es una transgresión porque sí).

Tengo siempre muchos libros empezados al lado de mi cama y otros tantos bailando como proyectos de escritura en mi cabeza y en mi computadora. Tendré que ser paciente, una asignatura pendiente para mí: la paciencia, pero tendré que serlo para ver quién le gana a quién: la ficción a la vida o al revés, la vida a la ficción.