Un príncipe que fue un pato feo

El 2 de abril de 1805 nació en Dinamarca don Hans C. Andersen y se festeja ese día EL DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO PARA NIÑOS. Su forma de escribir, sus temas, que en su momento no fueron reconocidos, como casi siempre sucede, le valieron con el tiempo ser el VERDADERO PRÍNCIPE DE DINAMARCA. Reconocido por la realeza y el propio Rey, Andersen terminó su vida escribiendo dentro del palacio Real.

Autor de una valiosa obra literaria ese día se reconoce con el premio máximo que lleva su nombre al autor y el ilustrador del año. Dicen que su cuento EL PATITO FEO, es casi su biografía. De padres muy pobres, infancia paupérrima a ser el mejor escritor de toda una época.

Mi PEDIDO A FAMILIAS Y DOCENTES : lean este día un cuento para que los niños lo conozcan o lo reconozcan. O miren una buena adaptación de sus libros en película.

Recomiendo para los más pequeños/ as: El patito feo. Pulgarcita.

Un poco más grandes: El ruiseñor. El traje nuevo del Emperador. La Sirenita. La vendedora de fósforos.

Para más grandes: La sombra. Los zapatos rojos.

Y recomiendo la página Ciudad Seva para encontrar sus cuentos muy cercanos a los originales. No se conformen solo con versiones Disney.

Arresto domiciliario

Trabajé en Talleres Literarios con personas privadas de libertad durante cinco años. Fue una experiencia intensa. Tuve momentos inolvidables y casi todos, buenos. Hoy, llevo casi quince días en mi casa, recordé especialmente a los que se iban con “ prisión domiciliaria”.

La felicidad del que se iba y las felicitaciones de los que se quedaban. Si hasta organizábamos alguna pequeña merienda con algo dulce para celebrarlo. Esas excepcionales salidas se debían casi siempre a motivos de salud, propia o de algún hijo/ a pequeño y sobre todo, si la persona tenía una excelente conducta. O como diría Foulcault, si había cumplido el adoctrinamiento.

La cuestión es que ahora la humanidad casi casi completa está cumpliendo “ prisión domiciliaria”.

Y no creo que haya grupos que lo festejen. Ni creo que alguien lo sienta como premio. Es verdad que como en todo: los ricos deben de sufrir menos y seguro violan mucho más las normas. También es cierto que habrá montones de inconscientes que ni se preocupen, ni hagan demasiado caso a las normas sanitarias. Pero estimo, tal vez soy optimista, que una inmensa mayoría de la población está cumpliendo ese arresto domiciliario.

Y lógico… no puedo entender la alegría de aquella gente. Esa gente que recibía el dictamen como una fiesta y que, estoy segura, no iban a casas con Internet, pantallas planas, agua caliente a demanda y aire acondicionado. Sin embargo era un regalo irse de un lugar donde la comida y el techo eran seguros.

Y acá nosotros inventando cómo pasarlo sin volvernos locas, locos, como soportarnos, como reinventar esto que es: quedarnos en casa. Y seguramente soportará y resistirá el más apto de nuestra especie y los dueños del dinero.

Si me lo preguntan: ni siquiera arresto domiciliario nos merecemos. Pero que dure la fiesta, hasta que dure…

Una pulga revoltosa

Cuando nació Pelusa, una pulga común y corriente, la madre supo que iba a ser revoltosa. Apenas estaba aprendiendo a saltar y ya se quería mudar de casa, de perro en este caso.

– Que no Pelusa, decía su mamá, acá vivimos bien es un hogar tranquilo y seguro… este perro casi no se rasca y odia el agua.

Pero Pelusa saltaba y saltaba probando acrobacias que sólo le eran permitidas a pulgas experimentadas. Y en una semana saltó tan alto que fue volando al lomo de un gato siamés con fama de “ malas pulgas”.

El gato la sintió sobre su lomo y empezó la guerra, se revolcaba, pataleaba, sacaba las uñas y daba largos maullidos. Su dueña lo acarició un poco, notó la desesperación y apareció la primera ampolla anti pulgas que conoció Pelusa.

Estornudó, escupió y vomitó mientras corría a refugiarse en otro animalito peludo. Era tan joven e inexperta que aterrizó en un conejo de peluche. Ahí se quedó toda la noche, porque no se sentía bien y así fue como conoció la escuela al día siguiente. Es que la pequeña de la casa se negaba a ir a clases sin su conejo favorito.

Qué experiencia extraordinaria tuvo Pelusa! Aprendió los colores, muchas letras y algunos números. Entendió que era la primera de su familia que lograba leer un poco y por eso, a pesar del hambre, decidió quedarse en la escuela.

Salió unos días más tardes en un perrito marrón con forma de salchicha que tenía patas cortas y entonces, no llegaba con su pata a sacar a Pelusa que se instaló en su lomo. Pero no quiso quedarse ahí para nada a pesar de la comodidad.

Necesitaba un escenario, un perro grande y callejero pensó, para impartir clases a las otras pulgas pues, según ella, era prioridad aprender a leer. Tenía que explicarles sobre los ejércitos de combatientes que usaban los veterinarios. Necesitaban antídotos, un laboratorio especial pero antes, había que aprender a leer.

El perro grande y peludo que andaba siempre en el barrio fue su guarida secreta. Era dormilón y tranquilo, todo el barrio lo quería, siempre le daban comida y Pelusa tenía su gota de sangre asegurada. Así fue como se fue organizando y bien arriba del lomo negro y peludo organizó su escuelita de pulgas. La pena es que eran pocas las que entendían la importancia de aprender y saber, todas estaban conformes con alimentarse bien y conseguir marido y tener hijitos. Las había incluso que no iban a la escuela de Pelusa por no abandonar su hogar lujoso o sea perro o gato de raza.

Y era una batalla hacerlas comprender que esos hogares de lujo eran los más peligrosos. Comida sobraba pero también shampoo, ampollas y collares anti pulgas.

Pelusa no quiso abandonar su lucha, además de su escuela en el viejo perro callejero fue saltando por otros lomos de perros muy pulcros y gatos muy cuidados. Ejércitos de ampollas, peines, baños especiales con jabones de olor insoportable, collares asquerosos tuvo que aprender a esquivar. Saltaba de lomo en lomo y gritaba:

– Pulgas : pónganse a estudiar si no dentro de poco nuestra especie se va a extinguir!!!

Así se pasó una vida, no viven mucho las pulgas, no pudo tener marido, ni hijos, ni un hogar tranquilo. Murió contenta en su escuela, en el lomo del viejo perro negro, segura de haber dejado un gran mensaje pulguero.

Fue una pulga revoltosa qué pasó su vida con mucho coraje y con sueños de Grandes escuelas que aún se están por construir.

Mi nieta está en España

Mi única nieta… allá lejos y con las noticias que llegan al sudamericano Uruguay. Tiene sólo ocho años y hace dos que no la veo… íbamos este año.

Ayer sacó su perrito a pasear con mi hijo, su papá que es un inconsciente pero sólo quería que su hija caminara una cuadra y no llorara más.

Los detuvo la policía y enviaron la niña adentro. Su papá pudo pasear el animalito. La niña regresó desconsolada, hizo un dibujo que pueden ver aquí y decretó: que si ella no puede salir a la calle la policía tiene prohibida la entrada en su casa.

Muero de risa ante su ingenio ingenuo. Muero de ganas de ir a abrazarla y en el medio de mi sueño…el virus de la corona,

Les dejo la anécdota y el dibujo que me hizo reír y llorar.

Palabras encerradas

Y cómo un monstruoso invisible llegó, se expandió, nos enfermó y hasta nos mató?

Las puertas comenzaron a cerrarse, las ventanas casi selladas, las calles silenciosas, el bullicio evaporado y los pasos de unos pocos, apresurados.

Si parece que el monstruo está en cada esquina esperando. En cada huella pegándose. Y en cada abrazo y en cada beso, filtrándose. Tenemos miedo.

Entonces nos quedan las palabras y redescubrimos su poder de abrazar, besar, sonreír y los mensajes no paran. Estamos aislados, encerrados pero a pura palabra. Orales, escritas, las palabras siguen siendo la única manera de mantener el miedo al monstruo, algo controlado.

Y con escudos de palabras pasaremos estos días. Acá, allá y en el resto del mundo. Porque nunca sentimos más necesidad de comunicarnos que ahora, presos en nuestras casas. Prisioneros en nuestras paredes pero llenos de palabras… incluso las que vamos a descubrir en este meterse adentro para evitar al monstruo.

El monstruo se va a comer todo pero no se va a llevar nuestras palabras. Escriban muchas… las palabras además, sanan.

Humor, virus, amor, canabis

Que los de 60 o más “ estamos en el horno” como se dice acá. El dicho puede interpretarse de dos formas: ya estamos cocidos o en el infierno. Y es más o menos lo mismo, lo bueno que este dichoso corona ahí seguro no está porque no soporta el calor.

Y acá estamos haciendo una cuarentena que podría ser sesentena o noventena pues ya no sabemos cuánto estaremos encerrados. Hay que comprar arroz. Que los orientales tienen experiencia y se han aguantado toda guerra a puro arroz ( no sé si se puede comer sin palitos o si cambia el resultado alimenticio…)

Y no sabemos si tendremos fuerzas para este encierro y si en unos meses cuando salgamos a la calle, canas y arrugas expuestas, y deciden qué mejor nos matan para dejar lugar a los más jóvenes.

Así que decidimos pasarla bien. Arroz compramos. Vino también. Dulces varios porque todavía tenemos canabis legal y te da ansias de dulce. Y además el canabis a los sesentones nos estimula la libido…y te da por reírte de todo, hasta del virus de mierda con corona y todo.

Pues ahí estamos nosotros con un ritmo de risa y sexo que no teníamos desde hace veinte años. Tomando vino y comiendo arroz con lo que haya. No pretendo recomendar esta dieta pero que la vamos llevando bien , por supuesto.

Y si el virus no nos respeta habremos de morir con excesos de los buenos. Salud sesentones!

El encierro

Algo lejano a nuestra condición social laboral era el estar presos. Los presos eran para nosotros los delincuentes, de guante blanco o los más, los pobres que caen en tentaciones inevitables. Pero eran otro mundo, apartado del nuestro, en los lindes de la ciudad, con su vida y nosotros, ilusos, vivíamos la libertad prometida.

Resulta que el día que como un meteorito cayó la noticia del virus, nos encerramos aterrorizados. Después vino la orden de no salir. Después los que sí salieron saquearon los víveres dejándonos con escasas provisiones. Después nos dimos cuenta que no duraría ni una, ni dos, ni tres semanas, supimos que podía durar un tiempo sin tiempo. Y vino la desesperación. Y en ese momento no nos dimos cuenta que aún en esas condiciones, estábamos comunicados por Internet. No pensamos que nos podían aislar más aún.

Nos sentimos todas y todos infectados y empezaron a ocurrir cosas, gente que cantaba en las ventanas, gente que llamaba a todas y todos los vecinos para decirles buenos días, cómo están. Gente que empezó a hallar cosas en sus casa que ni sabían que tenían. Un megáfono encontramos nosotras en la nuestra. Antiguo, algo roto pero por suerte, lo pudimos arreglar, a medias pero funcionó.

Desde el balcón y con nuestro megáfono antiguo leíamos cada tarde un poema. Breve, porque el megáfono era bastante primitivo. Y nos pareció al tercer día que la gente estaba esperando esa hora…los vimos asomarse a sus ventanas.

Hace tres meses leemos poemas desde nuestro balcón, ya nadie falta a la cita, salvo claro, los que van muriendo, pero a esos también los despedimos con poemas. Mi hermana dice que en cualquier momento terminamos comiendo los libros de poesía que dejó madre, que ya la despensa está en las últimas…puede ser.

Si la poesía alimenta estos espacios de silencios y encierro, debería poder mantener nuestros cuerpos con vida hasta que alguien nos necesite.