Un cuento de terror

Vos me pedías un cuento de terror y yo, lejos de pensar en uno, me imaginaba que me decías:

Mamá tengo hambre

Y no teníamos nada, ni una miga de pan, la desesperación y el horror llenaban mi corazón de congoja y llorábamos juntas . Vos, de hambre, yo de impotencia.

Me imaginaba tumbada contigo pegada a mi cuerpo, sobre unos cartones y nylon, durmiendo con un ojo solo para protegerte.

Mamá tengo frío…

Y te apretaba sobre mi pecho, sobre mi ropa sucia, te masajeaba el cuerpito flaco, pero el viento era implacable en la calle y en la noche.

Te imaginé con ojos vidriosos de fiebre, los mocos, la cara pálida y empezar, con desesperación a pedir para llevarte al hospital. La indiferencia también es implacable.

Te imaginé sin juguetes, ni libros, ni escuela, pobre como yo, tu madre que no conseguía ni una miserable limpieza contigo de la mano. No conseguía ni barrer una vereda con la mugre que teníamos.

Nos imaginé durmiendo en un refugio, con un ojo sí y otro no, para cuidarte de las otras miradas hambrientas.

Nos imaginé terribles de abandonadas y pobres, tanto que podía sentir mi corazón apretado, el terror, el verdadero , debe de ser ese, lo pensé y lo supe.

Un cuento de terror es no tener para darte de comer y verte llorar de frío y no poder abrigarte, no poder curarte si estás enferma, ni siquiera poder bañarte… eso sí que da terror.

Me miraste con eso ojos tuyo azules y sagaces, corriste y me abrazaste.

No llores mami, no pienses en esos cuentos de terror, mejor vamos a caminar y si vemos gente así de pobre, los ayudamos… queres?

Ingenua niña mia, me enternece tu solución para el final de mi cuento de terror.

Muerte de un pez

El joven lo engañó con el anzuelo,

lo sacó con bríos a pesar de su lucha

en el agua amarronada.

Lo desenganchó del anzuelo, un hilito

insignificante de sangre manó de la

boca pequeña y enseguida,

el joven pescador lo dejó tirado

mientras preparaba su siguiente anzuelo,

cazador de ingenuas aletas.

Me quedé mirando, no sé si quise hacerlo,

la lenta agonía del pez…

La boca que se abría y cerraba,

los aleteos y coletazos, que fueron aminorando,

los ojos que iban buscando la estaticidad de la muerte,

el brillo de las escamas sobre las rocas y el sol de primavera.

Agonizó lento, buscando desesperado el agua que no volvería,

se fue muriendo ahogado de oxígeno y se fue quedando quieto, más y más quieto,agonizando a la deriva de rocas y veredas.

Mirándolo entendí que su muerte y la mía no tenían diferencias

Viéndolo morir me vi morir

Tirado él en una ciudad indiferente, así estaré algún día, en un cementerio indiferente.

El joven pescador se fue al poco tiempo, ni recordó al pobre muerto que se iba secando.

Así será el olvido, me iré, tú también, secando y siendo olvidados.

Algún anzuelo llamará mi, tu, muerte y nos llevarán a la agonía y después a la muerte y al olvido.

Es ley natural? Seguro que sí… pero qué pena el anzuelo, la lucha, la agonía y la muerte lenta…

Pero más triste el olvido, para qué hacerlo morir y dejarlo olvidado?

Si hubiera sido una niña o un niño… lo hubiera enterrado e incluso hubiera marcado su tumba…

Pero soy una persona mayor esperando ver el anzuelo…

Viajes invisibles

Estuve en ese lugar y había una especie

de montaña de hielo con forma de oso.

También recorrí una estepa inacabable

donde el viento me arrancaba los

pensamientos y los dejaba flotando.

Alcancé un pequeño pueblo insertado

en un valle, tenía un perfume inigualable,

sombras de colores y dos soles.

Fui caminando hacia un páramo de puras

letanías, donde una profunda tristeza te calaba hasta los huesos.

Retocé una dicha de hierbas donde los pies

se me llenaron de cosquillas y reí como

en la infancia.

Entré a una cueva magnífica, estremecedora,

donde todo era tinieblas y era silencio,

un extraño poder parecía no dejarme salir.

Fue duro el camino hacia la Ermita que

nunca entendí porqué quise descubrir. La vi

tan pequeña y tan austera que la olvidé dos segundos después.

Me tendí en la hierba de un campo desolado,

lejos había casas y gente, me quedé mirando por horas o siglos, no conocí a nadie.

Atravesé el océano sin notarlo y cuando arribé

no vi nada más que piedras, torres, luces, prisas.

Atravesé ríos y nadé, tomé todo el sol y volví a mi casa feliz.

Los laberintos, que nunca fueron mi fuerte, me derrotaron siempre, siempre, y como un destino o una suerte, nunca pude salir de ninguno de ellos.

Conocí ruinas de las ruinas y me rodaron lágrimas por horas.

Anduve en los bordes de la pobreza y sentí que también era indigente.

En la capital de la riqueza me aburrieron los palacios, los espejos y las vitrinas.

Anduve caminos sin pueblos…

Pueblos sin caminos…

Caminé, me perdí, me encontré y no hubo forma de no volver.

Oda a mi cuerpo

Esta carcaza de piel que me cubre y estos huesos que me mantienen en pie, cuántas cosas vividas, cuántos pasos andados, gracias.

Estas canas que fueron mi cabello casi rojo son todas los días que amanecí y todas las noche que dormí, o las que trasnoché y también, las del duro insomnio.

Cada pliegue de este cuerpo, cada célula, marcan el paso inexorable de los años. Este cansancio que a veces me parece tempranero, estas ganas de estar más quieta y este paso más lento, me ayudan a recordar todas las carreras, corridas, horas y días con poco descanso… horas y días sin pensar en mí ni en mi cuerpo.

En realidad creo que he cuidado apenas mi cuerpo. O tal vez no. Si es poco o mucho siempre exige comparación y me desagrada.

Me he ocupado, digamos, medianamente bien de él, ahora debo cuidarlo, mimarlo y protegerlo. Eso me disgusta, creo que esta carcaza guarda una mujer más joven.

Soy yo? Cómo pudo pasar tan rápido este camino de casi setenta años? Por momentos me parece un suspiro, entonces surgen los recuerdos del dolor, que cuando sucedieron fueron eternos, y logro entender que soy yo.

Sí, es mi cuerpo. Él se ha adaptado y modificado y está llevando a cabo una de sus últimas transformaciones. Aún me permite el placer. Aún me deja recorrer, conocer, reír y asombrarme, descubrir.

Setenta años casi de andar el mundo y todavía mi cuerpo me lleva, se cansa más, tolera menos pero me lleva y me trae y se goza, se abren caminos aún… no es maravilloso?

Debo agradecer a cada célula de mi cuerpo la vida pasada y la que estoy viviendo. Cada momento lo soportó como pudo y me permitió llegar a un hoy, otoño de colores y perfumes.

Ya no tengo que cuidar mi estética, debo cuidar mi salud, ya no debo desperdiciar descanso, debo permitirme todos los que necesito.

Sabes qué? Gracias por cubrir a esta mujer que se resiste a su edad, que siempre se reveló, que fue hija, madre, abuela y que hoy, se compromete a complacerte más. A cuidarte más pero sin restricciones de estética o modas.

Gracias por acompañarme desde el día que cortaron el cordón y me separaron de mi madre. Gracias por no caerte a pedazos frente a los dolores. Gracias por gozar a pleno de los días buenos. Gracias por seguir manteniendo esta estructura que hoy, se acerca incrédula a la séptima década.

Memorios y memorias

La memoria… esa cosa cotidiana.
La desmemoria, tan de moda por estos días.
Comienzo a pensar en los y las memoriosas de mi familia y se me nubla el corazón.
Cómo habrían sobrevivido en esta actualidad donde todo registro se pierde en un laberinto de sobre información que ni ayuda, ni atrasa, algunas veces incluso, ni importa.
No se necesita una memoria extraordinaria en el día a día pero: un mínimo? Para recordar lo indispensable, lo que te ayude, lo que te ayude a ayudar…
Después salen con el refrán: el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra ( las mujeres también)… pero en esta nueva Era desmemoriada: cuántas piedras tendrás que llevarte por delante?
Se van a quedar sin pies! O con pies destruidos!
Y cómo se avanzará sin pies y desmemoriados?
Casi como ciegos…
La memoria es nuestra raíz: la biológica, la psicológica, la de nuestra historia personal, la de nuestra sociedad, la que forma laberintos en nuestro subconsciente y nos va nutriendo el consciente.
Un día escribí un cuento sobre quedarme sin sombra: terrible experiencia.
Quedarme sin memoria: una caja biológica sin recuerdos.
No culpo a los más jóvenes: en todas las épocas fuimos los adultos que sembramos memoria y memorias. Algo no estamos haciendo bien.
Este escrito no pretende nada es simplemente una reflexión, cada tanto las tengo.
Por ejemplo, el Río Uruguay, cuándo dejará de tener bajantes y crecientes? Desde que tengo 5 años es así.
Las mejoras… no fueron pensadas en épocas de crecientes? Serán mejoras para temporada de bajante?
Es un pequeño ejemplo cotidiano… cómo pedir entonces que los más jóvenes no comentan atrocidades si no les dejamos memorias y recuerdos de lo que necesitarán siempre?
Quién les dejará su raíz? Cómo desplegar alas sin entender quién sos y porqué sos…
En fin… agradezco la fortuna de haber gozado de una familia memoriosa. Eso no hizo que no cometiera errores! Pero me recuerda cada día quién soy, de dónde vengo y eso, a veces, suele reconfortarme con el Universo.

Antes del adiós

Sé y he leído, muchos libros sobre infancias. En su gran mayoría los mejores que he leído, narran historias desgarradoras.

En mi caso no puedo, decidí contar sólo los dos años más felices de la mía, creo que también los de mi familia. Estos recuerdos deben de tener alguna lógica, también deben de tener lo que yo quiero recordar. Gabriel García Márquez dijo: “la vida no es la que vivimos sino la que recordamos para contarla”.

Quiero contar hasta el final mis recuerdos de La Esmeralda de Cinco Saltos.

En aquel comienzo de clases, segundo año, me sentía feliz porque la escuela ya era parte de mi vida, la conocía de punta a punta, no me impresionaba su tamaño y, lo más importante, estaba haciendo amigas y amigos.

No noté nada extraño y, de haberlo notado, nadie me hubiera informado. Existía un mundo adulto donde los niños y las niñas quedábamos excluidos. No sé si era bueno o malo, pero yo vivía alejada de los problemas importantes. Sólo sabía las cosas triviales de todos los días.

Tengo el recuerdo de que fuimos muy seguido al pueblo con mi hermana. Ella volvía callada y sin cantar ni sonreír. Pero yo hablaba por las dos y ni notaba su tristeza. Mi madre andaba también muy agitada, como haciendo más cosas de las que hacía a diario, papá más callado, pasaba encerrado en aquella especie de oficina donde yo jugaba a abrir la caja fuerte.

En la Patagonia, en aquellos años, se iba febrero y a los pocos días, hacía frío. Comenzaba el otoño como de golpe y se vestía de mil colores la chacra y todo el paisaje que la rodeaba.

Fue en abril que, después de mi cumpleaños, mi hermana me dijo que regresaríamos a Entre Ríos. No pude captar en el momento lo que eso significaba. Al otro día, almorzando, lo pregunté en voz alta. La mirada de reproche de mi padre y mi madre hacía mi hermana fue inevitable. Mi hermana roja como una manzana dijo que cuándo me iban a avisar. Y nadie respondió nada.

Y la escuela?- dije tímidamente- me van a llevar de nuevo a aquella horrible?

Ya veremos- respondió mamá

Y comencé a preguntar por mis libros, los llevaremos dijo mi hermana, y mi cuarto de juegos, eso no puedo, me contestó riéndose. Y me fui a la escuela un poco triste, dudosa, sin saber muy bien qué pasaría.

Esa noche le pregunté a mamá porqué nos íbamos. Es demasiado trabajo para tu padre y está desconforme, me aseguró.

Cómo puede estar desconforme papá?- le decía a mi hermana esa noche- si acá le encanta? Si nos trajo con tanta ilusión? Yo no quiero irme…

Yo tampoco- dijo mi hermana y me abrazó- no papá está muy enojado con algo qué pasó… a él le gusta mucho acá.

Pero qué pasó?

No puedo decirte, sos muy chiquita y no entendés, después sé enojan conmigo…

Pero cuándo nos vamos?

Pronto, cuando se termine todo lo de la cosecha, el galpón y todo el papeleo que debe entregar papá… será a fin de mes. Él se irá en mayo.

A fin de mes? O sea aquella casa que amaba, el abuelo Tomás, mi gata, mi cuarto de jugar, las acequias, los caminos con álamos, las manzanas de nuestro árbol, la escuela con maestras tan buenas, mis amigos, los hijos del capataz, los bailes de carnaval y los partidos de fútbol, el pueblo con novio para mi hermana, los paseos por las zonas montañosas y Neuquén… todo eso, nunca más lo vería? No lo sentiría parte de mi vida? No me pertenecía como yo creí?

Eso de pertenecer a un lugar. Había nacido en Misiones, muy lejos, una distancia muy grande con la Patagonia. Fuimos a Entre Ríos cuando yo tenía tres años. A Cinco Saltos fui con cinco. Tal vez a esa edad se siente eso de pertenecer a un lugar. Tal vez me enamoré del lugar y quise pertenecer.

Me quise aferrar a la ilusión que mi vida seguiría allí pero no fue posible. La noche que pitó el tren en la estación llorábamos abrazadas con mi hermana. Mi madre no parecía muy triste, después de todo, volvíamos donde estaba toda su familia materna.

No sé, nunca supe si a mi hermano le dolió o no aquella partida. Su enfermedad lo iba alejando. Se iba haciendo un ser muy callado y alejado, de eso me di cuenta muchos años después. Pero aquellas siestas leyendo libros del oeste y jugando con él, jamás se repetirían.

Cuando el tren pitó aquella noche seguramente se selló gran parte de nuestro futuro. Y mi llanto siguió por horas hasta que el bamboleo mecánico del tren, me durmió.

No podía saber entonces que este recuerdo perduraría con tal intensidad que, sesenta años después, iría hasta Cinco Saltos en busca de mi Esmeralda perdida.

Últimos meses del año

Cuándo comenzó todo aquel movimiento desenfrenado?, no lo sé. Estuve muy ocupada, estaba terminando mi segundo año escolar y tenía muy buenas notas. Tenía siete años y las lecturas, las mías y las ajenas, me generaban curiosidad infinita.

Mi amigo, el hijo del capaz, que insisto en recordar con el sobrenombre Chili,( o era Chali?) me regaló un perrito. De esos sin raza, con un color chocolate que llamaba la atención, el cual ocupó gran parte de mis horas libres. Era pequeño y lloraba muchas . Mamá nunca dejó que los animales vivieran dentro de la casa, debajo de la escalera, donde había una especie de lavadero, armó un viejo latón con frazadas y sábanas viejas. Pero mi perrito, Chiquito, no paraba de llorar. A mí me daban ganas de llorar con él, ya se va a acostumbrar, me decían pero yo me imaginaba: cómo se iba a acostumbrar sin su mamá y seis hermanitos.

Van a pasar meses para que deje de llorar, rezongué un mediodía mientras me vestía para ir a la escuela. Por supuesto: nadie me hizo caso. Yo seguí muy preocupada, como se suele sentir a esa edad, la hermandad con una mascota pequeña y huérfana, por culpa de que me lo regalaron.

Fue al día siguiente?, no puedo recordarlo, pero fue como un acontecimiento:

– Vengan a ver porqué Chiquito ya no llora más, dijo mamá en el comedor.

Allá fuimos. Mi gata, la que bauticé Minka y estaba en la casa cuando llegamos, se había acostado con Chiquito y lo lamía, limpiándolo. Mi perrito tenía mamá de nuevo, mi gata lo había adoptado. Suspiré aliviada.

En aquellos días me asignaron una nueva tarea: iba a buscar la leche. Una vecina de otra Chacra tenía una Vaca súper cuidada y nos vendía leche. Me encantaba ir: tenía que salir sola por el portón principal, me sentía mayor, pero nunca iba totalmente sola. Mi gata Minka y Chiquito me acompañaron siempre. Qué terceto tan gracioso y raro haríamos en los caminos pedregosos bajo la sombra de los álamos.

Y con todas esas tareas se fue el año y entregaron las notas y dijeron felices vacaciones. Pero esa vez sin acto porque ya lo habían hecho en el club social. Yo me lo había perdido. Sólo tuvimos un acto protocolar largo, aburrido, y colorín colorado.

Empezaban las vacaciones y mi padre a trabajar el doble, venía la cosecha, venía el empaque y todo lo demás. Mamá y mi hermana se ponían a dar vuelta muebles, cambiar cortinas, juntar frutas para hacer mermeladas… era agotador de sólo verlas.

Pero ese año tenía mi amigo Chili ( o Chali) y su hermana, mi perro y mi gata. El abuelo Tomas que aunque trabajaba mucho, siempre tenía tiempo para mi. Además por mis buenas notas creció mi biblioteca, tenía mucho para leer y leerle a mi gata y al perrito. Sin embargo la única que me escuchaba era Minka, porque Chiquito no se quedaba quieto, casi siempre era expulsado de mi cuarto de jugar.

Me dio pena saber que en las fiestas de fin de año no estaría el abuelo Tomás, se iba a visitar a Clarita. Para qué le habrás encontrado la sobrina, eh?- le grité a mi hermana. Ella abrió asombrada sus inmensos ojos y me dijo: Porqué tiene derecho a tener su familia!

Nosotros somos su familia desde que llegamos, dije yo.

Pero no somos su familia de verdad, dijo mi hermana, y cuándo nos vayamos? Él tiene una sobrina y tiene derecho a estar también con ella. Vive encerrado acá, trabajando.

Nosotros de acá no nos vamos a ir…

Era muy pequeña, era muy ingenua, ni siquiera recordaba que había nacido en Misiones, que vivimos allí cuatro años y de ahí, dos años en Entre Ríos. Suponía que ese lugar hermoso, donde todos éramos felices, duraría un “ para siempre “.

Y a medida que el bello verano de la Patagonia avanzaba, verano fresco de apenas 30 y pocos grados, tampoco noté sutiles cambios en los comportamientos de mis padres. Cómo pude no notar que mi padre estaba distraído, preocupado y que no sentía entusiasmo cuando me llevaba al galpón y yo me sentaba, como una señorita, y clasificaba manzanas… No había sonrisas de su parte. Casi dejaron de ir los domingos a ver fútbol. En cambio hicimos varios paseos “ para que conozcan”.

Visitamos mucho Neuquén, el dique Cordero, el lago Carlos Pellegrini y otros rincones turísticos que no recuerdo ahora.

Cómo no noté que no era costumbre de mi padre salir tanto en plena cosecha? Tampoco hice mucho caso que en los bailes de Carnaval no se inscribieron en el concurso de tango y sólo fuimos a tres bailes. En realidad tal vez, cómo me aburría y me dormía en esos bailes, me debo de haber sentido bien al respecto.

Fue el verano que más caminé ( tal vez en mi vida he vuelto a caminar tanto considerando distancia y edad), mi hermana tenía un novio y sólo si yo iba podían verse. Fue un verano de mucho helado en el pueblo, caminatas en la Avenida principal del pueblo, la General Roca.

Esconderme para no ver los besos y abrazos de los novios porque pasaron de darme curiosidad a darme vergüenza. Y volver con mi hermana callada, sin notar nada porque la edad que tenía me lo impedía o tal vez, porque no quería darme cuenta.

Insistí y perseveré ese verano para ser feliz y sentir a mi familia tan feliz como yo.

Nunca habíamos tenido tantos huéspedes en la otra casa. Íbamos casi todas las semanas a ver las condiciones en que estaba, eso propiciaba que mis amigos, los hijos del capataz chileno me vieran y me llamarán para jugar. A veces mi madre me dejaba, otras, no.

Y siempre volvíamos por el camino donde estaba la casa paupérrima de la mujer con aquel perro tan flaco, atado y ladrando, que recibía varios golpes por ladrar nuestro paso.

Pobre animal, decían mi madre o mi hermana, no entiendo para qué tiene ese animal así.

Para sacarse la rabia- dije un día y mi madre sonrió con tristeza, mi hermana me abrazó. En ese momento no me di cuenta de la realidad que había contestado.

Finales lentos de mi segundo verano. No diría tristes, diría diferentes. Pero me hizo tanta ilusión saber que comenzaba mi segundo año escolar, que sólo me preocupé por leer mucho, ir a comprar mi nuevo guardapolvo, había crecido mucho, y todos los cuadernos y lápices nuevos que guardé con ilusión.

Cómo podía saber que me quedaban tan pocos meses de alegría? Cuando los padres o los mayores hablaban cosas importantes, los niños no podíamos estar presente. Si llegábamos de improviso, se hacía un silencio y se nos mostraba la puerta. Vaya a jugar, decía mi papá y cuando me trataba de usted, era una orden que no admitía respuesta.

Así que a principios de marzo estaba feliz y ninguna nube empañaba mi horizonte.

Zapatos y un conejo

Es muy posible que mis recuerdos, estos que voy contando, estén contaminados por los años que pasaron. También por el romanticismo de la infancia perdida. Otro poco porque quizás los tiempos felices se recuerdan con un frenesí desmedido.

En octubre y noviembre de ese año el trabajo de la chacra se había puesto movido, podas? limpiezas? álamos? No podría recordar, eran muchas personas que día a día iban y venían. A mí me ilusionaban las vacaciones y mis visitas al galpón de empaque. El saltar acequias y sentarme bajo mi árbol de manzanas verdes a comer y leer. Ese árbol cercano a la casa, papá lo curaba especialmente y con mis hermanos, éramos los dueños de sus manzanas. Eran grande y jugosas, ácidas y deliciosas. Si, yo estaba deseando mi segundo verano. Pero aún faltaba.

Mi papá estuvo varios días sin hablar conmigo, ponía su mejilla para que le diera un beso y no me lo devolvía. Era su castigo por mi decisión sin pedir permiso, de no bailar en el Club Social. Mi padre siempre castigó mis travesuras o desobediencias con largos silencios. La verdad, me dolían más que una palmada.

En octubre hubo aquel revuelo por los zapatos de mi hermana y papá se olvidó de su castigo del silencio. Mi hermana siempre usó zapatos bonitos, en esa época se usaban de punta muy fina y tacones casi bajos. ( Ella usarla luego tacos agujas finísimos de mil centímetros que jamás pude usar). Le habían comprado para los bailes y sus salidas dos pares muy a la moda. Unos eran de un marrón muy claro, otro de color negro. Mi hermana desobedeciendo órdenes de mamá había prestado los marrón claro. Hacía tiempo. Y la chica venía a casa a tomar el té con ellos puestos, no hacía mención de devolverlos.

Mi madre estaba furiosa. Siempre dijo que zapatos y ropa interior no se prestan ni por un rato ( era su concepto). Además, estaba furiosa porque la chica venía a casa con los zapatos puestos y no hacía mención a nada, ni ante las miradas furibundas de mamá.

Una tarde se lo dijo, recuerdo que aún hacía un poco de frío, estaban reunidas con mi hermana dos de sus amigas. Miraban unas revistas y tomaban mate dulce. Una de las chicas tenía los famosos zapatos. Mamá trajo una torta de la cocina y mientras la servía, le miraba los zapatos con ojos fijos.

La chica se fue quedando incómoda y con las mejillas rosadas. Miraba las revistas, se tapaba la cara. Mi hermana, animada por mi madre, clavó sus inmensos ojos en sus zapatos y ya no los quitó de ahí.

Llegaba mi padre en ese momento cuando mi madre, sin poder contenerse le dijo: No pensas devolverle más esos zapatos a mi hija? SOS muy atrevida, hace meses te los prestó y venís de visita con los zapatos puestos!

Hubo no sé qué intercambio de palabras, la chica tenía la cara roja, acusó a mi hermana de habérselos regalado. Mi hermana afirmó que no. No recuerdo mucho como las voces discutieron el tema de los zapatos. Después papá ofreció llevar a las chicas porque faltaba un buen rato para que vinieran a buscarlas. Mi madre no salió a saludar, mi hermana lloraba, mi hermano se reía y yo, no entendía nada.

Mi hermana seguía llorando esa noche porque se había quedado sin amigas. Y que a ella no le importaban los zapatos. Y qué mamá había sido muy bruta en decir eso.

Recuerdo que le pregunté: pero se los prestaste o se los regalaste?

– No, no, se los presté… con la plata que tienen no necesita que le regale zapatos!

– Entonces mamá tiene razón?

– Si pero pudo haber sido menos mala… ahora nadie, nadie del grupo me va a hablar más…

Seguí sin entender: era mejor tener amigas que zapatos? Me dormí pensándolo.

Los días sucesivos tuvieron ese sabor ácido de que algo estaba mal, mi hermana andaba como perdida, mamá con mal genio, papá con mucho trabajo y mi hermano, ausente como siempre.

Tal vez por esa situación tirante mi padre decidió cocinar ese domingo. Recuerdo el día hermoso, con viento susurrante en los álamos y la casa llena de luz. Mamá ayudaba a papá y mi hermana llenaba los floreros. Viendo que la situación era favorable, me fui con mi gata a pasear un poco por la chacra. Ella me seguía como un perrito.

Después la encerré en la habitación de jugar del piso alto y le leí un cuento hasta que se durmió con un ronroneo suave. Y cuando me fueron a buscar para almorzar tuve la alegría de que habían invitado al abuelo Tomás.

Papá había hecho un estofado con papas y verduras, estaba rico y en el almuerzo, la situación cambió, todos parecían más alegres. Eso me pareció.

Sin embargo fue un día terrorífico para mí. De tarde fui a alimentar las gallinas y mi conejo. Mi conejo no estaba, su conejera estaba abierta.

Fui llorando hasta la casa a decirles a todos quién había dejado la puerta abierta.

– No dejé la puerta abierta, dijo mi padre muy tranquilo, hoy lo comimos en el estofado.

Creo que grité mucho más fuerte que cuando me quebré el dedo. Miré a mi padre y mi madre, cómplice, con tanto odio como se puede a los siete años. Después llorando me encerré arriba y no bajé. La tarde corrió lentamente y mi llanto también. Mis hermanos fueron a consolarme y calmarme. Después fue mamá. Y finalmente fue mi padre que, creo, nunca subía.

Hice silencio. No hablé una palabra. Tomé el baño de la noche y me acosté sin cenar, no obedecí a mi madre. Después mi hermana me trajo leche con galletitas pero no toqué nada. Seguía llorando sin parar y sin sonidos. Sentía el pelo suave y gris de mi conejo, cuando yo lo abrazaba, lo paseaba, sus hermosos ojos rojos cuando le daba de comer… y mientras lo recordaba las lágrimas rodaban por mis mejillas.

Amanecí con fiebre y gripe, estuve un par de días en cama, casi sin comer, sin hablar y llorando de a ratos. Nada hizo que yo volviera a abrazar y charlar con mi padre cuando regresaba a casa. Él sentiría mi silencio como yo había sufrido el suyo? No lo sé. Me duró unas semanas.

Desde ese día me prometí a mi misma nunca más comer conejo y lo he cumplido.