Los trenes

Siempre amé las estaciones, las de ferrocarril especialmente. Aunque era ese lugar desde donde despedíamos a papá por su trabajo, también ahí lo recibíamos.

Mis viajes en tren se extendieron desde los cuatro años, hasta los veintitantos. El último fue a pedido mío: ya existían esos buses rápidos e incluso los aviones internos.

Quise viajar en tren porque esa mecedora de su traqueteo me parece mucho más saludable que las carreteras, que el vértigo del avión y de los vómitos que tuve las dos veces que anduve en barco.

Los trenes tuvieron, hace muchos años, una cierta elegancia propia de dónde venían. Los cubiertos eran de metal y las servilletas, de telas blancas, impolutas. Platos de loza fina. Todo eso que se movía en forma peligrosa pero, casi nunca se rompían.

De noche, dormir en tren, correr la cortina de la ventanilla y ver pasar la noche. Ver pasar estrellas, miles, lunas, miles, sombras, miles. Hasta que el suave traqueteo te iba adormeciendo.

Despertar en el tren, quizá era la parte más complicada del viaje, en cada extremo del vagón estaban “ los servicios sanitarios”, de cada género. Solía suceder que había que hacer una larga fila para acicalarse. Pero, si tenías un buen camarote, en una esquina en forma simulada, se abría una tapa de mármol y madera, encontrabas una pequeña canilla de donde salía un fino chorro de agua fría para lavarse. Debajo, con otra puerta hermosa de madera, se guardaba una especie de palangana de metal, elemento indispensable para no mearse encima. No era eso finísimo y genial?

Los trenes iban y venían, en las estaciones repletas, las personas se abrazaban y besaban, se compraba de todo antes de subir: desde caramelos hasta fiambres. En los trenes los viajes eran largos y el tedio, se mataba comiendo.

Las clases sociales estaban bien marcadas no era lo mismo camarote, primera y segunda clase. Ni los servicios higiénicos eran iguales. A mí me encantaba caminar por los pasillos estudiando los vecinos y cuando me animé a saltar entre vagones, no entiendo cómo me dejaban hacerlo y cómo sobreviví, ir mirando cómo el paisaje interno iba cambiando.

Era el mismo tren y afuera, el mismo paisaje pero adentro iba cambiando totalmente. Aprendí que la gente no siempre viajaba feliz como nosotros, algunos iban hasta enfermos. El parloteo entre unos y otros era constante: a mí me costaba muchísimo encontrar con quién charlar en los camarotes.

Los guardas, que no sólo picaban los boletos con una especie de tenaza de metal, también anunciaban las estaciones, la hora de comer y la de dormir. También cuidaban severos la moral. Nada de apretujes, nada de besos y caricias por pasillos o asientos. Para eso estaban los camarotes: si no podían pagarlo, tampoco debían hacerlo. Era así de sencilla la moral… y las buenas costumbres.

La gente de primera iba al comedor, pero en otro horario, primero íbamos los de los camarotes, que para eso habíamos pagado el doble. No sé si había horario para los de segunda, pero cuando mis padres dormían la siesta y me iba a recorrer el tren, comían en la falda, a veces les daban bandejas.

Los trenes eran ingleses, me había explicado mi padre, luego entendí porqué nosotros teníamos hasta servilletas y los otros, a veces bandejas.

Un viaje en tren duraba un día y una noche. O medio día y una noche. El paisaje era cambiante, diverso, aburrido o colorido. A veces había niños saludando el paso de la máquina infernal, paisanos a caballo, mujeres con niños en brazos. Todos saludando. Ni el frío más cruel podía detenerme: me encantaba subir el vidrio y responder el saludo, agitaba mis brazos… hasta que me cerraban la ventana.

Lo más intenso y misterioso era cuando el tren atravesaba un túnel y todo quedaba en penumbras o oscuro. Cuánto terror se inventaba para hacer el viaje más entretenido. Cómo no teníamos TV ni otros entretenimientos, leíamos mucho y jugábamos a los naipes. Mi padre siempre ganaba y todos se burlaban de mi enojo. El tren seguía y el tiempo pasaba.

El otro día soñé que volvía a caminar por los pasillos de un tren muy largo. No llegábamos nunca, no sé con quienes viajaba, eran familiares. El tren no paraba nunca y sentí, latente en el sueño, esa ansiedad que se tiene sólo en la niñez, eso de querer llegar con todo tu cuerpo, pidiendo mentalmente que al fin se detuviera el tren en la última estación.

Así será la vida sin que nos demos cuenta? Siempre queriendo llegar, siempre apurando el viaje, siempre deseando la estación final…

Desear descender y ver todo para después, querer volver y entender tarde, que ya no se puede…

Último día de noviembre

Y cuántos he tenido. Son siempre similares. El agobio del calor, el agobio del dinero, el agobio del año entero. Mañana comenzará el último mes del año y como brotes la gente soplará nuevos sueños, arrinconará nuevas esperanzas y deseará llegar a fin de mes y poder gritar : FELIZ AÑO NUEVO.

Enviarán por Internet saludos a conocidos y desconocidos. Desearán, supongo que de a ratos lo harán de verdad, que todos gocen de buena salud y prosperidad y más…

Último día de noviembre, mañana empezaremos a mendigar que lleguen las ansiadas fiestas. En familia y con muchas fotos. Las Redes estallarán, en pocos días más habrá que ver los árboles navideños. Llenos de nieve extranjera mientras nos ahogamos de calor. Los lechones serán sacados de sus tetas. Los corderos igual. Y aunque el termómetro marque que la temperatura subió al techo, habrá brazas y humo. Asadores alcoholizados antes de hora.

Pero será diciembre mañana. Habrá que vivirlo. Habrá que hacer pensar que una también está a la altura de tantos buenos deseos. Y desear lo mejor… ( qué es lo mejor?)

Se termina hoy este mes que es algo así como la sala de espera, después vendrá el quirófano de diciembre y estallaremos en el parto: nació el 2024!

Quién no se ilusiona y desea lo mejor ante un recién nacido?

Y por unos días hasta nos creemos que así será, le ponemos ganas… después… nada, después la vida sigue.

Pero no quiero adelantarme: aún, hoy, aquí, a esta hora y en esta parte del mundo, estamos pisando las últimas horas de noviembre. Aún en la sala de espera.

Hambrunas

Por qué será que todo festejo lleva a excesos de comidas y bebidas? Por qué será que aún en la actualidad, muchas personas publican, publicamos, mesas llenas de comidas?

Más allá que algunas fotos de hoy también muestran ciertos restaurantes significativos del verbo poder, del verbo puedo pagar, del verbo me invitan porque soy de clase A, y otros verbos que no se conjugan en letras sino en los egos; mucho más allá de esas trivialidades,siguen mostrando comida.

Siempre había pensado que mis abuelos europeos, itálicos, exageraban y les gustaba mostrar sus mesas repletas porque habían venido de guerras y grandes hambrunas. Era casi lógico festejar que se podía comer abundante o buscar una excusa para mostrarlo.

Si hoy sigue sucediendo, y vaya si sucede, estará en nuestro ADN, será una defensa de vida, una valoración de nuestra necesidad de preservar la especie. En fin, algo muy primitivo.

Será así?

La paradoja es que mientras los manjares se exhiben en mesas repletas, las figuras humanas se estilizan hasta llegar, en algunos casos, a esqueletos vivientes.

Hay qué mostrar comida pero no comer o apenas mordisquear.

No desesperes! Hay una solución: ser personaje de cine y ahí sí, comes y bebes, hasta llegar a limites irracionales y sigues siendo casi un esqueleto o tienes el cuerpo perfecto.

Sucede en la ficción…

En la realidad la comida exagerada engorda y el alcohol también, además las resacas son terribles y los resultados nada agradables.

Pero eso sí : no te olvides de seguir mostrando que la hambruna, el hambre, no te pertenece, tú, tu familia y amistades pueden pagar excesos de todo tipo y no invitar a los verdaderos dueños del hambre.

Romantiquerías

Y no me digan que si pretende una persona escribir, lo mismo lo hace en la selva mientras los mosquitos le rompen la piel.

En un cuarto de dos por dos en verano, sin vista hacia afuera y con un ventilador de la segunda Guerra…

En un bus que intenta amontonar cuarenta personas donde caben veinte.

En un escritorio inventado donde marido y niños dejan cosas tiradas o mocos pegados.

En una casa pequeña donde no deja de sonar el móvil, la aspiradora y la máquina de sopa.

En un bar, hermoso, donde una chica insiste en darte otro café cada media hora y una orla de universitarios ríen en el fondo.

En una playa… una llena de gente, pelotas, perros que cagan, madres que gritan y tipos que juegan al fútbol.

No puedo. Antes, hace mucho lo hacía, me venía la idea, tomaba mi libreta y un bolígrafo y anotaba en una sola página la idea esencial. Después la recuperaba.

Ahora ni eso hago. Mi letra manuscrita es como la de un médico, me olvido dentro de lo esencial que apunté que quería destacar y odio la idea de sentarme y reconfigurar lo que olvidé.

No sólo es la edad, estoy aburguesada, he mirado mucha película romántica sobre escritores y escritoras. Quiero un mecenas. Una casa junto al mar o la montaña, puede ser en el campo, quiero silencio, respeto, quietud. Un escritorio bello, una buena portátil o dos, y por favor alguien que me cocine y limpie sin molestar.

Gatos fuera, perros fuera, marido e hijos de vacaciones… porque tan malvada no soy. Todos disfrutando en un lugar bello y yo, escribiendo. Abriendo y cerrando libros si debo consultar, hablando con editores, inventando personajes… con la ventana abierta mirando el mar, la montaña o el campo.

Demasiado tarde. Eso debí haberlo buscado cuando tenía bella figura, ni una arruga, ni una cana y una sonrisa fatal. Ahora, de tener que enviar una foto actualizada a una portada, el terror se apodera de mí. Ida Vitale hay una sola, vamos…

La daga

Tan fina y filosa, tan delicada, parecida más a una joya que a un arma mortal. Con todos sus brillos, la miope veía sólo la empuñadura, no miraba el filo.

La daga trazó el camino a su antojo, la tonta la aplaudió porque era tan lindo tenerla cerca, no miraba que iba directo al corazón.

La daga hizo su danza buscando ser diosa, dominar y reinar, la humillada sólo pensó en llorar. La daga la comenzó a matar.

Gota por gota la iba matando, como un vampiro la iba estrujando, la moribunda no se defendía, ya sólo se moría sin notar la muerte. Seguía la danza de la daga.

Daga con filo, daga con trazo fino, daga mal intencionada pero harto certera te quedaste con su destino.

Con su poco destino.

Con su nada de destino.

Tal vez ya estaba muriendo, tal vez era demasiado feliz, tal vez estaba en la cima y ya no la querías ahí.

Daga azul, daga blanca, bordada de sangre con perlas de lágrimas, soberbia y magnífica seguiste bebiendo el último aliento y luego, en silencio, te fuiste a llorarla.

Tiempo

Ay el tiempo!
Me gustaría tener una jeringa para succionarlo
El de las ausencias llenas de silencios
El de la indiferencia que produce tantos pobres
El de los agobios existenciales llenos de tabúes y desprecios
El tiempo del lucro y la avaricia
El de la inhumanidad y de los prejuicios
…no es que quiera un tiempo perfecto
…no quiero algo irreal ni maravilloso
…me gustaría tener un tiempo sin odios y con eso tal vez, me conformaría
( domingo reflexivo)

Elsa, inspiración

(Imagen de PingLabel)

Me persigue su imagen, su historia, su sonrisa y calma, sobre todo su calma. Ante los imprevistos más increíbles guardaba una calma increíble. Se parecía a esa calma que deben de gozar las Monarcas. Tal vez.

Me persigue su vida arruinada con una madre que no la cuidó y cómo logró escapar, en un pueblo pequeño, cerca del campo, de un destino previsto.

Me persigue que fue autodidacta y logró manejar como mano derecha una empresa sólida, de donde se jubiló con honores.

Me persigue su historia de amor perdido, por un desencuentro y su castigo a sí misma, casada más de 60 años con un hombre que no amó. Incluso creo que despreció, lo aborreció, aunque jamás dijera nada.

Con ella se podía recorrer cualquier lugar, incluso los lujosos, nadie notaría su vida pueblerina, su auto didactismo. Sabía callarse a tiempo y tenía, más que nada, la buena costumbre de escuchar.

Sobria en sus gustos, serena en su andar, su hablar suave, sus gestos tan exquisitos, difícil era descubrir su verdadera infancia. Difícil era verla junto a su marido: era su polo opuesto.

Me persigue su recuerdo. Cuánto puede soportar una mujer para vivir así más de sesenta años?. Ese autoflagelo de una vida entera?

A los pocos años de casada le quitaron el útero, los ovarios. Eso le permitió alejar la relación sexual y olvidarse de parir por segunda vez. Ese cáncer la liberó de la parte más asqueante de su relación. Y todo lo demás lo vivió y soportó con una calma incansable.

Pero, lo que más me persigue, me asombra y me intriga de su historia, fue la maldad que soltó después de la muerte de su marido. Se acabó la calma. Su boca fue un deshecho de palabras crueles, insultos, ironías. Y creo, puedo equivocarme, que se hacía la sorda para poder gritarlas.

La historia de Elsa me persigue porque no sé cómo pudo soportar tanto y porqué dejé de verla cuando su calma y delicadeza, se transformaron en furia y acritudes miles.

También a mí me gustaba más la otra Elsa? También a mí me interesaba la amiga que soportaba el patriarcado con una finísima calma?

También yo soy hipócrita?

Pasillos de incertidumbre

Vas caminando con pasos temblorosos

después, te pones casi con los pies de punta,

el pasillo, largo, interminable, o tal vez

demasiado estrecho que podría ser lo mismo,

es como un elástico y entonces te apuras,

pero hay tanta gente que querés desaparecer.

Cómo odias los pasillos, los eternos pasillos

que ni empiezan ni terminan y que hoy,

parecen no llevarte a ningún lado.

Justo hoy, un día que no es cualquiera,

un día que consideras imprescindible,

un día determinante, con todas las fricciones.

Agonizan tus pasos, aletargados por otros pasos,

pies calzados o semi desnudos, media estación,

pies apurados y otros lentos, otros arrastrándose.

Y el pasillo no termina, la incertidumbre te

ofrece una paradoja existencial: porqué tuvo

que tocarte este pasillo?

Habrá en este mundo algún pasillo corto y sencillo?

Ahora, parece que estás llegando, sabes que vendrá la otra incertidumbre: elegir bien la puerta.

Tenés un número en la mano, pero sabés que es un número trampa.

Las puertas no tendrán número y tendrás que usar tu intuición. Todavía te queda?

Mientras vas enfrentando con pánico a las puertas , recordas: en una te humillan, en otra te ignoran, en otra te gritan, en otra te mienten y hay una, sólo una, que contiene la verdad.

Cuál será? Si no te animas hoy, tendrás que volver a vivirte la congoja del pasillo.

Elegir o elegir: como todo en la vida.