Te acordas del cine?

Era para vestirse bien. Era un acontecimiento y era algo que, como siempre, algunos podían pagar y otros no.
Cuando dejabas “ la matiné”, con dos películas casi estúpidas, subías el escalón y podías ir de noche.
Noche de cine, con tus hermanos mayores o con papá y mamá, al principio. Igual, era fiesta. Era lo más parecido a ir al teatro.
Se escogía la película. La ropa. Con quién y cómo se iría. Igual a la preparación de un viaje: era más linda la previa, muchas veces, que la película misma.
Nunca conté las horas de cine que tienen mi vida. Sé que fueron muchas. Pero lo ceremonial de ir al cine, se murió hace años. Porque también tuvimos idas al cine que terminaban con un café y la discusión obligaba del argumento, de las actuaciones. Y esas películas, las que dejaban margen para la discusión, seguro que fueron las mejores.
Algunos años antes había pasado lo mismo con el teatro. El cine no lo remplazó, tampoco lo hizo la TV con el cine.
Pero sí le quitó la salida, la ceremonia de ir al cine y disfrutar junto a mucha gente la película de turno. El gusto a comer chocolatines o masticar caramelos frente a escenas románticas o de terror.
También nos quitaron la posibilidad de ver qué vestidos se ponían las demás mujeres para ir al cine. Eso nos daba motivo de conversación al día siguiente.
Y los hombres se perdieron también la posibilidad de mirar ciertos escotes audaces y piernas cruzadas. No sé si lo comentaban al día siguiente.
Pura nostalgia lo mío pero tenía su encanto.
Ahora si tenés dinero podes pagar para ver casi todo desde tu pantalla gigante y te ponés un camisón para ver más cómoda.
Esa salida, empaquetada los días de fiesta patria con películas supuestamente muy buenas, están en la historia de cosas que no volverán.
Me sigue gustando el cine, extraño a veces, la sala llena de gente conocida y desconocida, riéndonos todos juntos o aplaudiendo al final.

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