Hacía mucho tiempo, cuando eran novios y ella no podía adivinar en qué se transformaría, hizo un chiste:
– Las mujeres que odian, te envenenan, no usan armas.
Será porque las mujeres tenemos menos fuerza, pensó ella y recordó los cuentos de Ágatha Christie.
Eugenia supo soportar durante años al hombre del cual se enamoró en su juventud. Parió sus hijos, abortó por una paliza el último, usó lentes oscuros la mitad del año para ocultar golpes, mintió en el hospital sobre las costillas quebradas y le mintió a su familia cuando ya era imposible ocultarlo.
Esperó con paciencia el crecimiento de sus hijas. Las dosis de arsénico que usó fueron bajas, cuando se despertó el tumor supo que ella lo había adelantado.
Cuando lo diagnosticaron e ingresó al hospital, simplemente se fue a su casa, le aprontó la ropa, hizo su propia valija y se fue.
La buscaron sus familiares pero solo las hijas conocían su paradero y nunca lo dijeron. No visitaron jamás al padre y llamaron a la madre después de su muerte.
– Fue el arsénico- repetía Eugenia a veces mirando en la lejanía.
– Fue el cáncer- contestaban sus hijas y terminaban sonriendo.
