Fue la segunda o tercera vez que escuché el relato. Vía oral, como han sido la mayoría de los relatos en mi infancia.
Me había olvidado y por suerte mi tía, la última, la única que me queda de parte de mi madre, guardó el recuerdo.
Cuando la visito miramos fotos antiguas. Entre las fotos, además de mis padres en su casamiento, estaba mi hermana muerta.
La que nunca se nombra. La que murió en forma repentina de una meningitis feroz, una semana antes de cumplir su primer año de vida. Siempre pensé que mi madre no hablaba porque le volvía el irremediable dolor de la pérdida de su primera hija.
En el panteón familiar, en una pequeña urna, sus huesitos recuerdan que estuvo, que vivió, que la abrazaron y la amaron, que ya estaba intentando caminar por este mundo, ya balbuceaba palabras, ya escuchaba a mi madre susurrarle canciones. Ya reconocía abuelos y tías. Ya hacía esas primeras gracias que hacen los bebés de todo el mundo y enternecen a familiares y amigos.
Y sin embargo sus pequeños logros no se recuerdan. Eran los logros de una bebé y no quedaron los registros necesarios. Creo que me enteré a los ocho o nueve años que en realidad mi hermana mayor, la de verdad, había muerto.
Olvidada en el rincón de las fotos siempre estuvo, en los misales de mi madre, en los de la abuela, también. Hoy la encontré en una gran caja de fotos que sólo mi tía guarda.
Y como mi creatividad está incierta, decidí escribirle en mi rincón para que por lo menos aquí… quede una mención a mi verdadera hermana mayor.
Y que quedara también aquí la historia del llanto de mi madre. Cuando mi hermana murió, en menos de un día de fiebre y convulsiones, mi madre estuvo al borde de la locura. Cuando volvieron a la casa en el campo, mi tía menor, la que hoy me muestra la foto y me cuenta la historia, se quedó algunos meses acompañando a su hermana mayor, mi madre.
Mamá lloraba horas enteras con el corazón, con las tripas, con el alma. La casa rodeada de pinos repetían como eco ese llanto inconsolable. El personal que vivía cerca o lejos lo escuchaban con una mezcla de tristeza y respeto.
Algunos años después, mis padres ya no vivían allí y mi tía, ya adolescente visitó el lugar vaya una a saber porqué motivos. Fue entonces cuando se enteró que en días de viento, en el ulular de los pinos, un llanto desesperado de mujer sonaba interminable.
Fue muy poca la gente que logró vivir ahí, aterrorizados por ese llanto que escuchaban.
El llanto de mi madre… seguirá en ese lugar?
