Justina ( de mi libro Primas)


Nació en una familia de la otrora privilegiada clase media a principio del siglo pasado. Fue la prima favorita de mi abuela paterna.
Rubia, angelical, de voz tenue y paso elegante era la prima admirada por todos.
Buena alumna en las virtudes femeninas de la época, aprendió todas las labores propias del género y un poco más, aprendió a tocar el piano y cantaba afinadamente. Nadie negaba que el hombre que se llevara a la prima Justina, sería un afortunado.
Cómo fue que sucedió. Cuándo y cómo aquel ángel descendió al último infierno. Una envidia?. Un maleficio?. Algo que pagar de sus progenitores?. La cosa es que una mañana diáfana de primavera, unas horas antes que llegara el novio a pedir su mano, justo ese día, la tía la encontró hablando sola en el jardín.
Supuso que eran los nervios. Le dio té de tilo, una fricción de colonia y la ayudó a arreglarse porque Justina parecía en otro mundo.
La prima se fue quedando en ese mundo cada día un poco más. Arreglaron su boda. Eligieron y aprontaron su ajuar. Cuidaron las visitas del novio. Hicieron todo por ella. La tía tenía terror de que el día de su boda Justina ni siquiera respondiera el sí. Pero por azar o designio se despertó casi cuerda y casi feliz y la casaron como querían.
Un año más tarde tuvo su primer y único hijo porque después del parto, que duró casi tres días, la prima se fue para siempre a ese otro mundo y no regresó.
El marido, furioso, decía que lo habían casado con una loca. Los padres solo lloraban. Las hermanas huían; su prima, mi abuela, criaba al niño y la cuidaba.
A los tres años ya estaban todos agotados. El marido tenía mujer nueva. Los padres se habían hecho viejos de golpe. Nadie quería hacerse cargo. La internaron en contra de la voluntad de mi abuela que era la única que quería hacerse cargo.
A los pocos meses Justina era un saco de huesos y tenía temblores y convulsiones terribles, productos de los electro shock.
Mi abuela prácticamente la robó del lugar. Hiceron una habitación más en la casa y allí vivió Justina unos cuarenta años.
No tuvo lujo pero siempre la rodeamos de afecto. La abuela decía que ella vivía en su mundo. Que era bueno abrazarla, besarla, decirle palabras cariñosas. Así, decía, la recuperamos un rato.
En esas recuperaciones Justina corría al piano, que con mucho sacrificio compró el abuelo, se sentaba y tocaba y cantaba como si nunca hubiera dejado de hacerlo.

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