Disimulemos

Carolina, tan perfecta. Tan bella, rubia, estilizada, sin granitos, sin frenillos dentales. Tan reina de los estudiantes. Y no era mala alumna. Es cierto que vos y yo éramos siempre las mejores. Pero Carolina era buena. Le alcanzaba y le sobraba para estar siempre entre las primeras.

Que nos sucedió a nosotras con Carolina? Fue su mayor experiencia con chicos, fue descubrir que muchas veces mentía o fue lisa y llanamente envidia?

Teníamos apenas dieciséis y ella casi alcanzaba la mayoría cuando nos conocimos. Terminaba ese año secundaria. Se iba a la Universidad. Salió reina de los estudiantes. Reina de la primavera y aún así aprobó el año y sus exámenes. Ese verano, le regalaron un mes en Punta del Este, para festejar todos sus éxitos.

Nosotras que siempre íbamos a la casita de tu tía en Valizas, nos picó la rabia. Punta del Este y con qué plata, nos preguntamos. Su casa era similar a la nuestra, clase media arañando siempre no caer más abajo, padre y madre trabajando mucho para pagarnos el Colegio privado.

Valizas en ese tiempo era apenas un esbozo de balneario con ranchos de paja en los techos, artesanos y pescadores. Ciertos grupos de adultos que preferían ese lugar tranquilo y mataban las tardes de playa con pelota y discusiones políticas. Todos zurdos, decía tu tía mientras se reía y vendía comida casera.

A tu tía le gustaban los zurdos, te preguntaba yo, siempre le gustaron, me confesaste. Si el marido estuvo preso un montón. Y dónde está tu tío, pregunté curiosa, se fue, me dijiste, se exilió y no volvió. Y justo, en ese momento que caía el sol rojo sobre una arena rubia y alocada, la vimos. Nos escondimos enseguida.

Era Carolina. Y nosotras estábamos en Valizas en el rancho de tu tía, no estábamos en Punta del Este. Era Carolina bronceada y esbelta, perfecta como siempre, tomando el último rayo de sol.

Esa noche nos quedamos hasta tarde preguntándonos qué hacer. Al final decidimos escondernos y esperar sus cuentos del verano en Punta. Después nos reiríamos en su cara.

Cuando faltaban unos pocos días para comenzar nuestro último año de secundaria, fue a despedirse, se iba a Montevideo a estudiar.

  • Y qué tal tus vacaciones en Punta- le preguntaste.
  • Ay, no saben lo que me pasó- bajó la voz- me enganché con un tipo mayor tan divino. Lleno de guita! Me llevó por toda la costa. Recorrimos todo y me regaló de todo. Hasta un anillo de oro. Pero se lo devolví… creo que se había metido mal conmigo.
  • Y nos quedamos mudas. Después que se fue divagamos entre si era verdad o mentira. La vimos en Valizas y justo el tipo estaba en otro lado. O era otra de sus mentiras. Congeniamos en que podía ser verdad pero lo del anillo, eso, no lo íbamos a creer.
  • Al año siguiente en Montevideo nos encontramos con Carolina. Ella estudiaba arquitectura y nosotras Literatura. Nos vimos varias veces. Siempre tenía historias con tipos. Un día se me escapó y le solté: sos media puta, no?
  • Me arrepentí enseguida. Me miró con desprecio y me dijo: vos sos una mojigata. Yo no cobro, che. Me acuesto con el que me gusta.
  • Y al que te regaló el anillo?- le preguntaste- ese te gustaba o le diste bola porque te llevó por todos lados?
  • Quedó con sus ojos almendrados fijos no sé dónde, no se acordaba. Me di cuenta. Después de unos segundos eternos reaccionó:
  • Ah, el de Punta del Este? Sí, me re gustaba. Este año voy de nuevo.

Así. Esa era Carolina. De malo no tenía nada. Salvo su pelo castaño claro,lacio y prolijo. Salvo su cuerpo perfecto y su cara hermosa. Y sus amantes y sus veranos en Punta del Este. No, no tenía nada de malo. Además de irle muy bien en la facultad.

Ese año volvimos a Valizas y por suerte tu tía, una santa mujer, había logrado hacernos un dormitorio. Teníamos privacidad y de noche, entrábamos y salíamos por la ventana. Nos íbamos a los toques de la playa, tomábamos sangría y fumábamos algún porro.

Una noche la vimos a Carolina. Tan espléndida como siempre, con una biquini diminuta, un largo vestido calado, tomando cerveza con un tipo que tenía una tabla de surf. Nos fuimos. Esa noche ni porro, ni sangría, ni buscar un chico para pasar a la acción. Nada. Reventábamos de rabia.

La buscamos en la playa al día siguiente. Y a la noche siguiente. Ni rastros. Hasta pensamos que era nuestra imaginación. Al final de enero la olvidamos porque hubo mucha sangría, porro y sexo. Nos sentimos todopoderosas y Carolina dejó de existir.

Fue tal vez en marzo, hacía un poco de frío en Montevideo y fuimos a una manifestación. Ahí estaba la bella Carolina. No queríamos que nos viera pero se acercó jovial, dando besos y abrazos ( como si alguna vez hubiéramos sido grandes amigas). La manifestación era en silencio, por las mujeres víctimas de feminicidios, pero ella se las arregló para contarnos que ese verano había aprendido a surfear y que estaba de novia.

Un mes después la vimos rubia y espléndida del brazo del profesor de surf, no nos arrimamos y ni siquiera queríamos saludar. Pero ella nos persiguió con sus gritos de mujer feliz, quería presentarnos al novio. Y tuvimos que conocerlo, sonreír, besar las mejilla, hacernos la simpáticas e incluso compartir un café.

Tuvimos que aceptar más tarde que el hombre era lindo, musculoso, con sonrisa amplia y cara de buena gente. Carolina estaba más linda, el amor la desbordaba.

Ese año el estudio estuvo duro, no salíamos casi y nos pasamos estudiando. En plenos exámenes de fin de año apareció Carolina en nuestra pensión. Tenía una sombra pálida en la cara y nos dijo que estaba estudiando mucho.

  • Ustedes van a Valizas en enero como siempre, no? Este año voy a ir a quedarme unos días. Nos podemos ver? Este año estreno tabla de surf.

Sonreímos las dos como bobadas encantadas, su majestad de la belleza visitaría en el balneario pobre, a las dos estudiantes pobres también. Toda una revelación y un festejo.

  • Y si no vamos este año?, sugerencia de tu parte.
  • Ah, no, tu tía nos espera siempre y es nuestro único mes de playa. No tengo novio que nos pague hotel en Punta- te respondí muy seria

Nos reímos bastante de nosotras mismas y nuestras niñerías con ese afán por odiar a Carolina, cuando en realidad, casi ni la conocíamos. No era nuestra amiga íntima y si lo pensábamos bien, nunca nos había hecho nada malo.

Verano de sol radiante en Valizas. Muchos chicos lindos. Ayudábamos a la tía con sus tartas y empanadas en la mañana, después en la siesta tomábamos sol sin clemencia. De tarde volvíamos a ayudar a la tía, le hacíamos todos los pedidos para el día siguiente. De noche, casi siempre nos escapábamos. Menos los fines de semana porque teníamos permiso para salir.

Un sábado apareció Carolina con un traje carísimo y una tabla de surf. Se instaló en la casa de mi tía y se puso a contar historias de olas y caídas que me colmaron la paciencia casi enseguida. Y vos te morías de risa, porque vos, mi amiga del alma, me conocías tanto que sabías que yo estaba que explotaba.

No solo se quedó más de lo necesario sino que anunció que esa noche íbamos juntas al toque y al baile en la playa.

  • No voy- te dije apenas salió.
  • Estás loca? Tengo una cita con Juancho el de la facultad. No seas mala, si no la aguantas ponele una pastilla de esas que toma tu tía para dormir y seguro el profesor de surf se la lleva drogui.

Eso, el profesor de surf, el novio. No lo había nombrado ni una vez. Extraño. A vos no podía fallarte, así que nos vestimos y nos fuimos. No sé porqué extraña razón metí en el bolsillo de mi short tres pastillas de la tía. Te tomé la palabra.

Era una noche hermosa, con una luna roja que salía sobre el mar. Cuando llegamos Carolina ya estaba algo tomada. Fue vernos y comenzar a llorar. Tema: el profesor de surf la había engañado, era casado, no tenía un peso y la había dejado sin despedirse. A mí no me hacía gracia oírla, la noche era diáfana, quería bailar, quería tomar algo, divertirme y que vos te fueras a tu cita con Juancho.

Se que habíamos entendido que odiar o despreciar a Carolina era un infantilismo de nuestra parte. Sé que debí tener al menos un poco de compasión femenina. Pero no me salió soportarla. Escucharla llorar borracha abrazada a la tabla de surf. Me pareció ridícula, me sentí usada y le metí las pastillas en el vaso.

Me fui a bailar con un argentino que tenía facha de gitano. Nos reímos mucho y nos besamos un poco a la orilla del agua. Cuando regresé me acordé de Carolina. La busqué y me inquieté. Dormida estaría, obvio, pero dónde.

  • Es que no sabemos ni siquiera con quién está ni dónde está parando- casi gritando me lo dijiste cuando interrumpí tus arrumacos con Juancho.
  • La gran feminista!- me dijiste vistiéndote y saliste corriendo y yo, atrás, llena de culpa y vergüenza.

Fuimos recorriendo los grupos preguntando por Carolina. Un flaco con cara de desquiciado nos dijo: se fue a surfear.

Por supuesto que no le creímos. Carolina alcoholizada y con diazepan encima, se habría dormido por ahí.

  • Odio decir esto pero hay que avisar a la policía- te dije después de una hora de búsqueda cuando una chica bastante sobria nos dijo que vio una chica alta que se metió al mar con la tabla de surf.

Y la buscamos. Y avisamos a las autoridades y al otro día salieron con lanchas de Superfectura.

Y nos enteramos que paraba en un camping muy barato y que se había registrado sola.

A los dos días te fuiste. Yo me quedé y esperé hasta que la encontraran muerta, ahogada y medio comida por los pescados.

Me arrepentí mil veces. Pero no valió de nada: ella está muerta. Si nos hubiéramos quedado: la hubiéramos detenido? Cómo pudo llegar al agua con todo lo que se tomó? Cómo podíamos imaginar que la espléndida Carolina podía intentar un suicidio? O no intentó un suicidio? Quién carajos sale a surfear de noche?

Pero quería contarte que el último trago, el de las pastillas, no se lo tomó. Por lo menos no se lo bebió todo. Porque al otro día el dueño del boliche de la playa me contó que el chico que hace los tragos, se durmió apenas empezó la búsqueda de Carolina.

  • Un insensible- me dijo- todos acá preocupados y este se acostó y durmió hasta hoy a mediodía. No sé qué se habrá tomado…

Entendes que se tomó el último trago de Caro? Me vas a culpar siempre? Te acordas que dijiste si no la aguantas ponele una pastilla de las de tu tía? Se me fue la mano con tres, es cierto… pero se las tomó el chico de los tragos! Estoy segura!

Vas a seguir sin hablarme? No vas a seguir estudiando como siempre conmigo?

Carolina fue solo seis meses a la Universidad. Sí, pregunté, me informé. Sus padres estaban separados.

Todo estuvo mal pero en realidad jamás sabremos bien quién era Carolina. Podes por favor volver? No puedo resucitarla, ni vos borrar nada de lo que pasó.

Te espero.

Involucrada

Creando sueños y recuerdos

Que iba y venía cargando historias…

Algunas eran tiernas,

otras más tibias,

las hubo algo nulas…

Pero un día y casi sin notarlo

surgió la buena.

Otro día otra, aún mejor.

Y entonces llegó una realmente fuerte,

no pude parar de contar ésa y sólo ésa.

A medida que la contaba iba siendo mejor

y quise tenerla y al quererlo,

me fui involucrando y ya no fue una historia,

fue mi historia.

Y ya no me pude salir.

Presa, involucrada,estoy inventando

cómo escapar…

Sentada

En el sofá de mirar la vida

la abuela sentada, espera,

mano sobre mano,

ojos allá lejos y una sonrisa

leve, apenas perceptible,

endulza su cara.

Afuera se agita la vida,

ella, adentro, espera.

La sangre de su sangre

la carne de su carne, corre,

se apura, huye y se descalabra.

La vida de la vida suya también

anda por los caminos, las rutas,

los mapas, con apuro… la máquina

de producción los devora.

Ella, sentada ve pasar, ve girar

la vorágine que ya no es suya,

Ahora, se dice, me toca esperar…

Espera o vigila que pueden ser, la misma cosa.

Y con esa actitud, casi ingenua,

no debelará secretos. Los atesorará

en su eterno baúl de recuerdos.

No se acuerda de casi nada, murmuran,

los verdaderos ingenuos,

mientras ella repasa confidencias,

infidelidades, deseos, odios muy recónditos,

lejanos y de otros tiempos.

Mira siempre lejos y no ve casi nada,

se preocupa su joven nieta;

pero ella mira allá, adentro. Y puede percibir

angustias, envidias, miedos, siente

los celos y puede ver muertos.

Una nunca sabe de verdad, qué cosas hace

una abuela que divaga y se distrae,

cómo más allá del tiempo.

Otoño: vida y muerte

Cómo no podía ser de otra manera, tu aletear en la vida cesó cuando el equinoccio de otoño comenzaba. Porque casi siempre otoño es belleza pero tiene un toque de nostalgia y vos lo fuiste toda la vida.

Cuando me desprendieron de ti, en otro otoño, la melancolía y la nostalgia latieron un poco en el cordón antes de ser cortado; por eso me suele suceder, que me recorren por temporadas, sin permiso, sin aviso.

En aquel otoño donde tuve que ver tu cara y tu cuerpo en un cajón oscuro, sentí que algo de mi ya iba muriendo. Me arrepentí de tantas horas de insomnio que tuviste por mí, de cada vez que discutimos y de cada vez que te confronté.

Me hice la promesa de recordar las alegrías, los paseos, las charlas y los abrazos. Nadie existiría en la Tierra que pudiera disfrutar más mi felicidad y mis logros, nadie más sentiría mi dolor como propio.

Ahí frente a ese horrendo lecho de madera intenté cantarte una canción que te gustaba. A vos te gustaba escucharme cantar. Vos fuiste la primera que me inculcó el canto.

Otoño, soneto de hojas en despedida, vos eras así, como una hoja. Diste abrigo y frescor y melancólicamente fuiste poniéndote amarilla. Después decidiste caer y la tierra fue tu adiós melancólico y triste.

Madre, fuiste una hoja que partió el día que el otoño comenzaba. Me dejaste tantas cosas hermosas y tu amor tan sin igual que aún hoy, mi recuerdo sigue siendo nostalgia y melancolía.

Amo el otoño, su color, su aroma, las veredas llenas de hojas suicidas. Amo el otoño porque en uno de ellos nos vimos la cara por primera vez. Amo recordar que nuestra triste despedida también fue en otoño y eso, nos mantendrá siempre unidas en esta estación de colores ocres.

Teatrería

Tendría unos diez años cuando mi hermana de veinte, quiso hacer su debut en el teatro local, pequeño pueblo de provincia argentina. Mi padre, horrorizado, lo prohibió porque sin ser el Colón, otro teatro era de putas. Pero mi madre logró a duras penas, convencerlo.
Convencer a mi padre fue lo mejor porque mi hermana emprendió una carrera artística y yo, condición especial, tenía que acompañarla.
Era teatro pueblerino, los fines de semana a veces nos íbamos de gira por pueblitos rurales. Los paisanos poco entendían a Lorca pero silbaban como locos ante las actrices, aunque usaran el riguroso luto de Bernarda Alba.
Eso me permitió aprender libretos de memoria, de puro aburrimiento y recorrer zonas rurales alejadas , de la mano de mi hermana y del arte teatrero.
Mi hermana en escena se transformaba y crecía, así la veía yo. Dramática por excelencia no sé si hubiera podido ser cómica. El teatro la llevó a hacer radio teatro y ahí comprendí más aún la esencia de la oralidad.
Me debía este recuerdo después de tantos años de amar el teatro y la oralidad. La vida de nosotras con el arte tendría mal final: mi hermana no pudo seguir porque los rumores le ganaron a la buena voluntad de mamá y en mi caso, me ganó la dictadura y debí callar por años mi secreto arte de narrar.

Que sea ahora

Que sea ahora, qué aúllen todos los hambrientos juntos, que griten el horror del frío todos los harapientos y qué se caigan todas las orejas que no quieren escuchar.

Que sea ahora, en este instante, que la tierra explote gruñéndonos su hastío de nosotros los soberbios, que se agote el agua y se derrame el petróleo y que mueran las especies mirándonos… mirándonos…

Que sea un Apocalipsis lento y sabio… y después de la nada que resurja algo de lo bueno en algún remoto lugar donde no haya dinero, ni envidia, ni soberbia, ni avaricia…

Pero que sea ahora…