Mujer hoja

Desde pequeña demostró que su juego favorito era saltar, pisar o revolcarse en las veredas cubiertas de hojas de otoño. Su madre la llamaba riendo antes de limpiar el suelo lleno de hojas para que pudiera saltar a su antojo.

No les pareció bien ni a padres ni a vecinos que ya en plena adolescencia siguiera haciendo lo mismo. Entonces comenzó a levantarse muy temprano, antes del alba, y recorría las veredas y calles sin barrer, en puntillas o dando pequeños saltos.

Y en cada casa que le tocó vivir hizo lo mismo. Y el barrio terminaba aceptando su figura alegre pisando y saltando en la hojarasca de cada otoño.

Su marido, sus hijos e hijas, sus nietos y nietas, pasaron a considerar un juego que solo ella entendía. “ La loca del otoño”, la “ pisa hojas “, y otros sobrenombres menos buenos le pusieron. Pero nada derrotó su manía de andar entre las hojas de otoño antes del alba.

Frente a su casa construyeron una mansión de tres pisos. A su dueña le molestó aquella mujer madura que venía a pisar su vereda y desordenar sus hojas. Por eso contrató una empresa que juntaba todas las noches sus hojas y dejaba la vereda impecable.

Pero se marchó de viaje la dueña de la mansión y cuando regresó el cúmulo de hojas tenía más de cinco centímetros. Imaginarse a la loca revolcándose en su vereda la llenó de ira. Así que ella misma amontonó todas las que pudo, incluso las de otras casas y ese mismo atardecer, les prendió fuego.

La loca de las hojas se metió en la pira y sin un sonido, se fue quemando. Para cuando llegaron bomberos y ambulancias el peque fuego era nada, puras cenizas… y unos aretes rojos con forma de hoja del otoño más puro.

C

Mujer lámpara

Todos los días llegaba a su casa y tiraba los zapatos, se quitaba la chaqueta e indolente se tiraba sobre el sofá. Al poco rato estiraba la mano y encendía la lámpara. Poco a poco la luz amarillenta iba dando sombras como un carro da tumbos.

Mucho rato después de abstraerse contemplando su pequeño espacio bajo el efecto de la luz de la lámpara, se movía hacia el baño, la cocina y luego otra vez, se tiraba sobre el sofá y miraba la lámpara… su efecto en ella era mágico.

Y así se le sucedían los días, sin cambios aparentes y con una fuerte inclinación a quedarse cada día un poco más embelesada con la luz de su lámpara. Y no era gran cosa, era una lámpara común y corriente, una pantalla mediana, un pie recto que simulaba bronce. Pero las pupilas de ella cuando la encendía se dilataban y cada objeto, cobraba otra sensación.

Se animaban, cobran vida, la alfombra vieja, el adorno de porcelana, el espejo, los libros y los discos… ah!!!! esos eran los mejores. Cuando encendía la lámpara y miraba fijamente un libro podía recordar su historia, el libro se la contaba. Con los viejos discos igual, era suficiente con mirar uno de ellos y las melodías llenaban sus oídos.

La mujer tenía un sólo momento de felicidad al día, pues era obvio que volvía agotada de la calle, y ese momento era cuando tirada en el sofá encendía la lámpara y alucinaba sin necesidad de nada, sólo de su luz.

Amaba por eso el invierno porque la luz natural se iba antes y tenía más tiempo para su delirio.

Después de unos meses, en ese crudo invierno, ella comenzó a dormirse bajo la luz de la lámpara. Ya no fue más a la habitación, ya no apagó más su luz en toda la noche. En sus sueños veía su vida como una lámpara, parada, erguida y derramando luz cálida sobre objetos, personas…

Cuando dejó de salir de su casa llamó casi enseguida la atención. El teléfono se agotó de sonar y el timbre de la puerta, igual.

Fue como a los diez días que entraron para saber qué sucedía y no encontraron nada y el misterio se planteó como tal. La ropa, los documentos y las pertenencias todas de la mujer estaban en su lugar. Y la tranca puesta del lado de adentro.

La policía comenzó a buscarla de verdad, la familia agotó recursos en su búsqueda y al cabo de dos años, no habían logrado nada.

Fue cuando vaciaron su pequeño apartamento que vieron que la lámpara no se apagaba y su pie de bronce era sin dudas, la forma del cuerpo de una mujer. Una particularidad que dejaron pasar pues no le encontraron explicación.

Ahí la dejaron y ahí se quedó, feliz, esperando alumbrar a los nuevos inquilinos…

Mutaciones

La vida amerita mutar. Me lo dijo en tono filosófico y yo, que le creía todo, lo acepté. Mutar lo que se dice mutar. No una simple máscara de carnaval o de vida. No, no, que lo tuyo era del blanco al negro y del gris, al rojo.

Entonces dije o más bien pensé, que se arregle, entre tantas mutaciones se perderá de sí mismo. Y así fue.

En un recodo de la vida se encontró tan perdido que ni la memoria le servía para nada. Esas preguntas triviales que nos hacemos en crisis existenciales, rebotaban vacías, sin respuestas. Perdido y sin huellas de sí mismo también, consecuencia casi lógica, perdió el rumbo.

Anduvo buscando su yo y se encontró con tantos que no supo con cual quedarse y menos aún, cual de ellos era su esencia. Perdido, sin memorias fidedignas descubrió horrorizado que no tenía sombra. Ni de día ni de noche. Ni en la arena ni en la pared.

Ahora anda en su búsqueda. Alucina pensando que al encontrarla, se hallará. No sabe que cuando una sombra desaparece, otro dueño la ampara y ella, porque es mujer orgullosa, no regresa jamás.

Niña escama

Qué día gris de playa triste. El sol andaba jugando detrás de una cortina de nubes y el agua estaba casi azul. Disfrutábamos una buena temperatura y había poca gente. Y no sé en qué momento se armó el revuelo buscando a la niña que se metió al mar.

Bajaron raudos los salvavidas con sus equipos, la madre, el padre y toda la familia lucharon con el oleaje. Fueron dos o tres veces que pensamos que la rescataban. Y la playa se puso gris tristeza. Todos los esfuerzos fueron en vano.

Cuando ya los salvavidas se dieron por vencidos llegaron refuerzos pero la niña no se vió más. El viejo de barba blanca que vive en esta playa solitaria agitó su cabeza y dijo algo, algo extraño y loco:

– Acá los ahogados vuelven…

La zona quedó llena de policías, ambulancia y empezaron a llegar lanchas con buzos especializados. A mí el llanto de los familiares me partió el corazón y nos volvimos a la casa sin decir una palabra.

Cómo ir al día siguiente a ver el mar? Cómo bajar al lugar dónde se ahogó en forma sorpresiva e instantánea una niña adolescente, en la flor de su vida? No se podía, pero era nuestro último día de vacaciones, bajamos igual.

Había un viento que arremolinaba el agua y sólo se podía caminar por la orilla. Un frío inusual bajó a la costa. Casi a la misma hora que la niña se ahogó el mar la sacó afuera.

El cuerpo cubierto de escamas. Apenas la cara conservaba sus facciones humanas. El resto era un gran pez plateado cubierto de escamas. La vimos en la orilla, la rodeamos, no creíamos lo que veíamos porque nuestros ojos no lo aceptaban.

– Se está ahogando por segunda vez…- dijo el viejo de barba blanca- hay que meterla al mar de nuevo.

Y la fueron llevando. Y la vieron nadar a toda prisa por sobre el oleaje, después el mar se quedó como tranquilo, por unos minutos o por el resto del día. No lo sé.

– Cada año volverá por aquí cerca…- aseguró el viejo- acá los ahogados siempre vuelven transformados en peces increíbles.

Siete conjuros

Violeta fue rebelde desde niña. Cuando las mujeres aún montaban de costado y usaban corsé, ella tomaba el mejor de los potros y montaba en pelo, como una india. Su madre había muerto apenas nació ella y todos en el pago aseguraban que la leche de la aborigen que la crió, había torcido su destino. El padre nunca se ocupó demasiado de ella y solía reírse de sus ideas montarases y alocadas.

Cuando vió a aquel hombre de razgos aindiados y piel curtida, de torso robusto y cabellos largos se enamoró locamente y se escapó con él casi sin pensarlo.

En diez años parió siete hijas. Todas idénticas entre ellas. Cabellos lacios y negros como el indio, figuras esbeltas y finas como la madre. Bellísimas y serenas, siempre esperando desde niñas. Las llamó a todas con la letra L delante: Luz, Lágrima, Luna, Lisa, Luisina, Loreta y Lucero.

Cuando su padre murió y le dejó hectáreas verdes de praderas y un montón de animales, dejó al indio y se llevó las hijas a la estancia donde había nacido. Se ocupó de todo y enfrentó a los poblanos con un dejo de soberbia y mucha indiferencia. Regenteó los campos y animales con rigor y educó a sus hijas en artes secretas e irresponsables.

La estancia, después de su muerte, se hizo famosa por una especie desconocida de aves bellísimas que habitaron los aleros de la casona. Fueron y son, un atractivo turístico hasta el día de hoy. Las aves eran siete, lucieron siempre un plumaje negro con finas líneas rojas en las alas. Han vivido allí más de ochenta años y no se sabe muy bien como se reproducen, se piensa que son hermafroditas . Ponen siete huevos por vez y han poblado la comarca de infinitas avecillas iguales.

Los viejos decían que se llaman las Eles porque cuando murió Violeta, sus hijas desaparecieron.

Caty, la oveja

A la oveja Caty, una preciosidad tejida por mi amiga, le dieron un premio, importante segundo premio.

Y yo sé, porque a veces entiendo a Caty, que estaba feliz por su dueña, por la recompensa a su trabajo, su preocupación por su estado, su concentración por los detalles. Caty no es vanidosa para nada y si se sintió resplandeciente lo sé, fue por mi amiga.

El mal momento fue cuando la llevaron a exponer su magnífica forma y su premio en el Museo. Un bello y embaldosado Museo, iluminado y con mármoles de antaño. Espléndido y de arquitectura estilizada y brillante. Ahí se quedó Caty mostrando su belleza y mirando asombrada su entorno.

Qué haría una linda ovejita en un majestuoso museo capitalino? Al principio se intimidó, luego se sintió abandonada, observada y fotografiada hasta cansarse y luego, se aburrió. Las ovejas, algunas, también se aburren.

Decidió salir a buscar a su dueña y no llegó ni a la primera puerta que la devolvieron a su lugar. Después intentó irse en la noche aunque ya sabemos que las ovejas de noche, no ven mucho. Se le detuvo el cuerpecito mullido cuando sonó una sirena y dos guardias entraron corriendo… la volvieron a colocar en su lugar.

Hace unos días su bella lana luce algo apachurrada y tiene los ojos saltones y tengo miedo que si sigue ahí, pierda su genuina belleza.

Los premios son lindos pero la soledad es feísima sobre todo, si se trata de una hermosa pieza artesanal.

Mañana, aunque mi amiga se enoje, la sacamos del podio de ese Museo magnífico y la ponemos en una vitrina donde algunos conejos de lana, un mono y muchas zanahorias, todas tejidas con primoroso amor, le harán compañía.

Caty odia estar parada quieta, sola y aburrida, en un Museo de verdad… y ya se olvidó del premio!

Bruja imposible

Que yo era una bruja en una aldea imposible. Que me dejaban abandonada hasta las otras brujas. Que no podía internarme en mis laberínticas pociones porque había perdido la memoria. Que nadie me visitaba, ni los ogros, ni los gnomos, a causa de mi pérdida total de memoria y embrujamientos.

Que mi venganza era eterna. Al no recordar conjuros y maleficios de arte y estudio, comencé con recetas nuevas, despilfarros de la memoria y el desconocimiento que era, nuevecito.

También me había olvidado donde dar y donde recibir. Resultó todo alrevés y las fatalidades me salieron excelentes, las bendiciones resultaron calamidades y los amigos, enemigos.

En fin, que yo era una bruja de una aldea imposible y si el cuento le parece fantástico, espere, usted también se olvida cosas y esto, está sucediendo.

Zapato (3)

Éramos adolescentes con ansias de verano y playa. Éramos jóvenes y diáfanos como el agua que llegaba y se iba en olas constantes. Nos aburríamos y divertíamos con la misma frecuencia y nos desaparecíamos de los adultos cada vez que podíamos.

A las 5 de la mañana nos juntamos ese día, el sol aún no despuntaba, comenzamos a caminar por la playa y a reírnos de nada y de todo. Para cuando eran las 9 ya habíamos parado cuatro veces y la playa más cercana, aún no se veía. Teníamos hambre y sed. Pero decidimos seguir porque la consigna había sido desayunar en el otro balneario.

Cuando lo divisamos nos chocamos con el zapato, una bota masculina. Llena de cascaritas, musgo marino, algas y mejillones.

– Sin dudas ha permanecido mucho tiempo en el agua, dijo Juan

– Algún ahogado? – se preguntó Julia.

– Algún hundimiento seguro – afirmó José

– No, dije y aseguré con una voz que no era mía- este zapato pertenece a alguien que todavía no se ahogó… se va a ahogar en estos días…

Con la sospecha de que estaba loca de remate seguimos caminando. Me quité la campera y llevé el zapato adentro sin preocuparme del olor a sal, marisco y peces que tenia.

Esa tarde nos fue muy mal en el regreso: se desató una tormenta sin aviso y apenas si pudimos regresar. La reprimenda fue mayúscula, los permisos de salidas con el grupo cancelados y la tormenta se quedó en la zona por cuatro días y sin amainar.

Cuando finalmente acabó y recuperamos nuestra libertad nos enteramos del naufragio del velero. Pasaban helicópteros y lanchas patrullando la costa, sirenas y luces, todo el tiempo.

Esa noche nos juntamos a jugar cartas en mi casa. Teníamos que quedarnos un poco más cercanos y tranquilos si no queríamos que los adultos se pusieran otra vez, insoportables.

Jugamos cartas, tomamos unas cervezas, nos reímos de todo hasta que les conté la verdad:

– Ustedes saben que me traje el zapato aquel día… lo guardé bajo candado en el baúl del sótano para que mis padres no se escandalizaran o peor, que lo tiraran a la basura…

Ante mi abrupto corte del relato, mi amiga y amigos detuvieron las cartas y me interrogaron con miradas y gestos…

– No está… que yo sé que suena loco pero no está, desapareció el día del naufragio del velero… vayan a ver, acá tengo la llave del candado!

Y desde ese momento andamos buscando al dueño del zapato que se ahogó antes que el dueño…