El teatro y la esquizofrenia

“ Escribo para entretener a la niña que fui.”

Astrid Lindren

Cité esta frase porque en mi caso además, entretengo a la mujer mayor que soy ahora. Y mi falta de respeto se debe a seguir transgresora, como casi toda mi vida. También te debo esa noble cualidad.

“ Las de enfrente” de Federico Martens, fue tu primera obra. No eras la actriz principal pero sí tenías un buen papel. Nuestra tía, la modista que cosía tan bien, te hizo uno de los trajes. Nunca pudo hacerte el traje que soñaste, el blanco de novia, pero colaboró mucho en tu vestuario artístico. Esa obra fue la primera y si bien estuvo poco tiempo en la cartelera del teatro, te hizo estudiar, practicar y lograste tu objetivo. Una compañía ya firmada te buscó.

En ese tiempo alguien que no recuerdo su nombre, un autor de Entre Ríos, escribió el libro: Yo voy más lejos. El famoso palacio de San Carlos de la ciudad de Concordia, era el escenario. El romance entre el noble que vino a radicarse y trajo una hermosa mujer, supuestamente una cortesana parisina, era la trama principal. En ese palacio, hoy en ruinas, se alojó nada menos que Saint Exupery. Pero eso no lo tuvo en cuenta este autor.

Adaptaron el libro a guion radial y luego teatral. Éxito asegurado: por primera vez la ciudad sentía esa emoción de tener, aunque en ruinas, una historia, un lugar, un castillo, una historia de amor ahí, en el lugar donde habitaban. Las personas son posesivas hasta de cosas que tal vez jamás tuvieron en cuenta. Pero también les entra eso de ser locatarios: era la historia de cada uno de los habitantes de aquella ciudad.

Aquí también tuve que acompañarte. Y cuando comenzaste, debut de primera actriz, qué importaba si tu personaje era una francesa suelta de cascos, importaba ser la “ prima donna”.

Creo que no quedó concordiense sin ver la obra. Creo que fue tu mejor momento no solo a reinar en la familia sino, te llegó tu primer gran amor. El primer actor, unos diez años mayor que vos, era actor de experiencia. Alto, agradable, varonil y muy atractivo. Como pareja en el escenario lucían espléndidos. Pero se enamoraron. O tal vez él sólo jugó. A mí me encantaba verlos.

Fue la primera vez que escuché eso de: va a pedir mi mano, que sólo había leído en alguna novela. O sea que esperaría a papá para que autorizara el noviazgo formal. De todos modos mamá hacía concesiones y toda la familia supo que además de brillar en el escenario, estabas por fin, ennoviada formalmente.

Y todos felices. Menos nuestro hermano que comenzó a oír no sé qué voces y de las convulsiones saltó a una esquizofrenia paranoica que nos descalabró la vida.

Comenzó a amenazarnos de muerte. A mamá y a mí, guardaba y escondía armas como cuchillos, el rifle e incluso, el revólver de papá que jamás se utilizó en casa. Empezó la época del terror. Era impredecible. Podía estar todo el día en su mundo sin hablar y de golpe, en la noche, venía gritando con un cuchillo en la mano.

Cuando papá no estaba yo dormía con mamá. Siempre iba a ese dormitorio, nunca al tuyo.

Muchas veces las tías oían los gritos y cruzaban la calle, los vecinos también, hasta que una noche, era muy tarde, vos lo detuviste con un grito. Él te respetó. Después hablaste horas con él en la cocina, Le hiciste tomar la medicación y se fue a dormir tranquilo.

Confieso que tuve tanta rabia… no sólo estabas de novia y eras como la Meg de Mujercitas, te ibas a casar y a ir de casa, eras primera actriz, y te hacían notas en los diarios, además de eso nuestro hermano te obedecía y se había olvidado que yo era su hermana pequeña.

Después de ese día comenzó el peregrinaje de mamá por cuanto especialista había. Terminaría en la capital, donde se encontró con papá para determinar qué hacer con su vida, que también era la nuestra.

Fue esa época de vagar en un claro oscuro permanente. Como si la esquizofrenia nos afectara a toda la familia. Nosotras no oíamos voces pero la inestabilidad familiar era durísima.

Papá regresó a su trabajo en el Sur y mamá regresó sola. Su único hijo varón quedó internado en una Clínica especializada en la capital. Una clínica costosa donde le aseguraron que en unos meses saldría un muchacho calmado, diferente. Y se lo creyeron. Nosotras también.

Mamá cayó en una profunda depresión, según ella era su hígado que funcionaba mal. Hubo muchos días que no salió de la cama. O sólo cruzaba la calle para ver a su madre y sus hermanas.

Pero la vida, tu noviazgo, tu teatro seguían y por mi parte, interesada desde pequeña en la ópera, encontré un compañero tuyo que me inició en el camino de la vocalización y el canto. Hasta comencé a cantar en el coro del Colegio. Y también comencé a estudiar música y guitarra.

Era un vivir para tantas cosas! Había que tapar el hueco del hermano loco. De la Clínica psiquiátrica. Había que consolar a mamá y levantarla. Había que esperar a papá para anunciar tu compromiso y había que estudiar, cantar, aprender teoría y solfeo, cantar, ayudar con tus guiones de teatro, cantar, cocinar y hacer tareas en la casa, cantar, escribir cartas y seguir cantando, preparar mis primeros cuatrimestrales y cantar.

“ Si se calla el cantor”, entonaba en el folclore argentino Horacio Guaraní. Nunca estuve más cerca de no callarme más. Y comencé mi propio sueño de “ prima dona”, pero de ópera. Un sueño que duró casi dos años y lo sacó de su lugar otro, la medicina y luego, la literatura.

Mientras la obra: “ Yo voy más lejos”, recorría los interminables caminos de Entre Ríos y vos seguías enamorada y actuando cada día mejor, la oscuridad iba anunciándose.

Vos la viste venir? Yo era muy chica y estaba tan inmersa en estudios y cantos que no pude ver el principio del final. Me escapé y seguí con un poco de felicidad a cuestas.

Cómo lo viviste vos? Hermana, madre, actriz, cocinera, enamorada, planchadora, ama total de la casa y animadora del humor de mamá?

Vos jamás negaste esa sonrisa radiante a nadie. No sé cómo hubiera sido no tenerte en aquella época fatal…

Ironía que no tengo

Me haría falta escribir irónica, hasta sarcástica, pero no sería fiel a la forma en que me salen los textos. En este caso no sé ni siquiera si me saldrá. Le he escrito a muchos muertos que amo, pero esto es diferente porque tengo que traerte y ser irónica, cuando la vida lo fue, estoy segura, no podré.

Después de aquellos meses en la Capital regresaste. Como siempre que descubrías algo, feliz y agradecida. Exaltada por tus descubrimientos, seguro alentada por la prima mayor, de cómo hacer dinero con un trabajo sencillo.

Vos hacías todo lo que una mujer de esa época tenía que hacer: coser, cocinar, bordar, limpiar, y abrir la puerta para ir a jugar, eso último era lo que molestaba más. Entonces buscaste trabajo y un periódico local, tendría cuatro o seis páginas, te dio tu columna. No era de chismes, no, era la página cultural. Confieso no guardar recuerdos. No debo haberte leído nunca. Pero en casa se pusieron algo felices, los chismes sobre tu personalidad extravertida y demasiado simpática, bajaron un nivel.

Redacté una vez lo que significaban los radio teatros en la casona de la abuela:

Radio teatros
La radio del taller de costura, en la casa de mi abuela, estaba siempre encendida y las novelas, radio teatros, se sucedían regularmente. Desde las primeras horas de la tarde hasta llegada la noche.
Mi tía podía seguir más de ocho novelas diarias sin interrumpir su labor de artesana y modista. Cuando el trabajo la desbordaba acudían las hermanas a ayudarla.
Casamientos o fiestas de alto porte demandaban manos extras para finalizar infinitas puntadas.
La tía explicaba antes de cada episodio el resumen del mismo. Y cuando la cortina musical lo anunciaba, las agujas laboriosas trabajaban en silencio. Curiosa por aquellos dramas radiales me acercaba y cebaba mate.
Un mundo de amores y desdenes con fondos musicales caían en mi imaginación casi infantil. Amaba, odiaba, me ponía triste con la ayuda de esas voces. Y lo mejor era el después: comentarios obligados de lo que sucedería en el próximo capítulo.
Los radio teatros como las fotonovelas descansan en el rincón de los olvidos. Hoy quería contar como pasábamos las tardes largas, sin prisas, ni aburrimiento. La voz era nuestra compañía. La imaginación, la aliada.

Y fue por aquellos tiempos cuando aún intentaba adaptarme al Colegio Católico que te presentaste, ahí en la casa de la abuela, un día de obreras de la aguja, con tus ojos enormes y grises, brillando de emoción y dijiste:

  • Voy a hacer un radio teatro! – sonreías- me contrataron.
  • Y el diario?- preguntó mamá
  • Me pagan mejor y me gusta mucho más- dijiste con esa seguridad tuya que nadie creía- desde el lunes, me van a tener que escuchar.

No sé cómo siguió la charla, todas hablaban a la vez, vos volvías a ser la nieta Reina, una verdadera artista de radio teatros.

Otra vez te iba a acompañar para grabar. Eso sentenció mamá y era imposible decir no. O preguntar porqué no iba mi hermano que era mayor y era hombre. Su enfermedad iba en aumento y ya mostraba signos notorios.

Otra vez, como en Cinco Saltos, iba a acompañarte pero esta vez no era por un novio. Era para sumergirte, sumergirme, en el mundo ficcional que eran los radio teatros.

Después vendría el teatro. Y para una niña de nueve, diez y once años fue cultura por inmersión fraterna.

Qué ironía: marcar la huella y no transitarla.

Tener el talento y no disfrutarlo.

En cambio yo…

Después siempre es tarde

Quisiera poder escribirte cartas. Cartas al más allá. Te irían bien porque a vos todo eso del más allá te gustaba, lo estudiabas y lo experimentabas. Fue de las pocas cosas que no pudiste contagiarme. Pero suena bonito y también obvio eso de cartas al más allá.

En cambio sé que es Después y será, siempre tarde. No podré llegar a tiempo de nada. Te fuiste sin que pudiera saber dónde dejaron tus huesos. Al final de tu vida desapareciste cuando en realidad, la desaparecida tendría que haber sido yo. Otro punto que no pudimos compartir. La política. Mi adolescencia, después de vos, lejos de vos, se llenó de Universidad e ideología de izquierda. Vos seguías en lo tuyo y perdida en la provincia pobre que nos tocó vivir después de nuestro Cinco Saltos. Nada fue igual, lo digo en ese libro visceral que escribí, el libro que me hizo recorrer el mapa argentino, otra vez hacia el Sur y después de tantos años sin ir.

Fue visceral el encuentro con aquel paisaje que compartimos. Y narré en él mucha historia compartida con vos en mi infancia. En mi adolescencia me fui separando y todo lo que me habías leído, ni siquiera lo asocié con algunas ideas.

Vos fuiste la primera voz que defendió a los negros en nuestra familia itálica y racista. Fuiste también la primera en defender a los pobres, sin ideología, defendías y visitabas y ayudabas a la gente pobre aún en contra de las leyes y críticas familiares. También fuiste la primera en dejar de ir a la iglesia y horrorizar a todos con la visita a otras religiones.

Pero en mi adolescencia en Buenos Aires no asocié esas lecturas y recuerdos con la llegada de ideas que me parecieron revolucionarias. Ahora soy una mujer mayor, llegué a una edad que ni siquiera te asomaste, ahora recién entiendo que metiste la semilla de la rebelión en mi cabeza y que después, la regué sin parar.

Ahora te veo en la distancia y te pienso en ese después tardío. Ahora cuando me siento a escribirte, cuando me escribo pensándote, me doy cuenta de cuántas personas fuiste y qué pocas de ellas, fueron comprendidas . Incluso yo no te entendí. Llegó un momento que desistí de entenderte. Eras muchas cosas y yo era una sola, ideología de izquierda. Así me fue…

Te recuerdo eternamente enamorada, agotando los recursos de paciencia de papá y mamá, cambiando de novios, bailando sin discreción. La familia no estaba preparada para tu ir y venir de novios y galanes que disfrutabas. Creo que algunos personajes femeninos de otros cuentos que he escrito , fueron vos y solamente vos.

Nunca fuiste hermosa pero emanabas sensualidad. Para darse cuenta de eso se necesita pasar por la vida y entender que eras sensual y apasionada. Que tu sonrisa y simpatía eran seducción pura. Que eran pocos los hombre que se resistían pero en su mayoría, eran pasajeros. ¿Eran pasajeros? ¿. O vos buscabas otra cosa, o te gustaba ser esa mariposa que salta de flor en flor y parece insaciable?

A ver qué digo ahora. Ahora que mi propia libido a menguado, propio de mi edad, qué digo de aquella hermana mayor que hacía hablar a la familia y las vecinas con sus tacos agujas y sus polleras más que ajustadas, que hacía temblar a los hombres en los bailes porque sabía bailar muy bien y no eran merecedores de aquella mujer sensual…qué digo? Que tal vez las críticas y chismes me alejaron de ese comportamiento tuyo. Elegí el otro camino. Me casé demasiado joven. hubiera querido bailar tanto y como vos. Hubiera querido experimentar como vos. Tal vez, aunque me cueste escribir esto, las monjas, aunque descreída y negadora, hicieron lo suyo en mi subconsciente.

Una de las cosas que debo escribir por enésima vez es que te debo la lectura. En casa todos leían. Pero vos eras la abanderada. Vos eras socia del Club de Lectores y recibías dos o tres libros mensuales que nunca se negaron a pagar nuestros padres, coleccionabas Selecciones y otras revistas y odiabas a Corín Tellado. ¿ Por qué nunca te pregunté porqué odiabas a Tellado? He confesado que la leí, a mi pesar, pero es la verdad. Vos leías otras cosas. Y comenzabas a escribir poemas tibios que quizás, pudieron transformarse en fuertes y grandes poemas. ¿ Por qué nunca pregunté cómo fue que siendo tan buena lectora y con inclinación a escribir poemas y cartas, te permitieron dejar el estudio secundario?

Tus recuerdo de escuela linda, hermosa y qué jamás hubieras abandonado eran de Misiones, donde nací. Apóstoles fue el lugar donde vos te destacaste en la escuela y fuiste feliz. No guardo recuerdos pero me lo contaste infinitas veces. También sé que a los trece años, cuando regresamos a la ciudad de mamá, a Concordia, lloraste mucho la pérdida de tus compañeras y compañeros. Y la inclusión en el secundario de esa ciudad te malogró los estudios. Lo más extraño, aún hoy para mí, es que te lo permitieran. Creo que a partir de que dejaste el estudio formal, te hiciste autodidacta de una cantidad de cosas que en la sociedad que vivíamos, esa sociedad cuyo núcleo central era la familia matriarcal que nos tocó, no eran dignas de todos nosotros. Por suerte, al poco tiempo tuvimos nuestro Paraíso en Cinco Saltos y tuviste por dos años, una felicidad que muchas veces compartimos.

Después de Cinco Saltos, no sé si compartimos felicidades. Creo que todo lo contrario. O no. Porque cuando comenzaste tu carrera de actriz, otra vez me tocó «cuidarte», empezaste a ser vos. Vos que crecías en el escenario y te transformabas.

La felicidad del teatro, no exenta de varios amoríos, nos permitió compartir otro tipo de felicidad. Vos disfrutabas y te agigantabas, yo aprendía y te observaba.

Dónde está tu Paraíso?

Cuando propongo esta pregunta quizás la mayoría de los lectores sueñen con una isla caribeña de aguas azules y hamacas tendidas. Otros tal vez piensan en grandes estructuras arquitectónicas o lugares impresionantes llenos de historia y cultura. Un boulevard famoso, una calle llena de vitrinas, un mar azul interminable, un océano lleno de ostra y… porqué no? : una cena elegante y romántica.

El Paraíso de cada quién es, a mi juicio, aquel lugar dónde fuiste feliz. Y si fue en tu infancia, mejor. Y si todavía no te enfermabas con angustia, ni pensabas en la muerte, ni cargabas culpas, la economía no existía en tu día a día, menos aún la política, ni lucir siempre hermosa, si te ensuciabas jugando o corrías sudando, si tu mascota hablaba contigo y en tu casa y tu familia, tenía una etapa estable: no tengas dudas, ese fue y será tu paraíso.

Tuve uno entre los cinco y siete años. Después nos alejamos del lugar y aunque en reiteradas ocasiones pasamos cerca, nunca volvimos.

Sé que llegué con miedo y me fui llorando. Sé que fue lo más amigable que tuve en mi infancia y que después, todo se fue desmoronando. Entre el miedo de la primera noche en la casona y la despedida, una felicidad casi perfecta. Dos años inolvidables de mi niñez. Dos años que nunca pude olvidar. Ni la casona, ni la escuela, ni el club social, ni la cancha de fútbol, ni los caminos llenos de álamos, ni el sonido hueco del viento, ni la visión increíble de la primera nieve, ni el río transparente.

Todo fue guardado en mi memoria. Cada detalle. Y según pasaron los años y me fui quedando huérfana de padre, madre y hermano, hermana, más acudía a la memoria ese lugar. Ese pequeño pueblo en el Sur de Argentina, Cinco Saltos, representó siempre mi Paraíso, mi añoranza, mi incondicional sueño de verlo nuevamente antes de ya no poder…

Ese punto lejano en el mapa, ese pueblo, esa casa…

Pasaron 63 años… volví. No pensaba encontrar nada y encontré todo. Y por unos minutos todos mis muertos queridos estuvieron conmigo. Me llevó papá a la escuela en una camioneta blanca, mi mamá cocinó otra vez en la cocina, mi hermano jugó conmigo a la siesta y mi hermana me armó un cuarto arriba con mi primera biblioteca.

Sentí todo eso y mucho más recorriendo los caminos de ese lugar. Cuánta energía de vida se acumula en estos parajes. Cuánto amor en esa casona…

Pero tengo que contar cómo fue que logré encontrar mi Paraíso y para eso, creo que debo otra entrada.

A un costado

A un costado del camino encontramos las casas abandonadas. Estaban las tres, eran esas que recordábamos, sin dudas.

Techos volados, árboles creciendo audaces en muros semidestruidos, raíces de yuyos trepándose por donde estuvieron los ricos rituales de la comida. Tierra y escombro en las penumbras íntimas del dormitorio y una pequeña parte del cuartro de baño que resiste, vaya a saber porqué. Recorremos las ruinas, no creemos en el olvido, algo habrá, algo aunque sea una pequeña huella.

Estuvimos hasta que cayó la tarde, nos fuimos de regreso con pequeños trozos de infancia que solo nosotros entendemos.