Chacra La Esmeralda

Durante los días posteriores fue un ir y venir, acomodar la casa, papá reconociendo el lugar y yo el mío. Íbamos a compartir habitación y cama con mi hermana. El dormitorio nuestro tenía una cama grande de dos plazas. Me pareció lo más lindo del mundo. Dormir con mi hermana significaba lectura hasta tarde, mientras ella leía yo entraba al mundo de los sueños en medio de romances o grandes conflictos, según la novela de turno.

– Y por qué se llama La Esmeralda?- pregunté frente a mi café con leche en uno de mis primeros desayunos.

– Porque es preciosa como la esmeralda, la piedra preciosa- respondió mi hermana sonriendo feliz.

– Qué es una piedra preciosa?, interrogué

– Una que además de ser hermosa, tiene mucho valor, es carísima – mi hermana seguía explicándome.

Me fui a dar una vuelta por al rededor de la casa, era enorme, ( era preciosa? no lo sabía) después miré de lejos la carpintería y vi un hombre alto de pelo canoso sumergido en maderas, trabajando. Vi la escalera que llevaba a la planta alta y recordé que mi madre me había dicho: no subas sola.

Me quedé en el patio y vi venir con cara amistosa una gata negra con las cuatro patas blancas. Nos hicimos amigas casi de inmediato, nunca había tenido una mascota propia.

– Es la gata de la casa- me dijo papá sonriendo- se llama Patas Blancas.

– No, se llama Minka y desde hoy es mía- dije con firmeza. Y ante la risa general rebautízamos la gata y quedó a mi cuidado. Mi mamá le hizo con un cajón y almohadones un lugar en el lavadero. Minka fue una gata feliz porque las dos hicimos muchas cosas juntas y fue mi primera amiga de cuatro patas.

Mi vida en la casa comenzó con tantas novedades que mi ingreso a la escuela se demoró un poco. Interiormente yo deseaba que de esa parte, se olvidaran.

Mientras todos se acomodaban yo descubrí que los pinos que rodeaban la casa y los álamos que protegían las plantaciones, transformaban el sonido del viento. Así que dejé de temer su sonido en las noches.

Descubrí que nos rodeaban los árboles frutales por todos lados y, lo más interesante y divertido: las acequias. Canales profundos que rodeaban cada hectárea de árboles y que era un sistema de riego. Aveces tenían agua, aveces se derramaban de tanta. Mi papá daba la orden de abrir o cerrar las compuertas para regar. Eso me hacía pensar que papá era una especie de brujo indígena como los libros que me leía mi hermano. Era el dueño de toda el agua.

A las doce del mediodía había que dar el sonido para que los trabajadores fueran a comer ( a comer adónde?)… y a la hora, de nuevo , para que volvieran a trabajar ( a trabajar adónde?). Mi madre era la encargada de ese sonido. Una gran viga colgaba de la pared de una especie de galpón aledaño y lo golpeaba con un fierro enorme. El sonido se escuchaba en cientos de hectáreas a la redonda.

– Mañana vamos al pueblo- anunció mi papá cierta tarde.

– Sí, temprano- respondió mamá y me miró con decisión- hay que comprar todo para la escuela, empezas el lunes.

Me levanté sin decir nada, me fui al lavadero y a pesar del frío, lloré abrazada a mi gata, la triste y desgarrante noticia.