La vida

La brisa, las ganas, la noche

La luna, tu mano, la arena

Y caminar sin prisa porque el camino es corto y el tiempo largo.

Enterarse que la playa no acaba

y si no nos queda vino,

nos sobran besos…

con eso alcanza.

Y también nos sobra deseo,

nos abraza el amor,

nos olvidamos a propósito

que nos somos eternos.

Sucede lo de siempre

se nos escurre el reloj

se nos achica la magia

se nos dispara el instante

se nos huye la luna que dejamos presa,

se nos va la vida, no era nuestra,

era transitoria.

Ahora, rememorar o

sucumbir.

Entre el desánimo y la felicidad

entre el olvido y la dicha

entre tu voz y la mía

entre resplandor y recuerdos…

la vida.

Trenes

Largo, sinuoso, eterno,

marchaba más de mil quilómetros

el tren que nos llevaba a los brazos

poderosos de mi padre.

En la ventanilla se descolgaba un

paisaje de picos, cumbres nevadas,

majestuosidades naturales que

podían justificar cualquier demora.

Yo me aburría y no podía más que

fastidiar a mi madre.

Ella contaba historias, inventaba juegos,

me permitía ir y venir molestando con

mi cháchara infantil a otros pasajeros.

Cuando ya mi impaciencia la colmaba

me llevaba al salón comedor

dónde esperar manjares me entretenía

un par de horas.

Así recorríamos el largo mapa,

llegaría exhausta de tren y de hija,

pero en la estación, brillaban los ojos de mi padre, su abrazo reparador y protector.

Mi madre recuperaba el humor.

Cuando se quedaban a solas los veía

besarse como novios y

no sabía, no entendía, que trenes y

vida, camino de amor, eran su mejor

herencia.

Llorar con ganas

Mi madre siempre decía que había que llorar con ganas de vez en cuando para que se te lave el alma pero no para que se haga hábito. Y cuando lloraba, ella decía que lo hacía por ella y por las que no podían hacerlo. Eran crisis intensas y breves. Luego se lavaba la cara y proseguía con la vida…
Mamá: eso no pude heredarlo, esa sana costumbre de lavarme el alma con lágrimas saladas como quien se sumerge en el mar, ya no sola sino con todas las que no pueden.
Pero sí heredé la bendita costumbre, o maldita según se mire, de llorar por las que no pueden hacerlo…

Gracias por dejarme esa herencia.

Luna de papel

Corté una luna o media o cuarta o un trozo y la besé y te dije que era un gajo de Luna para tu bolsillo.

Como éramos jóvenes y felices la olvidamos ahí.

Después la vida, el sendero que se pierde…

Hoy la encontré arrugada, lavada y un poco rota en el fondo de tu bolsillo.

Se vivió la vida en tu pantalón.

Hoy la rescaté y los dos lloramos un poquito.

La planchamos y andamos errando por la casa buscándole un nuevo lugar secreto de gajo de Luna de papel de símbolo…