Cuando cae la inocencia

Con esa inocencia tonta de los diez años, no los de hoy, los de hace cincuenta años, nos encantaba jugar a ser ciegas. Y andábamos a tientas chocando muebles o cayendo pero, a veces, adivinábamos los espacios y llegábamos al lugar casi heroicas.

Ese día jugamos en casa, Marta y yo, una dupla increíble de travesuras y risas. Mi madre estaba apenas cruzando la calle, en la casa de mi abuela. Mi casa era larga y tenía al costado una entrada paralela hacia el fondo que a su vez, servía de entrada de autos. Por tanto tenía, portón a la calle.

Entramos por la puerta principal, nos vendamos pero antes apagué toda posible luz, era casi noche, pleno invierno. Teníamos que atravesar living y comedor, mi pequeña habitación, el pasillo y llegar a la cocina.

Cómo nos reímos camino al destino trazado, creo que algunos choques eran provocados para poder estallar en carcajadas, así llegamos a la cocina. Nos miramos quitando la venda de nuestros ojos, reímos y propusimos regresar.

En el retorno supe que Marta iba muy adelantada, pasé mi habitación y miré un poco por debajo de la venda, haciendo trampa. Recostado del lado de afuera, en la puerta de vidrio que daba a la entrada, un hombre, o su sombra, nos miraba ahuecando sus manos sobre el vidrio. El grito surgió de ambas. Porque como buenas amigas las dos hicimos trampa al mismo tiempo y nos quitamos la venda, las dos vimos la sombra del hombre mirando por la puerta y gritamos juntas.

Nos precipitamos a la puerta encendiendo luces y con el mismo grito agónico, corrimos hacia la casa de mi abuela en busca de mi madre.

Esa noche buscaron al hombre los tíos y mi padre, llegaron a la conclusión que nos asustamos solas. Nosotras vimos un hombre espiando, sobre el vidrio de la puerta el vapor de su nariz, el corpulento abrigo cuadrando los hombros y las manos ahuecadas para mirar en nuestra inocente semi penumbra.

Fue la primera vez que sentimos que un hombre podía lastimarnos y que andar a ciegas y solas era algo peligroso, sólo teníamos diez años. Nadie nos creyó…