El tigre y la manta

Me envolví en la manta. La cara y los ojos del tigre me miraban desde mi regazo. Implacable.

Intenté casi en vano, concentrarme en la respiración, la relajación, el contenido espiritual de la sesión pero los ojos del tigre en mi manta, me atraían mucho más.

Su mirada impasible pero intensa me observaba. No era yo que lo observaba, era el tigre que me oscultaba.

Intenté de nuevo razonar. Seguí por unos minutos ( segundos, horas) las instrucciones, buscando quitar mis miedos y frustraciones, tratando de aliviar mi alma.

El tigre, desde mi falda, con sus ojos grandes y entrecerrados, me miraba como a una presa jugosa e indefensa.

Supe el final antes que llegara, el tigre ya no estaba en la manta, yo ya no sentía frío porque su aliento caliente llegaba a mi cabeza.

Me entregué a su presencia soberana, me atacó sin ruidos, me cazó, me devoró, me derrumbó. Mi sangre bañó la manta que ya no tenía un tigre dibujado… ahora ahí, estaba mi cara. Mi alma? Ah, sí, mi alma se había liberado.