Quisiera poder escribirte cartas. Cartas al más allá. Te irían bien porque a vos todo eso del más allá te gustaba, lo estudiabas y lo experimentabas. Fue de las pocas cosas que no pudiste contagiarme. Pero suena bonito y también obvio eso de cartas al más allá.
En cambio sé que es Después y será, siempre tarde. No podré llegar a tiempo de nada. Te fuiste sin que pudiera saber dónde dejaron tus huesos. Al final de tu vida desapareciste cuando en realidad, la desaparecida tendría que haber sido yo. Otro punto que no pudimos compartir. La política. Mi adolescencia, después de vos, lejos de vos, se llenó de Universidad e ideología de izquierda. Vos seguías en lo tuyo y perdida en la provincia pobre que nos tocó vivir después de nuestro Cinco Saltos. Nada fue igual, lo digo en ese libro visceral que escribí, el libro que me hizo recorrer el mapa argentino, otra vez hacia el Sur y después de tantos años sin ir.
Fue visceral el encuentro con aquel paisaje que compartimos. Y narré en él mucha historia compartida con vos en mi infancia. En mi adolescencia me fui separando y todo lo que me habías leído, ni siquiera lo asocié con algunas ideas.
Vos fuiste la primera voz que defendió a los negros en nuestra familia itálica y racista. Fuiste también la primera en defender a los pobres, sin ideología, defendías y visitabas y ayudabas a la gente pobre aún en contra de las leyes y críticas familiares. También fuiste la primera en dejar de ir a la iglesia y horrorizar a todos con la visita a otras religiones.
Pero en mi adolescencia en Buenos Aires no asocié esas lecturas y recuerdos con la llegada de ideas que me parecieron revolucionarias. Ahora soy una mujer mayor, llegué a una edad que ni siquiera te asomaste, ahora recién entiendo que metiste la semilla de la rebelión en mi cabeza y que después, la regué sin parar.
Ahora te veo en la distancia y te pienso en ese después tardío. Ahora cuando me siento a escribirte, cuando me escribo pensándote, me doy cuenta de cuántas personas fuiste y qué pocas de ellas, fueron comprendidas . Incluso yo no te entendí. Llegó un momento que desistí de entenderte. Eras muchas cosas y yo era una sola, ideología de izquierda. Así me fue…
Te recuerdo eternamente enamorada, agotando los recursos de paciencia de papá y mamá, cambiando de novios, bailando sin discreción. La familia no estaba preparada para tu ir y venir de novios y galanes que disfrutabas. Creo que algunos personajes femeninos de otros cuentos que he escrito , fueron vos y solamente vos.
Nunca fuiste hermosa pero emanabas sensualidad. Para darse cuenta de eso se necesita pasar por la vida y entender que eras sensual y apasionada. Que tu sonrisa y simpatía eran seducción pura. Que eran pocos los hombre que se resistían pero en su mayoría, eran pasajeros. ¿Eran pasajeros? ¿. O vos buscabas otra cosa, o te gustaba ser esa mariposa que salta de flor en flor y parece insaciable?
A ver qué digo ahora. Ahora que mi propia libido a menguado, propio de mi edad, qué digo de aquella hermana mayor que hacía hablar a la familia y las vecinas con sus tacos agujas y sus polleras más que ajustadas, que hacía temblar a los hombres en los bailes porque sabía bailar muy bien y no eran merecedores de aquella mujer sensual…qué digo? Que tal vez las críticas y chismes me alejaron de ese comportamiento tuyo. Elegí el otro camino. Me casé demasiado joven. hubiera querido bailar tanto y como vos. Hubiera querido experimentar como vos. Tal vez, aunque me cueste escribir esto, las monjas, aunque descreída y negadora, hicieron lo suyo en mi subconsciente.
Una de las cosas que debo escribir por enésima vez es que te debo la lectura. En casa todos leían. Pero vos eras la abanderada. Vos eras socia del Club de Lectores y recibías dos o tres libros mensuales que nunca se negaron a pagar nuestros padres, coleccionabas Selecciones y otras revistas y odiabas a Corín Tellado. ¿ Por qué nunca te pregunté porqué odiabas a Tellado? He confesado que la leí, a mi pesar, pero es la verdad. Vos leías otras cosas. Y comenzabas a escribir poemas tibios que quizás, pudieron transformarse en fuertes y grandes poemas. ¿ Por qué nunca pregunté cómo fue que siendo tan buena lectora y con inclinación a escribir poemas y cartas, te permitieron dejar el estudio secundario?
Tus recuerdo de escuela linda, hermosa y qué jamás hubieras abandonado eran de Misiones, donde nací. Apóstoles fue el lugar donde vos te destacaste en la escuela y fuiste feliz. No guardo recuerdos pero me lo contaste infinitas veces. También sé que a los trece años, cuando regresamos a la ciudad de mamá, a Concordia, lloraste mucho la pérdida de tus compañeras y compañeros. Y la inclusión en el secundario de esa ciudad te malogró los estudios. Lo más extraño, aún hoy para mí, es que te lo permitieran. Creo que a partir de que dejaste el estudio formal, te hiciste autodidacta de una cantidad de cosas que en la sociedad que vivíamos, esa sociedad cuyo núcleo central era la familia matriarcal que nos tocó, no eran dignas de todos nosotros. Por suerte, al poco tiempo tuvimos nuestro Paraíso en Cinco Saltos y tuviste por dos años, una felicidad que muchas veces compartimos.
Después de Cinco Saltos, no sé si compartimos felicidades. Creo que todo lo contrario. O no. Porque cuando comenzaste tu carrera de actriz, otra vez me tocó «cuidarte», empezaste a ser vos. Vos que crecías en el escenario y te transformabas.
La felicidad del teatro, no exenta de varios amoríos, nos permitió compartir otro tipo de felicidad. Vos disfrutabas y te agigantabas, yo aprendía y te observaba.