Soledad ( de mi libro Primas)


Sentada con las piernas abiertas y la cabeza entre las manos encontré a la prima Soledad ese mediodía de calor angustiante. Soledad es como un cristal: todo lo trasluce.
Mucho sufrimiento para alguien tan hermoso y noble, me dijo mirándome con ojos de agua, no es ético dejar sufrir a alguien así. Corrí a su dormitorio a ver al marido y noté que respiraba con dificultad, pero eso llevaba ya, dos meses.
Me acerqué y la abracé. No digas macanas, le recé en la oreja, no se debe hacer lo que no se debe y punto. Lo que se debe hacer es que ya no sufra, esto no tiene remedio, todo por mi culpa. No te culpes más, dije pero me arrepentí. Su cabeza giró y me miró con furia. Los ojos en llamas. El cuerpo tenso como una vara. ¿Quién puso el veneno en el lugar equivocado? ¿Quién con un marido ciego se equivoca de esa manera? ¡ La imbécil de tu prima Soledad! Y el pobre hombre se cocina y se envenena y queda en coma. Y nadie me acusa porque es un pobre ciego. Y acá estoy, en este duelo eterno. Y no puedo sacarle nada de lo que tiene enchufado porque entonces sí me acusarían. Pero me juzgarían por no querer que sufra y no por andar con la cabeza en las nubes dejando el veneno en el lugar de la sal.
Entonces te vas a animar o no. Animar a qué. A matarlo de nuevo. No se puede matar a alguien dos veces. Andá quitale los cables y el oxígeno, los drenajes, el suero…Andá…
Pero no fue. A los pocos días el marido se despertó y durante tres años Soledad lo cuidó. Él nunca volvió a caminar, el habla la recuperó a medias y el oído, nulo. Fue casi un vegetal por tres años. Soledad aseguraba que era su castigo y que cuidándolo,pagaba.
La eutanasia la arreglamos nosotras, las primas, sin que ella se entere hasta hoy.