La casa del Río (2)

Cuando me enteré que la casa del Río se iba a vender me vino una nostalgia de infancia que me hizo enojar y luego… considerar comprarla.

Si un capítulo de tu vida quedó atrapado por recuerdos en un lugar, vale la pena invertir en ese lugar y atesorarlo para tus propios nietos.

La casa fue de los abuelos y las vacacione y fiestas fueron el mejor lugar de infancia que pudimos tener. Íbamos todos: la tía mayor, el tío del medio y mamá. Con sus parejas, luego con nosotras, las primas que somos cinco y el único primo varón. Y ahí crecimos aprendiendo a nadar y a pescar, a hacer mermeladas y almacenar, a matar las siestas leyendo historietas o jugar de noche con fantasmas inventados. Porqué había que venderla, pregunté, porque nadie quiere hacerse cargo. Fue la respuesta.

Pues yo me hago cargo, dije y del otro lado del teléfono escuché las risas, mira tu dijo la tía, la citadina se haría cargo…

Entiendo las dudas, expliqué con paciencia, mañana voy… nos podemos reunir pasado mañana qué es sábado en la casa?

La propuesta fue largamente discutida pero además, aceptada a regañadientes. Y tuve que coordinar mi ausencia de la oficina muy acelerada y mi jefa quedó de mal humor. No me importó, la casa… valía eso y mucho más.

El encuentro con los parientes fue manso y cordial, yo estaba totalmente absorta en la casa, cada mueble y rincón, cada arbusto o planta del jardín, el reflejo del sol o la luna en el viejo río, me recordaban una escena de mi infancia o adolescencia. Un primer beso con un chico que no recuerdo ni el nombre, el primer cigarrillo fumado a escondidas entre las primas y tosiendo con ganas, una vez que estuve a punto, eso creí, de ahogarme y fue el día que descubrí que podía nadar. En la cocina la voz de barítono del abuelo cantando tangos mientras esterilizaba frascos de mermeladas…aquel fantasmas de sábanas que nos enseñó a hacer la abuela…

La casa se queda conmigo, dije decidida, sin hacer muchas cuentas. La familia al final fue indulgente, muerta mi madre yo heredaba su parte, bajaron mucho el precio y me dieron facilidades para pagar.

A los tres meses me instalé acá. No me ha quedado un peso en la cuenta bancaria. Mi marido ha dicho que estoy loca. Mi familia también. Me visitan con esas miradas inquisitivas como si fueran a verme al loquero. Creo que tienen razón…

Me he mudado y aquí moriré, la casa se irá deteriorando y no podré arreglarla, la salud me irá abandonando y nada podré hacer pero, cada día recuerdo más historias. La casa del Río antes de ser de los abuelos tuvo otras historias, algunas terribles, la abuela en su paciencia infinita guardó algunas. Otras, las estoy reconstruyendo y si tengo suerte, mi primer novela quedará pronta en un año…

Que si después regresaré…, me preguntan. No lo puedo responder, no sé si yo estoy en la casa o la casa ya está en mí…