Pedir el olor al pan dulce casero, unos días antes de Navidad. Ver apilarse las latas vacías de leche Nido para hornearlos. Esconderme con mis primos y robar la masa llena de frutas y pasas cuando estaba leudando. Cruda, exquisita, el sigilo de robar lo prohibido le daba un sabor más dulce que al hornearlo.
Sería también mucho pedir un cuento antiguo y sin nieve, sin el señor de rojo lleno de regalos, solo un tío o un abuelo contando historias de mentira.
Una reunión familiar con exceso de comidas, exceso de gritos, charlas interrumpidas donde nadie se puede escuchar.
Una matriarca dirigiendo todo y el calor insoportable de siempre. Sin nieve. Pero con toda la tradición italiana en la mesa sumada a la comida argentina. Algún animalito en la parrilla, no había veganos.
La noche comenzaba a las nueve y terminaba después de las doce: cada cual con su regalo. Pequeño, humilde, un detalle tal vez, porque era “ el niño Jesús” que nos traía algo en su cumpleaños. No era Papa Noel.
Me cansé de preguntar porqué traía regalos el que cumplía años y siempre la misma respuesta: porque es Dios.
No había lucecitas de colores, el árbol de Navidad, auténtico y real, se iluminaba con pequeñas velas.No se podía ver hasta las doce de la noche, ahí se abría la puerta del gran comedor y estaba el majestuoso árbol con sus velitas ( cómo no nos incendiamos nunca?), los regalitos y cada cual recibía el suyo. Y se conformaba? Claro que sí, por pequeño que fuera, era un regalo.
Sería mucho pedir una charla con la familia durante tres o cuatro horas, mientras los niños juegan sin pantallas y alguien canta algo…otro cuenta chistes y alguna madre se queja de los pequeños que lloran porque tienen sueño.
Verano acá, en nuestro Sur, parrilla, vino, comidas tradicionales e importadas. Excesos varios. Calor de chicharras. Cielo estrellado y con promesa de más calor. Los ventiladores girando en la sala grande, con un ruido infernal, los vasos de vidrio, las servilletas de tela y el mejor mantel de la abuela.
Después de las doce las voces se iban volviendo susurrantes, tres horas de gritos agotaban al más duro, venían algunos amigos de los primos grandes, algunos novios de las primas mayores. Se saludaba a toda la parentela.
La charla se ponía íntima después de los regalos. Los más chicos habían corrido y comido por tres, se iban acurrucando cerca de la guitarra. Se adormilaban. Los jóvenes buscaban rincones y los mayores aún picoteaban pan dulce y turrones, todo casero.
Sería mucho pedir y estoy tan segura que ni co IA lo volveríamos a conseguir, por eso me queda solo la misión de recordarlo con palabras.
Sería mucho pedir aquellas navidades donde no nos faltaba nada y casi nadie…

