Olvidos inocentes?

No, no sé si son inocentes. Qué sé yo del subconsciente? Celos fraternos tuvimos ambas. Pero la calidad y la conciencia de esos celos ni son recordables, ni fueron evaluados en su tiempo. A vos se te ocurrió que morir joven estaba bien y me dejaste, otra vez, sola.

Recuerdo la peluquería al lado de la casa de la abuela. Era de Gladys que era la peluquera de toda la familia femenina. Ese día recortó tu pelo y el mío, después nos acompañó a la puerta y te dijo algo como: Esta niña (yo) se va a poner más bonita que vos. Te alejabas ya sobre tus tacos agujas, pollera tubo a cuadros negros y blancos, bamboleante y feliz, gritaste: pero quién me quita lo bailado?

Me quedé sin saber qué quisiste decir. Antes y ahora. Creo que fue un comentario desajustado de una peluquera que dijo una estupidez. Pero debieron ser celos, fueron?

Recuerdo que ibas a la playa con tus amigas y no querías que yo fuera. Como en verano papá no estaba, mamá te dejaba ir sin mí. Te odiaba. Cuando ordenaban que te acompañara sí y cuando yo quería ir, no. A mí me gustaba la playa. Era injusto.

Cuando te dejaron traer tu amante gigante a casa, me dió tanta rabia. Pero después de un año y algo cuando lo sacaste de casa, también te odié. Eras tan inestable en todo, ponías la casa en jaque mate a cada rato. No alcanzaba la esquizofrenia y las infinitas veces que hermano aparecería en casa escapando de sus cárceles para locos donde lo dejábamos. Vos agregabas tus cambios: dejar de estudiar, ser actriz, tener un amante gigante casado separado, irte a vivir sola, hacerte un departamento pequeño al fondo de nuestra casa, cambiar de amantes, trabajar de planchadora, trabajar de cocinera, dedicarte a hacer el horóscopo de un diario, empezar tu carrera mística.

Me debo de olvidar algunas cosas. Te odié tanto como te adoré. En mi infancia hasta mis primeros años de adolescencia fuiste mi gran figura adorada. Después entendí que teníamos que alejarnos, nunca me dolió. A vos tampoco.

Nunca demostramos en nuestras múltiples separaciones, dolor, lágrimas o nos escribimos. No nos escribimos! Vos, que le escribiste a miles de actores y actrices, que conseguiste un álbum de fotos autografiadas mas increíbles que vi en mi vida, a mí nunca me escribiste. Y yo que le escribí a amigas y mi novio semanalmente, tampoco te escribí. Por qué?

Así fue como nos separamos, razones hubo, varias veces. También nos volvimos a juntar. Los encuentros eran efusivos. Te das cuenta? Lloramos, nos perdonamos, nos abrazamos y nos juramos felicidad eterna. Así volvíamos a convivir. Después despedidas sin adioses ni promesas. Leyéndome hoy: parecíamos ciertas parejas que conozco…

No tengo la más minina idea de cómo seguir esto. Contar tu personaje y hacerlo más ficticio se me hace desleal. O te cuento o no. O lo hago público o queda aquí, con dos o tres lectores.

Después de la muerte de papá las idas y venidas, desencuentros y encuentros, fueron varios. Tal vez deba encaminar mi relato por ahí…

El comienzo del caos

Tuve un hermano que fue mi salvación, hizo de mi infancia algo soportable.

Maurice Sendak

Mi, tu, hermano no fue mi salvación. Tampoco la tuya. Cuando regresamos a nuestra casa mamá estaba ahogada de tristezas, dejó su marido otra vez a miles de kilómetros y a su hijo, en Vieytes. Y el panorama era claro: nuestro hermano no debía vivir con nosotros.

Pero vos estabas tan enamorada ( de verdad lo estabas?), tenías un amante gigante, casado en la capital pero según él, separado. Un hombre con buen vivir. Culto y agradable,salvo claro, por su altura y gordura. Que era lo de menos. Porque vos siempre defendiste a los negros, los harapientos, las minorías diferentes. Una de esas enseñanzas que dejaste en mi vida y nunca te pude agradecer.

Sin embargo lo que nunca me quedó claro fue lo permisivos que fueron todos. Porque apenas comenzaban los años sesenta, vos sólo tenías veintidós años y era muy mal visto vivir con un hombre separado. Nunca te ibas a casar.

Tampoco supe nunca y a riesgo de repetirlo lo volveré a escribir: qué sentías ante la enfermedad de hermano?. En los momentos críticos vos no estabas.

Me dejaste ir a mi, con doce años, a hablar con un psiquiatra. En Vieytes! Y muchos años después lo tuve que enterrar en otro loquero, yo tenía tres hijos, un marido enfermo, mamá había muerto, también faltaste. Fui sola con una tía que me acompañó mucho más que vos.

Tal vez a vos te pegaba diferente. Tal vez ocultaste muy bien el dolor que tal vez, era insoportable. No sé: por qué no hablábamos nunca de la esquizofrenia? Vos, que me leíste tanto, que me ayudaste tanto, nunca tocabas ese tema. Neutro no te era.

Ves que al final de todo esto tengo más preguntas que respuestas?

Meses pasó papá en el Sur, meses cuidé a mamá que vivía mal del hígado, una madre que cada tarde se levantaba, se bañaba, se vestía y arreglaba solo para cruzar la calle.

Qué suerte mi amiga del alma, qué suerte el Colegio, estudiar y hasta agotarme haciendo gimnasia. Qué suerte poder tocar la guitarra y cantar. Qué suerte que aún no me enamoraba, vivía de libros, cantos y risas. Tapaba el drama de la madre deprimida, el padre ausente, la hermana que duerme con el hombre casado y la esquizofrenia del único hermano.

Al regreso de papá fue el otro gran cambio. Y vuelvo a no entender: esto se está transformando en un auto psicoanálisis!

Papá siempre tan estricto, muy de su época, incapaz de mentir, de estafar, trabajador por demás , te permitió dejar los estudios, ser actriz de teatro y vivir con un hombre separado. Todas esas cosas, lo sé, no me las hubiera permitido jamás. Tenía que estudiar y en lo posible, sacar las mejores notas. Aunque las medallas que entregaban las monjas las viste solo vos. Qué paradójico me resulta recordar, cuándo estabas y cuándo no.

Y de aquel viaje, nuestro padre no regresó bien. Su sueño de volver a vivir en el Sur se había frustrado otra vez. Y cuando retornó tuvo que visitar a su hijo en Vieytes, su familia jamás visitó al pariente loco, regresando a casa tuvo que hacerse cargo de tu convivencia con el amante separado. Pero para cerrar la mala racha se perdieron casi todas las cosechas de citrus por sequía y su trabajo declinó.

Un año de mala racha. Venía siempre a visitarnos aquel amigo de infancia que tenía papá. Se habían criado juntos frente al viejo, hoy inexistente, Mercado de Abasto. Un hombre que hizo una fortuna casi inaudita, conociendo sus orígenes. Pero era la Argentina de post guerra y con un poco de suerte…(?). Fue el hombre que lo puso frente a su Empresa en Misiones y gracias a él, nací en una bella casa en Apóstoles.

Mientras duraba ese año de mala racha laboral, venía mucho a casa y le dejaba cheques en blanco que nuestro padre jamás aceptó. Que la amistad era una cosa, repetía, la plata es otra. Llovían las críticas de mamá, abuela y tías. Ese hombre, te decían, no solo te conoce desde niño y sabe quién sos, ese hombre te debe la felicidad.

Eso era porque papá le presentó a su esposa, con la que tuvo siete hijos, después de divorciarse de una mujer que lo había hecho muy infeliz. Pero nunca escuchó padre esas críticas.

Jugaba a la quiniela y ganaba. Un año estuvo ganando lo que faltaba de su sueldo. Mientras tanto tu amante gigante lo iba convenciendo de poner un negocio y dejar de depender de las cosechas, del clima, de las compañías que lo contrataban.

Y lo terminó convenciendo. El final inminente se acercaba. Pero vos te instalaste en la otrora nuestra habitación con muebles de lujo, el amante gigante vivió en casa y yo, disfruté la habitación de nuestro hermano para mí sola. Tenía una pequeña biblioteca empotrada en la pared y un escritorio. Qué más necesitaba?

Era una niña casi adolescente de trece años y quería, debía, ser feliz.

Creí por un tiempo que estábamos todos felices. Mamá comenzó a hacerse cargo de su reino: la cocina. Vos trabajas y colaboras con todo lo de la casa. Tu amante gigante separado, vivía solo diez o quince días en casa. Después viajaba. Creo recordar que al final tuve conversaciones interesantes con él, aunque me costó muchísimo sentirlo como un cuñado. Más bien fue un amigo tuyo que también era un poco amigo mío.

Papá, alejado un poco de lo que fue su vida laboral, comenzó a reformar nuestra casa para decidir poner su propio negocio. No existía el marketing, no existía un psicólogo cercano, si hubieran existido nos hubieran dicho que eso de manejar un bazar, era una misión imposible para el hombre que sabía tanto de plantas y cultivos que había sido consultado hasta por ingenieros agrónomos.

Allá, en el Sur

«Llegará un día en el que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza».

Paul Géraldy

Recuerdo ese viaje al Sur, a Cipolletti, penoso, eterno. Nada nos satisfacía, ni el paseo por Capital, ni los regalos de papá. Qué doloroso fue recoger a nuestro hermano.

Estábamos en la hermosa casa de tía Luisa, lo trajeron papá y mamá. No nos reconoció, su cuerpo esquelético temblaba y se bamboleaba, se sacudía, tenía los ojos, sus bellos ojos marrones, perdidos. Una baba asomaba a su boca. No habló, sólo quería cigarrillos.

Fue un shock generalizado. Mamá estaba asustada y mi padre puteaba en italiano. Lo metieron al baño porque además estaba sucio y lleno de piojos y ladillas. Eso escuché, aún no sabía que eran las ladillas.

  • Piojos en los pelos de allá abajo- me explicaste. Me refugié en un sillón junto a la ventana con un libro. Sentía mucho miedo de las furias de mi hermano pero en ese momento me dio rabia, asco, vergüenza. Mi padre había gastado una fortuna y devolvían a mi hermano así. No tenía edad para asimilar y comprender pero lo que más necesitaba era que alguien hablara conmigo. Vos, hermana, no sé qué sentiste. Vos que me contabas y leías tantas cosas nunca me dijiste, ni ese día ni ningún otro, que sentías al verlo así. Porque apenas le llevabas un año y meses, vuestras infancias fueron casi gemelas.

A los dos días marchamos en tren. En un coche pulman hermoso, con bellos asientos tapizados en cuero azul. Había almohadas, eran reclinables y se podía agregar una mesa para comer o jugar cartas. No me gustó más que el camarote pero me sentí más libre. Andaba caminando, intentando conversación con otras viajeras. Intentando disipar el espectáculo de mi hermano. Si bien ya no temblaba tanto, de lejos se notaba que algo malo lo perseguía y poseía.

Había dejado mi primera mejor amiga y en el tren ya le iba escribiendo mi primera carta. Vos también escribías a tu novio amante enorme. Y así fue el viaje. Íbamos al comedor por turnos, hermano no podía quedarse solo. Al baño lo acompañaba papá.

Qué diferencia con la llegada a Cinco Saltos. Mamá estaba trastornada por su hijo, vos lejana y casi muda, justo vos, yo extrañando mi Colegio y mi amiga, hermano no sabía ni dónde ni cuándo, papá intentaba contagiar su entusiasmo pero mucho no pudo hacer.

La casa era aún más grande y lujosa que la de Cinco Saltos pero una parte estaba cerrada. Eran los dormitorios y baño de los dueños. Tenía una sala con mesa de billar, un living majestuoso y un comedor para doce personas. Una biblioteca gigante llena de libros que nos alegró a las dos. Otro comedor más pequeño junto a una cocina gigante y tres dormitorios.

Papá y mamá tenía uno con baño. Nosotras teníamos uno con dos camas y hermano, otro. En medio de ambos había otro baño.

El jardín del frente tenía rosas y flores. Un aljibe de mármol al centro. Pero ni eso dibujó una sonrisa en mamá, ella que amaba los jardines. Lo único que dijo que no limpiaría esa casa gigante. Que era demasiado grande. Ella tenía que cuidar a su hijo y cocinar. Nos miró fijo. Pero luego sacudió la cabeza con desazón, una niña y una joven lavando pisos y baños y pasillos y vidrios. Se dio cuenta que era demasiado y papá se comprometió a solucionarlo pronto.

Ese primer mes me pasé escribiendo a mi amiga y vos al novio amante gigante. Papá sumergido ya en pleno trabajo y mamá detrás de hermano. El solo caminaba, fumaba, comía, dormía. Así fue un mes.

El segundo mes comenzó otra vez a pasearse hablando con quién sabe quién, otra vez se le inyectaron los bellos ojos de furia, y a pesar de tener a papá cerca, comenzó el miedo. Cerrábamos la puerta del dormitorio con llave y ni siquiera al baño por las noches queríamos ir. Nuestro hermano deambulaba por esa casa enorme. Por sus largos pasillos, por sus galerías externas. Su medicación ya no resultaba.

Cómo sucedió que atacó al hijo del capataz, un chico de dieciséis años y casi lo estrangula? Pues no lo sé. Yo me sumergía en el cuarto enorme de la biblioteca y revisaba libros o le escribía a mi amiga. Sentí los gritos de mamá y los tuyos pero ni me asomé. Cerré la puerta y me quedé quieta, intentando no oír nada.

Sentí el motor de la camioneta de papá y después el silencio. Entonces comenzaste a buscarme y abrí la puerta, corrí por la casa a buscarte. Tu mirada fría, lejana, detuvo mi abrazo. Empezó de nuevo, me dijiste, lo llevaron al médico. Nunca supe qué sentías.

Esa noche en la cena con hermano sedado, se discutió mucho. Mamá decía que había que llevarlo a Buenos Aires pero a otro lugar. Papá se negaba pero aceptaba que otra confrontación de esas y su trabajo estaría en peligro . Vos decías que tu novio amante gigante nos podía ayudar.

En pocos días se resolvió que vos llevabas nuestro hermano a capital, a un lugar especial, era del Estado, ya habías hablado con el psiquiatra por teléfono. Era uno muy bueno. Y ahí le dijiste a papá que no regresabas a Cipolletti. Le dijiste que ibas a quedarte en casa y a vivir tu vida con tu novio amante gigante. Y si papá no murió ahí del corazón fue porque aún le quedan cuatro años en el calendario.

Así me quedé sola con mamá y papá. En esa inmensa casa con una madre muy triste y un padre que trabajaba doce horas.

Una sola cosa me hacía feliz: no nos quedaríamos. Volvería a mi Colegio, a estar con mi amiga del alma. Entonces le puse luz al verano y traté de aprender a jugar bochas con papá y pasear con mamá. Los alenté para ir un fin de semana a Bariloche. Íbamos mucho a Neuquén.

Leí y escribí mucho, cartas que nunca respondiste y me dio tanto dolor. Hablabas una vez por semana con mamá y papá. Conmigo nunca.

Y fue en febrero que llamaste para avisar que el psiquiatra necesitaba hablar con mamá o papá. Él viaje con mamá a capital se organizó en dos días. Nunca había visto los ojos de mi padre tan tristes. Había querido repetir nuestro sueño de Cinco Saltos pero no fue posible y otra vez, lo dejamos solo en el Sur.

Era otra vez dejarnos, mujeres solas, a resolver la enfermedad de su hijo. Eso o dejar de trabajar y él era el único que lo hacía. Nos habíamos criado como en clase media de la época, pero esos pequeños lujos que gozábamos eran producto sólo de su lejanía y su trabajo.

Ir a Buenos Aires con mamá, dejando a papá tan triste como ocupado, llegar y verla negarse a alojarnos en la casa de alguna hermana de papá. Buscar un hotel cercano al Hospital.

( Mi madre tenía vergüenza de hablar que su hijo estaba en un pabellón de Vieytes? O había recibido tantas críticas de sus cuñadas, mujeres pacatas y capitalinas que nunca aceptaron a su cuñada del campo?)

Por favor vení, te pedí por teléfono, vos te reíste bajito. No puedo, estoy trabajando con Norberto, era el novio amante gigante.

Mamá estaba tan alterada que se perdía en las calles, creo que fue la única vez en mi vida que tuve sentido de orientación. O lo perdí luego de esa experiencia.(?)

Entrar a ese edificio enorme y buscar al médico que nos esperaba. Lleno de enfermeros y locos por todos lados. La ansiedad incontrolable de mamá y mi miedo, que también era un poco de curiosidad. Encontrarnos con un psiquiatra amable que nos dedicó casi una hora en explicarnos esas palabras desconocidas: esquizofrenia paranoica. Al final terminó hablando conmigo, tendría cara de aceptarlo más, me dio muchos folletos para leer. Autorizó a mamá para verlo media hora y fue concluyente: “ Este tipo de pacientes no puede vivir con su familia, quédese tranquila, acá evitamos darles choques eléctricos.”

Volvimos casi sin hablar a Entre Ríos. Mamá corrió a la casa de la abuela y yo a llamar a mi amiga por teléfono. Al otro día apareciste hermosa, maquillada y con tus tacos aguja. También viniste con el amante gigante.

Hubo charla con mamá y después con la abuela. Pero ni a mí me importó ni vos te preocupaste por mí. Me iba por una semana a Salto Grande con la familia de mi amiga. Empecé a despegarme, todavía no me daba cuenta de ello y quiero creer que vos tampoco.

Cipolletti en el horizonte

“ La escritura es una forma de autoconocimiento, un viaje hacia tu propia verdad y autenticidad.” Virginia Wolf

Literoterapia llamaron a ciertas tendencias, creo que comenzó en Inglaterra, donde los terapeutas aconsejaron lecturas literarias y escrituras para paliar ciertas condiciones ligadas a la ansiedad, depresión y algunas otras. No son psicólogas o psicólogos que escriben literatura, no es autoayuda. Es la liberación de traumas, dolores, recuerdos, a través de una técnica literaria libre.

Estoy haciendo eso? Tú muerte me dolió tanto, me resultó tan injusta, tal vez más que el resto de nuestra familia porque éramos las dos que quedábamos. Y porque sobre el final de tu vida, cuando aún no sabía lo cerca que estaba ese final, logramos volver a vivir juntas, reírnos, compartir tus dones místicos, compartir la misma casa, los mates del desayuno…

Como en aquella época donde antes que regresara papá se terminó el teatro y tu noviazgo. Y ya no hubo sosiego en casa. A pesar de que las monjas, ese año, me entregaron aquella medalla al mejor promedio. Fuiste mi única acompañante , mamá no pudo levantarse ese día. Maquillaste tu tristeza y fuiste conmigo, me abrazaste y felicitaste. Gracias hasta hoy.

Pero cómo fue que después del actor y director de teatro, del que estoy convencida te enamoraste, apareció aquel hombre mayor y te pusiste de novia- amante de él? Era mayor, era casado, según él separado, medía más de dos metros y pesaba más de doscientos quilos. Un disparate. Viajero, representante, con buen vivir. No puedo recordar quién o cómo apareció ese personaje nefasto a tu vida. Marcó tu primera gran equivocación? No sé, pero tu autoestima debió sufrir mucho porque no logré verte feliz nunca más. Pero lo disimulaste muy bien.

Mi rechazo hacia su persona, que debió ser en esa edad, más que nada visual, se terminó con algunas charlas sobre música. Era un hombre culto, lector, amable. Pero era casado: recordamos lo que era vivir con un hombre casado a fines de los 60?

Trangresora y audaz tu solución a nuestras vidas. Tal vez fue tu única alternativa a salir del amor por el actor y al teatro. Quizás no pensaste, o no pudiste darte cuenta, la influencia que tendría un par de años después en nuestra vida. En la familia entera.

Puede ser que mi recuerdo sea muy duro y vos podías enamorarte de nuevo con total inocencia e intensidad. El amor en mi vida era una pregunta y muchas novelas, no me había tocado para nada.

  • Nos vamos a vivir a Cipolletti- anunció papá cuando regresó- Recogemos a tu hermano en Buenos Aires, nos vamos. Me dieron otra chacra y la compañía como en Cinco Saltos. La casa es muy linda. Necesitamos estar juntos y ver cómo marcha nuestro hijo.
  • Y el Colegio?
  • Todo eso se soluciona- terminante papá y nadie lo discutió. Éramos tres mujeres solas, una madre deprimida, una hermana mayor que había perdido sus amores e iniciaba uno muy criticado, una niña púber con notas excelentes que estudiaba también guitarra y canto, más perdida que las otras dos en el acontecer diario. Nos íbamos de nuevo al Sur. Llorando nos fuimos, volveríamos pronto, no lo sabíamos y no fue, para nada la hermosa experiencia de Cinco Saltos.
  • Recuerdo ese viaje… lo más triste de esa pubertad que recién comenzaba.

El teatro y la esquizofrenia

“ Escribo para entretener a la niña que fui.”

Astrid Lindren

Cité esta frase porque en mi caso además, entretengo a la mujer mayor que soy ahora. Y mi falta de respeto se debe a seguir transgresora, como casi toda mi vida. También te debo esa noble cualidad.

“ Las de enfrente” de Federico Martens, fue tu primera obra. No eras la actriz principal pero sí tenías un buen papel. Nuestra tía, la modista que cosía tan bien, te hizo uno de los trajes. Nunca pudo hacerte el traje que soñaste, el blanco de novia, pero colaboró mucho en tu vestuario artístico. Esa obra fue la primera y si bien estuvo poco tiempo en la cartelera del teatro, te hizo estudiar, practicar y lograste tu objetivo. Una compañía ya firmada te buscó.

En ese tiempo alguien que no recuerdo su nombre, un autor de Entre Ríos, escribió el libro: Yo voy más lejos. El famoso palacio de San Carlos de la ciudad de Concordia, era el escenario. El romance entre el noble que vino a radicarse y trajo una hermosa mujer, supuestamente una cortesana parisina, era la trama principal. En ese palacio, hoy en ruinas, se alojó nada menos que Saint Exupery. Pero eso no lo tuvo en cuenta este autor.

Adaptaron el libro a guion radial y luego teatral. Éxito asegurado: por primera vez la ciudad sentía esa emoción de tener, aunque en ruinas, una historia, un lugar, un castillo, una historia de amor ahí, en el lugar donde habitaban. Las personas son posesivas hasta de cosas que tal vez jamás tuvieron en cuenta. Pero también les entra eso de ser locatarios: era la historia de cada uno de los habitantes de aquella ciudad.

Aquí también tuve que acompañarte. Y cuando comenzaste, debut de primera actriz, qué importaba si tu personaje era una francesa suelta de cascos, importaba ser la “ prima donna”.

Creo que no quedó concordiense sin ver la obra. Creo que fue tu mejor momento no solo a reinar en la familia sino, te llegó tu primer gran amor. El primer actor, unos diez años mayor que vos, era actor de experiencia. Alto, agradable, varonil y muy atractivo. Como pareja en el escenario lucían espléndidos. Pero se enamoraron. O tal vez él sólo jugó. A mí me encantaba verlos.

Fue la primera vez que escuché eso de: va a pedir mi mano, que sólo había leído en alguna novela. O sea que esperaría a papá para que autorizara el noviazgo formal. De todos modos mamá hacía concesiones y toda la familia supo que además de brillar en el escenario, estabas por fin, ennoviada formalmente.

Y todos felices. Menos nuestro hermano que comenzó a oír no sé qué voces y de las convulsiones saltó a una esquizofrenia paranoica que nos descalabró la vida.

Comenzó a amenazarnos de muerte. A mamá y a mí, guardaba y escondía armas como cuchillos, el rifle e incluso, el revólver de papá que jamás se utilizó en casa. Empezó la época del terror. Era impredecible. Podía estar todo el día en su mundo sin hablar y de golpe, en la noche, venía gritando con un cuchillo en la mano.

Cuando papá no estaba yo dormía con mamá. Siempre iba a ese dormitorio, nunca al tuyo.

Muchas veces las tías oían los gritos y cruzaban la calle, los vecinos también, hasta que una noche, era muy tarde, vos lo detuviste con un grito. Él te respetó. Después hablaste horas con él en la cocina, Le hiciste tomar la medicación y se fue a dormir tranquilo.

Confieso que tuve tanta rabia… no sólo estabas de novia y eras como la Meg de Mujercitas, te ibas a casar y a ir de casa, eras primera actriz, y te hacían notas en los diarios, además de eso nuestro hermano te obedecía y se había olvidado que yo era su hermana pequeña.

Después de ese día comenzó el peregrinaje de mamá por cuanto especialista había. Terminaría en la capital, donde se encontró con papá para determinar qué hacer con su vida, que también era la nuestra.

Fue esa época de vagar en un claro oscuro permanente. Como si la esquizofrenia nos afectara a toda la familia. Nosotras no oíamos voces pero la inestabilidad familiar era durísima.

Papá regresó a su trabajo en el Sur y mamá regresó sola. Su único hijo varón quedó internado en una Clínica especializada en la capital. Una clínica costosa donde le aseguraron que en unos meses saldría un muchacho calmado, diferente. Y se lo creyeron. Nosotras también.

Mamá cayó en una profunda depresión, según ella era su hígado que funcionaba mal. Hubo muchos días que no salió de la cama. O sólo cruzaba la calle para ver a su madre y sus hermanas.

Pero la vida, tu noviazgo, tu teatro seguían y por mi parte, interesada desde pequeña en la ópera, encontré un compañero tuyo que me inició en el camino de la vocalización y el canto. Hasta comencé a cantar en el coro del Colegio. Y también comencé a estudiar música y guitarra.

Era un vivir para tantas cosas! Había que tapar el hueco del hermano loco. De la Clínica psiquiátrica. Había que consolar a mamá y levantarla. Había que esperar a papá para anunciar tu compromiso y había que estudiar, cantar, aprender teoría y solfeo, cantar, ayudar con tus guiones de teatro, cantar, cocinar y hacer tareas en la casa, cantar, escribir cartas y seguir cantando, preparar mis primeros cuatrimestrales y cantar.

“ Si se calla el cantor”, entonaba en el folclore argentino Horacio Guaraní. Nunca estuve más cerca de no callarme más. Y comencé mi propio sueño de “ prima dona”, pero de ópera. Un sueño que duró casi dos años y lo sacó de su lugar otro, la medicina y luego, la literatura.

Mientras la obra: “ Yo voy más lejos”, recorría los interminables caminos de Entre Ríos y vos seguías enamorada y actuando cada día mejor, la oscuridad iba anunciándose.

Vos la viste venir? Yo era muy chica y estaba tan inmersa en estudios y cantos que no pude ver el principio del final. Me escapé y seguí con un poco de felicidad a cuestas.

Cómo lo viviste vos? Hermana, madre, actriz, cocinera, enamorada, planchadora, ama total de la casa y animadora del humor de mamá?

Vos jamás negaste esa sonrisa radiante a nadie. No sé cómo hubiera sido no tenerte en aquella época fatal…

Contarte es contarme?

«¿Cuántas veces contamos la historia de nuestra vida? ¿Cuántas veces la adaptamos, la embellecemos, introducimos astutos cortes? Y cuanto más se alarga la vida, menos personas nos rodean para rebatir nuestro relato, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra, sino sólo la historia que hemos contado de ella. Contado a otros, pero, sobre todo, a nosotros mismos».

 Julian Barnes

(«El sentido de un final»)

Te he escrito y disfrazado montones de veces. Y ahora que tu muerte es un punto lejano, no por eso menos doloroso, tengo que desnudarte. Tengo ese derecho?

Ahí estaba yo en la Radio de nuestro pueblo, mirando asombrada como aquel locutor que amaban las obreras costureras, madre, tías, primas e incluyo abuela, era un señor casi pelado, algo gordito, con un bigote ridículo y una voz hermosa. El otro, el principal de la novela, que lanzaba sobre el micrófono una voz de terciopelo era un hombre delgado, alto, desgarbado, desprolijo en su vestir, altisonante con su voz de terciopelo. Qué risa. No había nadie allí, nadie, siquiera como la mitad que imaginamos.

Y también estaba esa fábrica de sonidos, un montón de instrumentos desconocidos que ofrecían vientos, pasos, carretas, puertas que crujen y otros y otros. No sé si me quedó algo por inspeccionar.

Sin dudas eras la más joven y atractiva. Leías bien, si lo sabría yo que fui alimentada por tus lecturas y aún te escuchaba en las noches. Pero cuando ibas a la Radio y te acompañaba, te escuchaba atenta porque de noche, te ayudaba con los diálogos. Te escuchaba con miedo a que te equivocaras ( o con deseos que lo hicieras?)

  • No cuentes en la casa de la abuela como son las personas del radio teatro, lo importante son sus voces y su interpretación.

Qué feliz fui cuando te desobedecí, cuando me reí a carcajadas y conté lo que había visto. Odiaba a las obreras de las agujas, odiaba que me pusieran a cebar mate porque era incapaz de hacer nada útil en aquel taller. Y disfruté arruinarles el romance con la Radio.

Sacudiste tu cabeza bien peinada. No dijiste nada. Esa noche repetimos tu libreto cuatro, cinco veces. Te salía mal, decías, linda forma de castigarme.

Por suerte el director del radio teatro te aconsejó un grupo de teatro que comenzaba sus primeros pasos. Allá fuimos. Allá te aceptaron.

  • Eso, dijo mamá, hay que consultarlo con tu padre.
  • Por qué?
  • El teatro es otra cosa…( cuál sería la diferencia), y si hay ensayos de noche, la nena (yo) no te puede acompañar.

Y esa noche, además de ensayar uno de tus últimos capítulos para la Radio, ensayamos la forma de hablar con papá.

Era invierno y teníamos a papá en casa, época de citrus, así que al otro día lanzaste la bomba en la mesa del comedor. Llegué tarde, el Colegio tenia más horas que las Escuelas Públicas.

Papá, serio más que de costumbre, negaba con la cabeza. Mamá insistió que él era en parte culpable: a qué llevarnos a la ópera y al teatro cuando íbamos a visitar a la abuela paterna en capital?

Tres o cuatro días dijo que no papá. Mamá te ayudó. Siempre lo hacía. Y así fue como pasaste a ser actriz de teatro. Y así fue como agilicé mi memoria para ayudarte con los libretos y así fue como un día, once años tendría, descubrieron mi buena memoria y facilidad de lectura, me dieron algunas veces, el oficio de apuntador. Descubrimiento que me hizo bastante feliz.

  • No quiero que pase leyendo teatro, dijo mamá, tiene buenas notas. Ella tiene que estudiar.

Ella tiene que estudiar. Por qué yo sí y ella no? En ese momento no lo pensé. Dupliqué mi esfuerzo y creo que dormí muy poco hasta que la obra se estrenó.

Cuando lo hiciste te vi radiante, te vi inmensa, te vi como nunca te había visto y me contagiaste la sonrisa y el aplauso que recibiste, también fue mío.

Amor fraterno, celos fraternos. Acaso no se trata de eso tener una hermana?

Tu felicidad y tus estudios avanzaban, mis notas brillantes de fin de año pasaron casi desapercibidas, así lo sentí entonces, papá tenía que ir otra vez al Sur y nuestro hermano desmejoraba cada día. Había comenzado a convulsionar. Mamá se dedicaba a él casi todo el tiempo.

Empezaba la educación secundaria y tenía miedo, pero tu carrera actoral, la enfermedad de nuestro hermano y la lejanía de papá, quitó importancia al hecho de comenzar secundaria con tan poca edad.

Aún quedaban los mejores y los peores días…

Ironía que no tengo

Me haría falta escribir irónica, hasta sarcástica, pero no sería fiel a la forma en que me salen los textos. En este caso no sé ni siquiera si me saldrá. Le he escrito a muchos muertos que amo, pero esto es diferente porque tengo que traerte y ser irónica, cuando la vida lo fue, estoy segura, no podré.

Después de aquellos meses en la Capital regresaste. Como siempre que descubrías algo, feliz y agradecida. Exaltada por tus descubrimientos, seguro alentada por la prima mayor, de cómo hacer dinero con un trabajo sencillo.

Vos hacías todo lo que una mujer de esa época tenía que hacer: coser, cocinar, bordar, limpiar, y abrir la puerta para ir a jugar, eso último era lo que molestaba más. Entonces buscaste trabajo y un periódico local, tendría cuatro o seis páginas, te dio tu columna. No era de chismes, no, era la página cultural. Confieso no guardar recuerdos. No debo haberte leído nunca. Pero en casa se pusieron algo felices, los chismes sobre tu personalidad extravertida y demasiado simpática, bajaron un nivel.

Redacté una vez lo que significaban los radio teatros en la casona de la abuela:

Radio teatros
La radio del taller de costura, en la casa de mi abuela, estaba siempre encendida y las novelas, radio teatros, se sucedían regularmente. Desde las primeras horas de la tarde hasta llegada la noche.
Mi tía podía seguir más de ocho novelas diarias sin interrumpir su labor de artesana y modista. Cuando el trabajo la desbordaba acudían las hermanas a ayudarla.
Casamientos o fiestas de alto porte demandaban manos extras para finalizar infinitas puntadas.
La tía explicaba antes de cada episodio el resumen del mismo. Y cuando la cortina musical lo anunciaba, las agujas laboriosas trabajaban en silencio. Curiosa por aquellos dramas radiales me acercaba y cebaba mate.
Un mundo de amores y desdenes con fondos musicales caían en mi imaginación casi infantil. Amaba, odiaba, me ponía triste con la ayuda de esas voces. Y lo mejor era el después: comentarios obligados de lo que sucedería en el próximo capítulo.
Los radio teatros como las fotonovelas descansan en el rincón de los olvidos. Hoy quería contar como pasábamos las tardes largas, sin prisas, ni aburrimiento. La voz era nuestra compañía. La imaginación, la aliada.

Y fue por aquellos tiempos cuando aún intentaba adaptarme al Colegio Católico que te presentaste, ahí en la casa de la abuela, un día de obreras de la aguja, con tus ojos enormes y grises, brillando de emoción y dijiste:

  • Voy a hacer un radio teatro! – sonreías- me contrataron.
  • Y el diario?- preguntó mamá
  • Me pagan mejor y me gusta mucho más- dijiste con esa seguridad tuya que nadie creía- desde el lunes, me van a tener que escuchar.

No sé cómo siguió la charla, todas hablaban a la vez, vos volvías a ser la nieta Reina, una verdadera artista de radio teatros.

Otra vez te iba a acompañar para grabar. Eso sentenció mamá y era imposible decir no. O preguntar porqué no iba mi hermano que era mayor y era hombre. Su enfermedad iba en aumento y ya mostraba signos notorios.

Otra vez, como en Cinco Saltos, iba a acompañarte pero esta vez no era por un novio. Era para sumergirte, sumergirme, en el mundo ficcional que eran los radio teatros.

Después vendría el teatro. Y para una niña de nueve, diez y once años fue cultura por inmersión fraterna.

Qué ironía: marcar la huella y no transitarla.

Tener el talento y no disfrutarlo.

En cambio yo…