Cuando se asomaba septiembre, aunque el frío continuaba, la chacra comenzaba a cobrar vida. Debajo de los interminables álamos había alguien trabajando y también se reparaban las acequias. Poco a poco mi padre se iba otra vez alejando al galpón y se revisaban las máquinas.
Ese septiembre trajo en mi escuela mucho movimiento. No puedo recordar de qué se trataba el evento, venía alguien importante, era una fecha especial, no lo sé. Sé que nos seleccionaron para hacer muchas cosas, a mí me tocaba bailar. Y cantar. La canción era en inglés, idioma que jamás me gustó, el baile era algo rarísimo con una pipa y una rosa. Tenía una coreografía sencilla pero a mí los pasos no me salían.
Cuando se enteraron en casa mi hermana y mi madre me felicitaron, porque el festejo se haría en el Club Social, no en la escuela. Seguramente iría medio pueblo. A mí me tenía sin cuidado el Club Social ya que íbamos muy seguido. No entendía nada del porqué era tan importante del festejo.
Todos los días había ensayo. Me empecé a agotar, a enrabiar, a no desear participar. Todos los días mis pies hacían lo que querían, no me gustaba entregar una pipa y recibir una rosa, no entendía la canción.
Pusieron una profesora especial para la ocasión. A mí me hizo recordar a la que había tenido en mi primera escuela: gritaba, tomaba tus pies con sus manos y te los torcía mil veces, tomaba tu mano y la movía, todo eso mientras gritaba. Lograr satisfacer lo que ella quería era imposible para mí, pero ahora entiendo que lo que más me dificultaba, era no comprender de qué se trataba lo qué estábamos haciendo y porqué.
Qué decía la canción?, por qué tenía que entregar una pipa?, por qué tenía que recibir una rosa?, por qué teníamos que bailar esa danza rara en el club social?. Eran motivos de sobra para renunciar.
Un mediodía almorzando lo dije frente al plato de tallarines caseros. Inmediatamente llovieron preguntas y reproches, mi madre y mi hermana. Papá me miró a los ojos y no pronunció palabra. Mi hermano creo que ni se enteró.
– Cómo no vas a participar si fuiste seleccionada?
– Ya compramos la tela para el traje…
– El año pasado salió hermoso el acto en la escuela, este año te va a salir mejor, es más importante…
– No se puede decir que no para un evento en el Club Social…
– Tratá de concentrarte y te van a salir los pasos, sos tan buena alumna…
Más o menos así intentaron convencerme, no respondí. Qué tenía que ver ser buena alumna con bailar algo tan complicado y cantar una canción en otro idioma? Y por qué a las otras les salía el paso y a mí no? Estaba permitido que la profesora me gritara todo el tiempo y me hiciera pasar vergüenza?
Aquel fin de semana me mantuve callada, me encerré en el cuarto de juegos y leí no sé qué libro, pero en mi corazón seguía la vergüenza, por mis pies desobedientes, mi lengua y mi memoria malísimas para recordar esa canción. No sabía que mi estado era de angustia pero también, de ego herido.
El lunes cuando subí a la camioneta con mi padre para ir a la escuela dejé la pipa y la rosa de plástico en mi cama. Mi hermana corrió y me las quiso entregar por la ventanilla. Aún hoy, después de tantos años, recuerdo sus inmensos ojos como en súplica.
– No voy a bailar. Lo dije y sentí culpa pero ya mi padre ponía el motor en marcha: no había vuelta atrás. Mi padre no dijo nada. Fue en silencio absoluto hasta la escuela. Cuando llegamos puso su mejilla y le di un beso.
Podría decir en la escuela que había olvidado la pipa y la rosa? Sí, podría. Pero no quería, no quería escuchar los gritos y odiar mis pies. No quería cantar esa canción ridícula que ni entendía .
Fui directamente a hablar en la Sala de música para avisar que no participaría. El asombro y los por qué?, surgieron. Me encantó responder: porque no me gusta y la profesora grita mucho. Y me fui a mi salón de clases.
Quién sabe qué comentarios ameritó ese pequeño acto rebelde. Cuando regresé a la casa no se habló del tema. Mi padre seguía sin hablar y yo sabía que era su castigo.
La peor parte del castigo llegaría al mes cuando fuimos a ver el evento y me obligaron a quedarme quieta viendo el baile, la pipa, la rosa, la canción horrible…
Nadie dijo nada. Fue como un código de silencio castigador, pero por primera vez supe que no habría forma de obligarme a hacer algo que no quería…bueno, eso creí.
A pesar del castigo sentí el primer gustito a triunfo.








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