Traspasar las puertas

Después de un olvido deseado o no, cuesta recordar cómo subir esa escalera.

Olvidar fue la meta, por sobrevivir nada más, nada menos.

Entonces se llega a ese exacto lugar del tiempo donde se necesita la raíz del recuerdo.

También se necesita creer que los recuerdos eran buenos.

Sin ellos la raíz de vida son un pasado siniestro que nadie desea: la mente juega sucio.

Por sobrevivir nada más y nada menos.

Se comienza a perdonar y a colocar en un rincón los trastos de memoria que se mantuvieron dignos de orgullo.

Se apagan luces para no ver el polvo de los rincones.

Se sube el volumen de la música que acalla algunos, muchos, gritos dolorosos.

Se muestra la sonrisa.

Se endurece el llanto.

Es la única forma de volver a pasar la puerta que por años, siglos, mantuvimos cerrada…

Bloqueada…

Olvidada…

Es ley de supervivencia traspasar la puerta.

Y gana casi siempre.

Por sobrevivir nada más y nada menos.

Inevitable

El olvido nace y crece porque se trabaja sin descanso en provocarlo…
(la suerte también se lo propone)
la polvareda de los vientos locos
el desgaste de los huesos
el descreimiento en una misma
la efímera y tardía vida consciente
la necedad
la abulia
la apatía
el egoísmo
la compra compra compra
lo trivial y lo pegajoso
la necesidad de ser simpática
agradable agradecida cuerda
la opacidad de ser una misma
la melancolía
la desmemoria
las trampas propias y ajenas
… todo eso y un poco más, seremos parte del olvido que dejamos y no supimos prevenir.

Alfa

Me imaginé siempre que su nombre le traería consecuencias

Pero no imaginé que sería tan importante en su vida poder ver el mar.

Ver a no ver el mar: esa fue la gran cuestión.

Alfa y su esposo, un hombre común con nombre común, su seguridad y pasión creo que igualmente comunes, habían trabajado durante casi treinta años para cambiar el apartamento céntrico. En ese apartamento vivieron desde que se casaron.

Ambos deseaban tener uno con ventana al mar.

Acá detengo el relato: cómo puedo imaginar esa pareja joven? No puedo. Porque se me hace que Alfa siempre fue muy Alfa y el hombre… sólo eso. Ni Beta, ni Gama. Cómo puedo imaginar que el hombre deseara, más allá de todo en la vida, un departamento con ventana al mar? No puedo.

Es que ese contador bueno, sencillo, dedicado, no podía desear más que una vida apacible. La idea, el deseo desproporcionado de tener vista al mar, fue de Alfa. Y para tener la vida en paz su marido trabajó el doble. Ella también lo hizo, duplicó sus horas de docente de Historia y trabajó hasta el límite de horas permitidas.

Así fue como vivieron y pasaron los años dorados de la juventud. Ahorrando para jubilarse con vista al mar. No es una crítica: cada quién trabaja y se desloma por el objetivo que desea. Aunque los hijos se posterguen, aunque no se tenga tiempo para vacaciones. El objetivo se cumple, sea cual sea, llegando a la meta con felicidad. O no.

Lo compraron en un quinto piso y la vista era espléndida, se veía el mar, un poco lejos pero cada mañana, ahí estaba. Cada noche de verano cenaron en el pequeño balcón para mirar el ocaso sobre las aguas.

Habrá sido feliz Alfa por primera vez? Suponemos que sí. De todas maneras el objetivo se cumplió un poco antes y tuvieron que trabajar unos años más. Qué pena, horas sin ventanal mirando el mar.

Entonces la ciudad dio un giro, la bonanza económica, la vorágine de inversiones, la construcción en auge. Y aquel inmenso edificio que se construyó justo enfrente y tapó la vista al mar.

Discutieron cómo nunca. Se pelearon por la decisión mal tomada. Cuando los conocimos habían repartido culpas porque la vida era un infierno. Alfa no se veía divorciada y el contador, aceptaba sus decisiones.

Para hijos era tarde y vivian en un edificio que no aceptaba mascotas. Un edificio sin vista al mar. Enfocar la vida de jubilados jóvenes, clase media, que abren la ventana y ven otro edificio.

Aún llamándose Alfa, fue mucho para ella. El hombre, resignado a su vida como fuera, se aferró a denunciar la construcción del monstruo que les plantaron delante. Un delirio ,nosotros pensamos que lo hacía, para tener un tema agradable de conversación con ella.

Gastó dinero y horas inútiles en oficinas legales. Desde que se gestó el monstruo hasta que se finalizó. Está de más decir que fue inútil.

Ya jubilados y con algo de dinero la única obsesión era hablar de lo que les había sucedido. A cuánta persona conocían la llevaban a ver el horror de sus vidas: les taparon la vista al mar.

Así nos conocimos, así fue como tuvimos que ir y horrorizarnos por la desgracia de aquella pobre gente: Alfa y su marido. Sin vista al mar.

Podían hablar horas del tema. Incansables eran. Entendimos que por esa educación poco sincera que recibimos, deberíamos escuchar en silencio. Mover la cabeza en gesto de desaprobación cuando frente al ventanal del trauma, nos servían sándwiches y bebidas.

Una sola vez recordé, en voz alta, que había personas viviendo en la calle. Cuando hicieron silencio supe que había dicho algo muy malo.

No nos invitaron más. Dejamos de ver el trauma en forma de ventanal y el monstruo en forma de edificio.

Cuando leí lo del incendio, en esa zona residencial y bella, me acordé de la pareja de jubilados que no podían ver el mar. Desestimamos que pudieran ser ellos. De todos modos el incendio no llegó a mayores y se reparará el edificio, el monstruo…

Tal vez… no se pueda reparar. Son suposiciones. Cómo no tuvimos más noticias de la pareja, no pudimos llamarlos para preguntar si gracias a la fogata, entre fierros y ladrillos quemados, pueden ver el mar…

Sobrevivir

Nada más quería saber, te enojaste, por qué arrastrando tu cuerpo con dolor, aún ansías la vida?

No, no eres sólo tú: casi toda la humanidad repite esa tragicomedia.

Perdona que diga tragicomedia pero así lo siento. Personas que viven en una silla de ruedas, sin un brazo, con seis dedos; ni hablemos con enfermedades limitantes. Aún así siguen luchando por un poco más de vida. Las y los ancianos rebeldes se aferran a ella también, incluso cuando están muy deteriorados.

De eso quise hablarte: de por qué será?

Será porque no conocemos otra cosa. Será por ese miedo ancestral y religioso a la muerte y el más allá. Será porque la vida vale muchísimo y aún con mil decepciones y muchas enfermedades, sigue teniendo valor?

Ves mucha gente que lucha por sobrevivir en ciertos estados en los que , asombra esa tenacidad y valor. Se ve en bebés y niños, jóvenes y viejos: tal vez sea una lucha animal por sobrevivir y salvar la especie. Sólo eso.

– No pienso morirme- afirma mi tía con 87 años y creo que no lo hará. Vivirá más de 90. A cómo dé lugar. Dónde sea, con quién sea, cómo pueda: ella va a vivir. La muerte tendrá su trabajo.

Por eso los suicidas o los que piden asistencia para morir con dignidad, aunque sea diferente, en su mayoría son incomprendidos.

Al nacer tenemos un chip imborrable de apego a la vida y quien lo quiera borrar: será condenado a la opinión popular. La guillotina.

No estoy de acuerdo con nada. Te lo dije. Ni con el apego, ni con el suicido. Sólo me pregunto los porqués y si tendré la fuerza cuando me toque.

Tal vez, una posible explicación sea que: tenemos el poder sobre la vida y no queremos soltarlo. Después de todo nadie que tenga poder sobre algo o alguien, quiere perderlo.

Así se pobló este planeta: sin contar los millones que han muerto que nunca sabremos cuántos fueron.

Hay que aferrarse a la vida: es nuestra, nos pertenece, nada de soltar lo que se ha ganado con sudor y lágrimas.

Los creyentes que esperan vivir otra: no tengo idea de cómo logran aferrarse. Para los otros: cuesta menos, pero también más. Somos menos apegados pero no creemos en otra vida y una vez muertos, listo. No nos queda nada.

Así hemos transitado y seguiremos haciéndolo. Condición humana: sobrevivir a todo costo.

Siete conjuros


Violeta fue rebelde desde niña. Cuando las mujeres aún montaban de costado y usaban corsé, ella tomaba el mejor de los potros y montaba en pelo, como una india. Su madre había muerto apenas nació ella y todos en el pago aseguraban que la leche de la aborigen que la crió, había torcido su destino. El padre nunca se ocupó demasiado de ella y solía reírse de sus ideas, montarases y alocadas.
Cuando vió por primera vez, aquel hombre de razgos aindiados y piel curtida, de torso robusto y cabellos largos, se enamoró locamente y se escapó con él casi sin pensarlo.
En diez años parió siete hijas. Todas idénticas entre ellas. Cabellos lacios y negros como el indio, figuras esbeltas y finas como la madre. Bellísimas y serenas, siempre esperando desde niñas. Les puso a todas nombres con L : Luz, Lágrima, Luna, Lisa, Luisina, Loreta y Lucero.
Cuando el padre de Violeta murió, le dejó hectáreas verdes de praderas y un montón de animales, abandonó al indio y se llevó las hijas a la estancia donde había nacido.

Se ocupó de todo y enfrentó a los poblanos con un dejo de soberbia y mucha indiferencia. Regenteó los campos y animales con rigor y educó a sus hijas en artes secretas e irresponsables.
La estancia, después de su muerte, se hizo famosa por una especie desconocida de aves bellísimas que habitaron los aleros de la casona. Fueron y son, un atractivo turístico hasta el día de hoy. Las aves eran siete, lucieron siempre un plumaje negro con finas líneas rojas en las alas. Han vivido allí más de ochenta años y no se sabe muy bien como se reproducen, se piensa que son hermafroditas . Ponen siete huevos por vez y han poblado la comarca de infinitas avecillas iguales.
Los viejos decían que se llaman las Eles porque cuando murió Violeta, sus hijas desaparecieron.