¿Con qué animal te identificas? ¿Por qué?

Me gustaría ser una yegua y liderar a la prole hacia los mejores pastos y las mejores aguas. Una yegua con muchos hijos.

Una yegua libre: de manada por las pampas. Sin humanos.

A la sombra de la abuela

Alguna vez, hace muchísimos años, porque hoy mi madre tendría 106, en el útero de mi abuela materna anidó el óvulo que a los 36 años, sería fertilizado por mi padre y heme aquí, casi setenta años después, sabiendo y contando esta historia.

Nunca pensé que mi abuela tuviera gran importancia en mi vida, hasta que fui admirándola en mi adultez.

Eje fundamental de su familia, seis hijas vivas y un varón, se ocupó de la vida de sus once hermanos, con sus cuñadas, sus sobrinos y después, sus sobrinos nietos; por supuesto también de nosotros, sus nietos.

Tuve la desconocida dicha de ser durante ocho años su nieta menor. No conocía entonces que ese eje era una mujer admirable que sería ejemplo de lucha, tenacidad y capacidad de liderazgo casero.

Era hija de italianos y tenía la costumbre de recordar algunas palabras y mezclarlas con su español. No sé, ni lo supe antes, qué cosas no pudo hacer. Hubo alguna que no aprendió? Sí, leer y escribir. Pero de todos modos se las arregló para firmar y sacar cuentas, no solo las caseras, que ella también supo administrar sus tierras.

Por dónde se comienza a narrar la vida que tuvo la mitad de tu vida en su vientre, cuando esa mujer te resulta tremendamente increíble?

Por su propio parto. Ella también habitó en mi tatarabuela materna, allá lejos en Italia, su mitad de vida que engendraría mi bisabuelo en Argentina.

Arando los campos la bisabuela tuvo las contracciones y una indígena que la ayudaba puso su delantal entre los surcos. Ahí se agachó la bisabuela y la parió sin escándalo alguno. La aborigen cortó el cordón y lo ató. Envolvieron a la niña y fueron a la casa a higienizarse, previo a eso enterraron la placenta.

Mi abuela vio la tierra antes que el cielo, nació de cara a la Madre Tierra y las manos aborígenes fueron su ayuda. No sería ese hecho un símbolo de su fortaleza futura?

Supe poco de su infancia pero su madre murió joven y desde entonces se hizo cargo de los hermanos y hermanas. Fue el tronco familiar. No tuvo tiempo de ir a la escuela. Aprendió lo que pudo en su casa, de los hermanos que si pudieron educarse medianamente en escuelas rurales.

Cuando se casó con mi abuelo era una joven virgen de diecinueve años. El casamiento estuvo a punto de ser anulado porque él descubrió la noche de bodas que mi abuela, aunque sea difícil de creer, no sabía que tendría relaciones sexuales y menos aún, de qué se trataba aquello.

Araron y sembraron su propia tierra. A pesar de tener una hija mujer tras otra, la primera murió al año, la abuela jamás abandonó los surcos, los citrus, las uvas, la huerta, los cerdos, el pequeño tambo.

Pero como aún así el dinero escaseaba, tomó pensionistas durante las cosechas y les dio almuerzo a más de treinta voraces obreros de la naranja. Uno de ellos fue mi padre que conoció a mi madre unos doce años antes de casarse.

Mi abuelo se debilitó del corazón con la segunda plaga de langostas que le devoraron las cosechas. La abuela con sus hijas mayores levantaron los citrus nuevamente. Y siguió teniendo pensionistas y envió a sus dos hijos menores, el único varón y la hija pequeña, a estudiar a la ciudad. Compró una casa.

Cuando pudo dejar la chacra encaminada, se mudó a la ciudad e inició su taller de costura. Se especializó en camisas masculinas y chaquetas para médicos. De lunes a viernes cosía y los fines de semana pasaba en la chacra cuidando, podando, alimentando los cerdos y regando el inmenso jardín de su casona de campo. Controlando con severidad a los peones que quedaban a cargo.

En ese tiempo cobijó a la hija que huyó de un marido borracho y golpeador con una niña de cinco años. Mi tía la que anexó al taller de la abuela, su propio taller de costura.

Mi madre vivía enfrente, cruzando la calle, para el tiempo que regresaron conmigo desde Misiones, la casa de mi abuela, quedaba tan cerca que era como vivir con ella.

La abuela cosía, sembraba, faenaba cerdos, hacía chorizos y morcillas pero jamás olvidó a sus hermanos. En su casa de ciudad siempre hubo un dormitorio disponible para el que se enfermaba o para la que tenía un embarazo complicado.

El abuelo un hombre dulce y rubio, se fue ocupando menos de las faenas propias de la masculinidad de su época, su dolencia cardíaca lo hizo aún más sensible y casero. El amor entre mis abuelos era visible, créanme que en esos tiempos, en gente de campo, no era fácil de ver esa unión.

El accidente que tuvieron, un fin de semana que iban a la chacra, les cortó la vida por la mitad. En la cabina del camión iba el chofer, mi abuela y mi abuelo. Atrás, mi tía menor, una prima, un primo.

El camión se dio vuelta tras chocar el borde de un muro. El chofer quedó atrapado dentro. Mi abuelo cayó milagrosamente sentado al lado del camión, sin heridas. Pero mi abuela, quedó tirada cerca chorreando sangre de la pierna y desmayada de dolor. Mi tía y mis primos se lastimaron bastante pero sin gravedad.

Cuando ingresaron al Sanatorio, la abuela fue directo al quirófano, mi tía y mis primos a sala de emergencia. El abuelo fue a una sala común, no tenía heridas a la vista. Sin embargo murió al poco rato, preguntando por la abuela. Su corazón no resistió verla quebrada, desmayada y llena de sangre.

La abuela no pudo despedirse del abuelo, estaba luchando por sobrevivir. Salió meses después con una pierna más corta que otra y clavos en su cadera. Se tragó su tristeza y comenzó a trabajar al poco tiempo.

Y todo recomenzó, los hermanos a pedir su consejo, a traer un enfermo o a hacer trámites. La abuela, analfabeta, aconsejaba, cobijaba, criticaba sin pelos en la lengua, alimentaba sin pedir nada a cambio. Todo comenzó a rodar nuevamente a su alrededor.

Siempre tenía tiempo para todo. Las faenas de cerdo eran en su chacra o en su casa. Ella se encargaba de las morcillas dulces con las que hacía una especie de postre cuya receta había llegado de Italia con su madre.

Su taller de costura se había hecho tan conocido que eran sus clientes los médico más mentados de la ciudad. Tal vez la chacra necesitó más atención pero, después del accidente ya no pudo ocuparse tanto y su hijo varón, había elegido la profesión de maestro. Las hijas estaban casadas y con hijos. Así fue como poco a poco, la hermosa y próspera chacra fue quedando en refugio de los fines de semana. No sé cuándo pudo resignarse a ir perdiendo su tierra después de labrarla y cuidarla por años.

Tenía un bocio gigante que le deformaba el cuello, uno de sus hermanos también lo tenía. A mí me daba mucha pena: renga, con zapatos especiales y con aquel enorme bulto en el cuello. Cuando me tocaba acompañarla al dentista y atravesaba la plaza dándole mi brazo, tendría doce años, no me daba cuenta que llevaba una guerrera, me daba vergüenza.

Tenía un carácter infernal pero a veces, lo dejaba de lado y tenía un espacio para contarnos cuentos traídos por su padre o su madre desde el lejano continente europeo.

Contaba las cosas antiguas con una destreza simple que me encantaba escuchar. Se reía poco. Pero recuerdo haberla visto reír con sus hermanas. Tres de ellas eran muy divertidas y contagiaban a mi abuela. Se reían a carcajadas, sacudiendo sus cuerpos voluminosos, desprejuiciadas y libres, por lo general se reían de los hombres.

Antes de morir, cerca de los noventa y dos años, la abuela tuvo infancia. Seguramente una que no tuvo nunca. A mi tía menor que la cuidó siempre le decía mamita y a mi tío, su yerno, lo confundía con mi abuelo.

En su vida fue demandante y estricta, cercana a su muerte, también. Pero se volvió casi niña. La senilidad la volvió noventa años atrás.

Y después de su muerte todo siguió pero nadie retornó. El tronco duro y férreo ya no estaba. Y pese a esfuerzos diversos la vida fue cobrando los espacios que cada quien tomó como pudo o quiso.

Ahora que sé y la ciencia me lo reveló, que una mitad de mí estuvo en su vientre, creo que le debo más historias y un agradecimiento tardío que solo me sirve para recordar de dónde vengo.

Espejos gemelos

Como vos y yo. Eran iguales, pero cada una tenía el suyo. Lástima haberlos comprado idénticos, como nosotras. Eso no fue inteligente.
Somos gemelas , alma y corazón en un puño, en el mismo útero crecimos y nos contemplamos.
Después pasó la vida. Carreras, maridos, hijos . A pesar del sufrimiento debimos separarnos.Y justo, antes de separarnos el triste juego de cambiar espejos. Me quedé con el tuyo y vos, con el mío.
Del otro lado del mundo mi espejo te mira y a mí el tuyo. Te avisa y me avisa y sabemos que nos sucede antes que los demás. Del otro lado del mapa, miramos el espejo de la otra y sabemos qué sucede, qué sucederá.
Hoy lloré frente a tu espejo desde el amanecer. Te veía sin vida.
Cuando a media mañana sonó el teléfono…ya sabía la noticia. Ya había reservado el vuelo. Ya te había visto muerta.

Un laberinto de palabras

Un estrecho camino…
Un regreso por veredas rotas, crujientes,
una mirada que busca y no encuentra y de pronto… te presiento y se me acaba el gris.

Rompo dos o tres ventanas, juego con un perro callejero, recojo frutas de un árbol, me interno en el silencio de la tarde… Te pienso y sé, sin dudarlo, me estás pensando.
Millones de energías invisibles atraviesan la tarde de verano. Quiero huir y no puedo. Tiemblo y el perro callejero ladra a mi lado, se eriza de miedo. Es mi propio miedo.
Regreso por el laberinto buscando perderme y por primera vez encuentro la salida sin esfuerzo.. te veo esperándome, como antes, como siempre… me tiendes la mano y caminamos en silencio. Todo regresa a su lugar.

Desde otra voz

Estoy segura que cuando escribo alguien, muchas, muchos, me dictan algo.

De esos pequeños hechos de la vida cotidiana salen historias que de alguna manera, no son solo mías.

He decidido narrar y escribir historias: muchas parecen muy veraces. Otras veces juego con la fantasía y sobre todo, me gusta escribir para niñas y niños.

Será el designio? Qué voces me dictan historias que tal vez otra voz imaginó? Qué antepasada me contó mil veces sobre el designio de la hija mayor, la que muere antes de cumplir el año, me lo creí y lo narré mil veces…? Serán esas niñas muertas y no nombradas que me dictan estas historias o tal vez, muertas en plena infancia me dictan cuentos para niños? Estaría eso en mis recuerdos neuronales?

El designio de la hija mayor que tenía que morir por tres generaciones se cumplió pero… no es demasiado místico y cristiano creer que de ahí surge mi voz de narradora?

Comenzó con la bisabuela. Ella vino de Italia pero había hecho una promesa: entrar en un convento a los treinta y tres años. Rompió la promesa por mi bisabuelo, lo siguió. Labraron la tierra como buenos trabajadores de la misma y ella paría hijos. A los treinta tres años tuvo su ultima hija, la llamó Teresita. Así se llamaba la Congregación donde debía ingresar.

Lloró desde el primer día que la trajo al mundo. Su marido consternado la veía debilitarse y llorar, no entendía nada. Después de diez partos y tantos surcos cultivados, tantas paredes levantadas, no conocía a su mujer.

Ella le explicaba cada amanecer que su Teresita moriría. Qué la Madonna, se la pedía en sueños cada noche. Un año lloró la bisabuela, un año la consoló su marido. Un año vivió Teresita que serena murió en su cunita de mimbre, sin despertar.

Pero no solo murió esa niña, la Madonna le avisó a la bisabuela que por tres generaciones moriría la niña mayor. ( Siempre tan cruel el castigo!)

Y se repitió con mi abuela. Con mi madre. Con mi prima. Tres niñas murieron cercanas a cumplir un año. Siempre sin previo aviso, en pocas horas.

No fueron olvidadas. No creo eso. Pero nadie las nombra, ni las ha nombrado por años. Sus cenizas duermen en el panteón de los abuelos.

Sin dudas he sido elegida para nombrar a Teresita, Genoveva, Herminia y Luciana.

Serán sus voces que me inspiran a contar historias?

Serán ellas que me eligieron o yo las elegí para poder contar?

Del otro abismo

Fue el destello casi magnánimo de un sol

inexistente, estalló a lo lejos y produjo

abundantes luces pequeñas.

Las luces subían, bajaban, estallaban cálidas

y nacían otras más pequeñas pero no menos

luminosas.

Al grito involuntario concurrieron mis muertos,

fui niña adolescente, otra vez.

Arena entre los pies se escurría,

agua cristalina y cálida me humedecía.

En un entorno de penumbra me fui

escurriendo hacia el agua

hacia la arena y así, lentamente,

otra vez subí a las luces, estallaban, iluminaban,

se alejaban y volvían…

En algún momento supuse que sería eterno

ese devenir tan placentero,

ese sentimiento que unido a mi esencia

íntima y femenina, me hacían recorrer espacios

increíbles, desconocidos o tal vez,

los miraba por primera vez.

Sensación nítida de no estar en mi cuerpo.

Emoción intensa que no solo recorre mis venas.

Percepción clara de otro espacio al que llego,

me agota, regreso, vuelo nuevamente.

Calma… extraña lejanía, mi cuerpo no

quiere regresar. Tifones esporádicos.

Ausencia de la coherencia. Pasión al límite.

Ni un solo y profundo sueño reparador evitan

que hoy lo describa….

El caso de la prima Viviana

Corro el riesgo, al contar esta historia, de caer en lugares comunes, en prejuicios cotidianos y finalmente, en cosas de mi edad… como te dicen cuando no te pintas las canas.

No es tan raro lo de Viviana, a mi por ejemplo, no me escandaliza. Pero es algo extraño.

Su matrimonio con mi primo fue festejado y visto como un casamiento bello y admirado. Jóvenes y hermosos ambos, con buenas carreras a punto de finalizar, con un amor que les brotaba en cada mirada. Fue un casamiento que toda la familia aplaudió.

La vida, los estudios y los trabajos los hizo viajar. Fueron, volvieron, los vimos muy poco. Tuvieron unos mellizos hermosos como ellos y vivieron en distintos sitios.

Las carreras no les prodigaron buenos trabajos y tuvieron aprietos económicos de los cuales, nos enteramos después de un tiempo.

Viviana fue cada día más cálida y eficiente. Era como el lado opuesto de su marido. Mientras él iba pendiente abajo con sus proyectos, los de Viviana crecían y eran exitosos. Agradecíamos que la tuviera en su vida.

Cuando fueron los hijos los que marcharon hacia la Universidad, se dedicaron un tiempo a viajar y visitarnos. Ella lucía espléndida y tenía siempre trabajos exitosos que iba cumpliendo. En cambio el marido tenía como delirios de volver a la naturaleza y vivir en forma primitiva.

Quién pudo creer que eso funcionaría? Nosotros, ingenuamente.

Cuando Viviana tuvo su primer amante, se separaron por un tiempo, después regresaron y ella, tenía una sonrisa feliz y él, lucia comprensivo y enamorado.

Los amantes se sucedieron a medida que el marido perdía toda brújula. La separación fue inminente y entonces, Viviana vivió.

Amores, viajes, teatros y disipó el pasado, la vida austera y los proyectos inconclusos del marido. Viviana se transformó en la que fue siempre: aquella muchacha de Capital Federal con buenos proyectos. Aquella que acogimos en la familia y nos pareció angelical.

Viviana guardaba adentro, muchas cosas que desconocíamos. Anhelos, deseos, ambiciones y algo de pasión reprimida, pues liberó todo y de una vez.

Fotos y miles de videos muestran una sesentona resplandeciente que recorre con lujo el mundo y sus virtudes. Cuál sería la verdadera?, no lo sé, la gente cambia y con todo derecho.

Nos alejó, nos olvidó y fuimos pasado.

Mientras el que fue su marido languidece de proyectos ecológicos imposibles, ella, el amor de su vida, derrocha energía y demuestra que tanto pudo llegar a hacer. Qué tanto tiempo perdió entre divagues, pañales y parentela.

La vulgaridad que emana, no debo decirla porque soy mujer y debo apoyarla. Es verdad: qué bien, qué fortaleza, qué aguante y qué cierre magistral.

Pero finalmente vulgar. No puedo reprocharle nada. Tal vez solo la absurda distancia que puso con nosotras, las primas, las que estuvimos siempre, las que la acunamos en la familia, que la comprendimos y jamás la criticamos.

Se puede cambiar y eso es bueno. No justifico el olvido, el silencio, esa especie de traición a lo que fuimos.

Viviana… qué triste. Tan cerca cuando sufrías y tan lejos cuando la vida te regala oportunidades felices.

¿Qué es lo qué más te aterroriza hacer? ¿Qué te empujaría a hacerlo?
Mentir. Tener que volver a mentir para llevarme bien con el resto. Mentir es mentirme y vaya si lo he hecho. No quiero volver a ser manada.
Sólo por salvar a algún ser querido volvería a mentir, bajo extrema necesidad.