La bruja del pueblo
Que yo era la bruja del pueblo. Conjuraba y exorcizaba demonios mientras dormía.
Era una bruja reconocida. Pero solo podía ejecutar conjuros y profetizar en sueños.
Usted venía y me pedía algo. La bruja, o sea yo, podía o no. Nunca mentía sobre lo que podía hacer en mis sueños. Era sincera.
Yo tenía que poder dormirme y soñar su problema. Resolverlo o conjurar para ayudar o para maldecir. Si lo lograba le daba garantías y en ese momento, cobraba mis servicios. Si no lograba ese sueño usted no pagaba nada y seguíamos intentándolo.
En ese mundo onírico solucioné amores y maldije y escupí, no tuve piedad y ellos conmigo, tampoco. Hubo fatales pesadillas donde resulté herida y desperté sobresaltada dando maldiciones. Pero hubo sueños casi amorosos que me levantaron con una sonrisa.
Hubo sueños imposibles y otros, reiterados y persecutorios.
Lo mejor fue soñar con el día y la hora de mi muerte. Y supe que era cierto. Y me dormí para esperarla. Y vino.
Lo bueno fue que de tanto probar sueños no solo pude escaparme un par de veces sino, lo más importante fue nombrar mi sucesora. Para poder hacerlo tuve que reunir todas mis energías e hice lo que nunca: me metí en su sueño, el de la sucesora elegida. La nombré heredera de todos mis sueños y la hice dueña de mis profecías.
La bruja del pueblo ha tenido un hija, gritaron mis sueños y todos en ese lugar, despertaron y sonrieron felices. Era la primera vez que ellos podían ver mi sueño. Y salieron a festejarlo. Y no pude ver nada porque la Muerte metida en mi sueño me dijo que ya era hora.
