Entró ella, la inconmensurable maestra, la extraordinaria maestra de las palabras, pero no entró majestuosa por mi puerta. Sabia y sencilla se sentó sobre mi cama y de inmediato sacó infinitos papeles escritos.
A mi lado se turnaban mi hermana y mi mejor amiga de la adolescencia. Deseosas como yo de descifrar el contenido intrincado del tejido de palabras.
Masticábamos galletitas secas, la poeta también lo hacía, sin parar de mostrar los papeles y explicar. Faltaban palabras y había que encontrarlas, colocarlas en el lugar preciso y la puntuación tenía que ayudar, converger, hacer que parezca perfecto.
Sabemos que la perfección en palabras es algo diferente a un algoritmo de números y sin embargo, a mí la propuesta me parecía similar.
El sol calentaba la habitación y nosotras nos debatíamos sobre el cobertor azul, cuáles eran esas palabras, dónde iban, cómo lograr la puntuación perfecta. Que ella, la maestra de todas las maestras, la favorita de las palabras nos hubiera elegido, me producía una sensación de alegría y miedo que no podría explicarla nunca.
De pronto los papeles se habían multiplicado y el afán de búsqueda era como una carrera en el tiempo. Alguien dijo que se nos acababa la oportunidad y me quedé como inerte. Estábamos concursando. Recién me daba cuenta. Nos había elegido a nosotras para estar en su equipo. Qué instante de sanación se produjo en mi alma.
Respiré hondo, sentí el aire apenas tibio, seguí buscando palabras pero ya sin afán, lo importante, lo feliz, era ese mínimo hecho: estaba eligiendo compartir y competir con nosotras.
Qué buen despertar. Saludé al atrapa sueños con un sonrisa y una mano feliz.
La más grande había estado compartiendo su arte conmigo y me trajo a mi hermana y a mi mejor amiga.
Si la realidad pudiera contagiarse de los sueños…
Sólo en los sueños los mayores talentos se juntan con la plebe y les permiten sentirse elegidas.
