Probamos todo pero después nos dimos cuenta que había sido poco o nada.
Leímos muchísimo y nos percatamos que era tanto lo que nos faltaba que nunca sería suficiente.
Llenamos hojas de letras, palabras, frases y jamás estuvimos conforme, rompimos y comenzamos de nuevo, rehicimos y no fue suficiente.
Agotamos las noches en charlas y debates, café de por medio, nunca nadie pudo salir conforme; siempre quedaba algo pendiente o mal comprendido.
Corrimos bajo el sol y terminamos entendiendo que caminar conversando era más saludable.
Ajustamos los relojes, cumplimos los horarios, nos dejamos vencer por el sistema e hicimos compras los domingos.
Después de las compras vendrían más compras y no pudimos, nos dejamos vencer, quisimos salir pero a su vez, nos fabricamos nuestra zona de confort y ahí nos apretujamos.
Cada tanto, en alguna tanda comercial, miramos hacia adentro y nos dimos asco pero para poder vivir, nos perdonamos.
Hubo momentos en que la ideología y la filosofía dominó tan intensamente nuestras vidas que hasta peleamos por ideas. Nos fracturaron por eso.
Hubo también tiempos de pura atención al arte y lo social, debatiéndonos entre la belleza y la desesperanza.
Intentando entender los vertiginosos cambios hace más de treinta años nos establecimos a mirar, explicarnos, intentar re aprender lo que jamás pensamos íbamos a repasar.
Se nos aquietó el espíritu y tenemos un tiempo, eso es relativo, de contemplación que queremos disfrutar.
Cada tanto igual soñamos y hablamos en voz alta de quimeras cada día más imposibles.
Ahí, debajo de esa piel que aún resiste, arde el lejano fuego de hacer, deshacer, discutir, apasionarnos, correr, tirar todo para recomenzar.
Debajo de estas estructuras óseas que aún caminan arden fuegos, luchas y algunos, muchos, misterios sin resolver.
Al final como el viejo poeta diremos: vida, estamos en paz?
O el último suspiro será de: vida, aún me quedé sin aprender?
