Intermitencias

Queríamos irnos pero no sabíamos dónde, lo mismo nos daba un laberinto que un camino recto sin sentido. Y es muy raro, siempre nos creímos racionales.

Al final cuando tomamos la decisión, después de semanas de deliberaciones y discusiones, nos dirigimos a un lugar bastante obvio y conocido. Era irnos pero no tanto, elegimos eso. Y sin embargo, nos perdimos.

Encontramos en el camino, que para nada nos era desconocido, algunos perros muertos y muchos cactus que jamás habíamos notado. Unos campos secos que no recordábamos, pensamos que los perros habían muerto de sed.

Ya casi llegando al destino vimos el laberinto, nosotros no queríamos, no sabíamos que tendríamos que atravesar un laberinto. La tristeza me invadió y la alegría de haber tomado la decisión de viajar se me agotó frente a la vista del laberinto. Jamás tuve sentido de la orientación. Me ahogué en mi propia desilusión.

El laberinto era intrincado, gomoso, lleno de espumas con espinas y tenía un olor rancio, asqueroso. Antes de comenzar a perderme hice muchas arcadas, comencé a pensar en cómo no morir ahí dentro antes de intentar salir. Ante mi juicio desesperado no podría resistir, menos aún salir.

Una lechuza volaba sin sentido cerca mío y decidí seguirla, no veía nada más seguro. La lechuza era bellísima, con colores vivos que iban de blanco al violeta y de pronto, su vuelo me condujo al primer giro y dejé de verla, en su lugar de vuelo había un murciélago. En pleno día. Era un murciélago bastante grande y era tan oscuro que me pareció azul. Pero volaba bajo y me daba algo de temor, demoró mucho en llevarme hasta el otro cruce de caminos y cuando se alejó, nadie remplazó su vuelo. Caminé sobre el suelo lleno de espuma, me pinchaban las espinas, crecía el olor nauseabundo.

Me sentí perdida. Alguien tocó mi hombro y era mi abuela. me hacía señas de que siguiera, que no me detuviera, imposible no hacerle caso a mi abuela. Seguí caminando entre espuma, espinas, olor asqueroso, y así llegué al otro giro del laberinto. Me acordé del minotauro, no sé si lo vi, si de verdad estaba o si lo soñé, pues suelo caminar dormida. Ese animal mitológico que creo haber visto me salvó. De su visión a mi salida pasó poco tiempo.

Al salir del laberinto abracé a mis compañeros que hacía rato, días tal vez, me esperaban. En ese abrazo pudimos ver el mar a lo lejos y respiramos la brisa salitrosa que llegaba.

Sería el final del camino?

Nunca pudimos saberlo, pero era sólo el principio, el final, sería volver al lugar de donde quisimos salir.

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