En el sofá de mirar la vida
la abuela sentada, espera,
mano sobre mano,
ojos allá lejos y una sonrisa
leve, apenas perceptible,
endulza su cara.
Afuera se agita la vida,
ella, adentro, espera.
La sangre de su sangre
la carne de su carne, corre,
se apura, huye y se descalabra.
La vida de la vida suya también
anda por los caminos, las rutas,
los mapas, con apuro… la máquina
de producción los devora.
Ella, sentada ve pasar, ve girar
la vorágine que ya no es suya,
Ahora, se dice, me toca esperar…
Espera o vigila que pueden ser, la misma cosa.
Y con esa actitud, casi ingenua,
no debelará secretos. Los atesorará
en su eterno baúl de recuerdos.
No se acuerda de casi nada, murmuran,
los verdaderos ingenuos,
mientras ella repasa confidencias,
infidelidades, deseos, odios muy recónditos,
lejanos y de otros tiempos.
Mira siempre lejos y no ve casi nada,
se preocupa su joven nieta;
pero ella mira allá, adentro. Y puede percibir
angustias, envidias, miedos, siente
los celos y puede ver muertos.
Una nunca sabe de verdad, qué cosas hace
una abuela que divaga y se distrae,
cómo más allá del tiempo.
