Aquel año estuvo enmarcado por un otoño lleno de colores marrones y amarillos. Poco a poco se enfriaban las noches y las mañanas. El sol seguía haciendo tibio los mediodías.
Primero llegó Clarita, la sobrina del abuelo Tomás. Me perdí ese encuentro porque llegó cuando estaba en la escuela. Me avisó papá cuando me recogió a las cinco. Y se me hizo eterno el camino a la Esmeralda.
No sé qué esperaba, recuerdo mi desilusión al verla. Era una mujer mayor, porque seguro tenía como treinta, según mi deducción. No era alta, ni baja, ni gorda. No tenía los ojos de piedra azul del abuelo Tomás y menos aún, su acento.
Me disgustó la atención de mi madre y más aún, la de mi hermana. Hablaban sin parar de cosas que no entendí. Como tímida venganza me refugié con mi gata en la carpintería donde el abuelo Tomás seguía con sus labores. Tenía los ojos más brillantes? Tal vez, pero su sobrina tomaba la merienda en la cocina y yo, en cambio, le hacía compañía como siempre.
Clarita se quedó como un mes, demasiado, hubo salidas y cenas o almuerzos compartidos. Mi hermana pasó a ser la anfitriona principal y al pueblo caminando, se fue con ella. Ni siquiera me invitó, por lo tanto tomé la decisión de vengarme:
– Mami, vocecita de niña mimosa, vos sabes qué va al pueblo a pasear con un muchacho y se dan besos?
– Y si, me imagino, yo a su edad hice lo mismo. Por eso te pido que la acompañes. Pero ahora con Clarita que es mayor, me quedo más tranquila.
Una maldad injusta sin resultado, rompí el secreto y fue inútil. Lloré abrazada a mi gata en mi cuarto de juguetes y me dormí sobre una de las camas.
Cuando se fue Clarita quedaron tan amigas con mi hermana que prometieron escribirse. El abuelo Tomás con ojos vidriosos prometió ir en diciembre a visitarla.
Y La Esmeralda quedó tranquila, pintada de otoño y con el fuego encendido. Y fue a los pocos días que anunciaron su llegada dos hermanos que eran primos de mi madre. Elba y Mauricio. La felicidad de mi madre disipó cualquier celo de mi parte. Estábamos muy lejos de su familia, en esos tiempos era muy pero muy lejos la Mesopotamia de la Patagonia.
La llegada de los primos fue divertida desde el principio hasta el final. Gente dicharachera y alegre, levantaron el buen humor de mamá y papá a límites que yo no recordaba. Creo, con temor a equivocarme, que la que estuvo un poco celosa fue mi hermana.
Recorrimos el Valle, el Río, fuimos varias veces a Neuquén, visitamos el Dique y el Lago. Los paseos se extendieron. También visitamos a los Mapuches. Y me regalaron un cabrito gris, tan gris como mi conejo.
Y mi padre agasajó a los primos con el cabrito asado. Y envío la piel para que la curtieran y que abrigara mis pies en invierno. Nunca la usé, se la regalé a mi hermana. Yo quería mi cabrito vivo y corriendo conmigo, no lo quería asado y su hermosa piel en mis pies.
Cuando los primos se fueron comenzó el invierno, llegó la escarcha nocturna. Se encendieron todos los calefactores y la estufa mantuvo su fuego desde la mañana hasta la hora de dormir.
También la Escuela tenía aquel largo pasillo de entrada con sus estufas a leña encendidas, hoy han sido remplazadas por las de gas.
El invierno, mi segundo invierno comenzaba allá en el Sur y aún no habían terminado mis primeras experiencias de…
