Está lloviendo. La lluvia, como dijo el gran poeta, sucede en el pasado.
Esta lluvia tan esperada y ansiada por el insano calor de los últimos días, te refugia de todos modos en un pasadizo interior.
Mis gatos juegan en la escalera. Ahuyentan el tedio con carreras y juegos de guerra felina. Chapotea el agua en el techo. Suspendo la agenda de hoy y me interno en las letras.
Un viernes de lluvia fue de amor entré sábanas cuando fui joven. Un viernes mojado falté a clases, me quedé en casa de una amiga, aprendí a hacer torta fritas, me quedé en la casona de la abuela saboreando increíbles buñuelos, me metí en la cama de mi hermana para escuchar una novela algo lujuriosa que leyó en voz tenue, me quedé remoloneando en mi cama y vi mis hijos jugar, me sentí desesperada por el ruido de los niños en la casa, me puse a jugar bajo el agua y terminé con un resfriado y un buen reto, salimos antes del Colegio y nos fuimos a tomar café como mujeres adultas, me quedé en casa con una gripe febril, leí todo el día comiendo manzanas, escribí cuentos de otoño, narré cuentos a los pocos valientes que fueron a mi hora de narración, vi jugar mis gatos aburridos como antes mis hijos, al no poder salir afuera.
Hubo un viernes de lluvia que aprendí a hacer botes de papel y soltarlo en la cuneta. Hubo otro donde aprendí recetas de tortas fritas y mi casa se llenó de olor a fritura. Hubo algunos terriblemente aburridos. Y hubo otros tristes, el llanto acompañó la lluvia.
Cuántos viernes con lluvia tiene una vida?

