Estuve en ese lugar y había una especie
de montaña de hielo con forma de oso.
También recorrí una estepa inacabable
donde el viento me arrancaba los
pensamientos y los dejaba flotando.
Alcancé un pequeño pueblo insertado
en un valle, tenía un perfume inigualable,
sombras de colores y dos soles.
Fui caminando hacia un páramo de puras
letanías, donde una profunda tristeza te calaba hasta los huesos.
Retocé una dicha de hierbas donde los pies
se me llenaron de cosquillas y reí como
en la infancia.
Entré a una cueva magnífica, estremecedora,
donde todo era tinieblas y era silencio,
un extraño poder parecía no dejarme salir.
Fue duro el camino hacia la Ermita que
nunca entendí porqué quise descubrir. La vi
tan pequeña y tan austera que la olvidé dos segundos después.
Me tendí en la hierba de un campo desolado,
lejos había casas y gente, me quedé mirando por horas o siglos, no conocí a nadie.
Atravesé el océano sin notarlo y cuando arribé
no vi nada más que piedras, torres, luces, prisas.
Atravesé ríos y nadé, tomé todo el sol y volví a mi casa feliz.
Los laberintos, que nunca fueron mi fuerte, me derrotaron siempre, siempre, y como un destino o una suerte, nunca pude salir de ninguno de ellos.
Conocí ruinas de las ruinas y me rodaron lágrimas por horas.
Anduve en los bordes de la pobreza y sentí que también era indigente.
En la capital de la riqueza me aburrieron los palacios, los espejos y las vitrinas.
Anduve caminos sin pueblos…
Pueblos sin caminos…
Caminé, me perdí, me encontré y no hubo forma de no volver.

