La bruja del pueblo

Que yo era la bruja del pueblo. Que era y exorcisaba demonios mientras dormía. Era una bruja reconocida. Pero solo podía ejecutar conjuros y profetizar en sueños, mientras dormía.

Usted venía y me pedía algo. La bruja, o sea yo, podía o no. Nunca mentía, pues era bruja muy sincera.

Pero tenía que poder dormirme y soñar su problema. Resolverlo o conjurar para ayudar o para maldecir. Si lo lograba, le daba garantías y en ese momento, cobraba mis servicios. Si no lo lograba, usted no pagaba nada y seguíamos intentándolo.

En ese mundo onírico solucioné amores y maldije y escupí, no tuve piedad y ellos conmigo, tampoco. Hubo fatales pesadillas donde resulté herida y desperté sobresaltada

dando maldiciones. Pero hubo sueños casi amorosos que me levantaron con una sonrisa.

Hubo sueños imposibles y otros, reiterados y persecutorios.

Lo mejor fue soñar con el día y la hora de mi muerte. Y supe que era cierto. Y me dormí para esperarla. Y vino.

Pero lo bueno fue que de tanto probar sueños no solo pude escaparme un par de veces sino, lo más importante, pude burlarla para nombrar mi sucesora. Para hacerlo tuve que reunir todas mis energías e hice lo que nunca: me metí en su sueño. La nombré heredera de todos mis sueños y la hice dueña de mis profecías.

La bruja del pueblo ha tenido una hija, gritaron todos en ese lugar, despertaron y sonrieron felices. Era la primera vez que el pueblo soñaba conmigo. Y salieron a festejarlo. Y no pude ver más nada porque la Muerte, metida en mi sueño, me dijo que era mi hora.

Mujer hoja

Desde pequeña demostró que su juego favorito era saltar, pisar o revolcarse en las veredas cubiertas de hojas de otoño. Su madre la llamaba riendo antes de limpiar el suelo lleno de hojas, para que pudiera saltar a su antojo.

No les pareció bien ni a padres ni a vecinos que ya en plena adolescencia siguiera haciendo lo mismo. Entonces comenzó a levantarse muy temprano, antes del alba, y recorría las veredas y calles sin barrer, en puntillas o dando pequeños saltos.

Y en cada casa que le tocó vivir hizo lo mismo. Y el barrio terminaba aceptando su figura alegre pisando y saltando la hojarasca de cada otoño.

Su marido, sus hijos e hijas, sus nietos y nietas, pasaron a considerar un juego que solo ella entendía. “ La loca del otoño”, la “ pisa hojas “, y otros sobrenombres menos buenos le pusieron. Pero nada derrotó su manía de andar entre las hojas de otoño antes del alba.

Frente a su casa construyeron una mansión de tres pisos. A su dueña le molestó aquella mujer madura que venía a pisar su vereda y desordenar sus hojas. Por eso contrató una empresa que juntaba todas las noches sus hojas y dejaba la vereda impecable.

Pero se marchó de viaje la dueña de la mansión y cuando regresó el cúmulo de hojas tenía más de cinco centímetros. Imaginarse a la loca revolcándose en su vereda la llenó de ira. Así que ella misma amontonó todas las que pudo, incluso las de otras casas y ese mismo atardecer, les prendió fuego.

La loca de las hojas se metió en la pira y sin un sonido, se fue quemando. Para cuando llegaron bomberos y ambulancias el pequeño fuego era nada, puras cenizas… y sólo encontraron unos aretes rojos con forma de hoja del otoño… de puro oro.

Ciudad perfecta ( LIJ)

Hoy, un cuento mío qué tal vez, me lo inspiró quién sabe qué situación. Lo pueden contar, leer, solo pido que nombren a la autora.

Ciudad Perfecta

Ni un solo hueco en el asfalto brillante de Ciudad Perfecta, así se llamaba. No sé si la conocieron, tampoco voy a pretender que crean en mi historia, pero sucedió.
Ciudad Perfecta tenía el orgullo de ser limpia, tranquila y lucir parques, plazas y calles intachables. Sus ciudadanos, esmerados en su mantenimiento, la cuidaban de día y de noche para que nada ni nadie —sobre todo nadie— les arrebatara el título de tener la ciudad más perfecta del mundo.
Hasta que una mañana, tempranito, alguien descubrió el bache en la Avenida Principal. Qué digo bache, ¡era un hueco enorme y tremendo que separaba al asfalto brillante en un círculo enorme!
Así, de la noche a la mañana apareció y se instaló en silencio, como suelen hacerlo los boquetes tramposos. Y su descubrimiento, por un guardia tempranero, originó una alerta general.
Mientras las autoridades organizaban el arreglo inmediato, se tejían todo tipo de deducciones sobre el suceso. Alguien dijo que tal vez un turista de otra ciudad, por envidia, había venido a destrozar Ciudad Perfecta. Como suele suceder con los comentarios, por tontos que sean, los fueron repitiendo como una lección y toda la ciudad los creyó.
Al final de ese día, la Avenida había sido reparada y lucía perfecta, como debía ser en Ciudad Perfecta. También, en el atardecer de ese día, los turistas fueron invitados a retirarse de la ciudad. Algunos protestaron, pero fue inútil: debieron irse porque los vecinos y autoridades los acusaban de sabotaje a su hermosa ciudad.
Desde ese día, la Ciudad Perfecta no recibió más visitantes. Tan preocupados estaban que cerraron la carretera y sólo permitían el paso a aquellas personas que seguían su camino sin quedarse.
Colocaron guardia permanente en la Avenida Principal y extremaron la prolijidad. Y durmieron tranquilos, hasta que volvió a suceder. Otro enorme boquete apareció, de la noche a la mañana, en casi el mismo lugar que la primera vez.
La situación desbordó los ánimos. No había turistas esa noche.
—¿Será posible que el saboteador sea una vecina o un vecino? —se preguntó alguien en voz alta.
La pregunta fue lanzada al aire de la ciudad, las bocas la repitieron y las orejas la oyeron.
Mientras, un equipo de trabajadores —los que habían cerrado el bache la primera vez— fue sancionado por hacer mal su trabajo. Otro equipo se ocupaba del nuevo buraco siniestro.
—¡Vigilancia permanente y redoblada, y ay del que se duerma! —gritó el jefe de todos los jefes.
Todos respiraron hondo, aliviados, se fueron a dormir tranquilos, pero ya no lograron hacerlo. Todas y todos comenzaron a espiarse. Todas y todos desconfiaban de los demás.
La vida en desconfianza es muy difícil. Nadie creía más en nadie, y la buena vecindad fue ganada por esa sensación extraña de que todos y cada uno de los habitantes podía ser el que hacía los huecos de la Avenida.
Sin más turistas, sin más confianza y espiándose, vivieron el tiempo que pasó antes que apareciera el último gran gran hueco.
Ahí sí terminó de estallar el caos. Fue el gran hueco que se llevó todo: los habitantes, las mascotas, las casas, los parques y la absoluta perfección que existía.
Porque, cuando apareció ese tercer y último hueco, los insultos, empujones, golpes y represión reinaron en las calles y casas. No hubo más un minuto de tranquilidad y ni taparon el hueco enorme que tal vez creció hacia afuera o, quizás, hacia adentro.
La cosa fue que Ciudad Perfecta desapareció y sólo nos llegó el rumor por algún turista que estuvo y nos lo contó.
Ustedes no tienen que creerme, pero una vez existió una Ciudad Perfecta que desapareció en un bache.

Las fotos

Tomar fotos a casas abandonadas ha sido siempre una especie de entretenimiento cada vez que tomé vacaciones. He tenido suerte, existen casas abandonadas en todos lados.

Ese año a pocos metros del mar, en una colina algo elevada, una casona que tuvo que ser hermosa y deslumbrante, tenía los techos volados, las ventanas sin sus marcos, las puertas ya no existían y las paredes, que habían resistido el deterioro, mostraban las huellas inexorables del abandono: yuyos, espinas, bordes desgastados.

Busqué por días el ángulo perfecto pero nada me satisfacía. Saqué muchas fotos y al ampliarlas en la computadora las deshechaba. Estaba buscando algo que no podía captar con mi cámara.

Me trepaba en el risco, pisaba sus desniveladas galerías invadidas de yuyos , intentaba con la cámara una imagen que diera cuentas del dolor de su abandono. Inútil, nada era tan bueno como yo esperaba. 

Fue la noche en que la luna mostró el mar detrás de una de las ventanas voladas cuando que creí lograr la imagen perfecta. Tomé una y más, era una noche tan mágica y aquella casona lucía tan triste mostrando el paisaje por sus ahuecados bordes. 

Después de las tomas rápidas fui corriendo a ampliar mis codiciadas fotos. Entonces supe que fotografie una pareja o más bien, sus sombras. Entre la luna y el mar,intemporales y distantes, una pareja en sombras escapó por algún lado y posaron para mí mientras yo soñaba que fotografiaba una casa en ruinas.

Me fui enterando de a poco, porque me daba ese no sé qué averiguar en un lugar desconocido, qué había sucedido allí. La historia de una pareja enamorada y feliz, recién casados, ricos herederos, sin que ni la salud, la belleza y el amor les faltara, que se suicidaron y luego, ante el horror, la mismas familias quemaron parte de la casona… me dejó temblando.

La historia la conoce todo lugareño. Por las dudas, no me traje las fotos.

Incendios

Se incendiaron bosques, campos y las casas cercanas. Se incendiaron refugios de animales y puentes. Nos cercó el incendio. Los incendios.

El calor del fuego ahogaba cada suspiro y cada lágrima. Aullidos y latidos se evaporaban con los fuegos.

Las noticias llegaban desparejas y lentas. Por no difundir pánico las suavizaban y los amarillistas, las exageraban.

Perdidos entre un sudor seco y una desazón confusa, nos dejábamos caer en algún lugar con sombra. Nunca habíamos mirado el cielo con tanta intensidad: dónde estaba la tan anunciada lluvia?

Intentando no caer en sentimientos apocalípticos nos inventamos actividades algo lúdicas y algo tontas. Recurrimos a todo tipo de ayuda, aún siendo enemigos de las compasiones efímeras.

En fin, que como toda especie, nos aferramos al refugio de la vida, que es lo único que conocemos, para sobrevivir porque también hemos sido una especie en evolución de supervivencia.

Y así pasaron las horas y los días, se fue intensificando el calor del fuego y agotando toda sombra. Seguimos en una especie de rebeldía sumisa: no hacíamos demasiado porque no queríamos movernos mucho y agotarnos aún más. Quién no quiere quedarse quieto con el inmenso calor infernal?

Fue un miércoles que vimos a lo lejos el incendio del sol. Un sol de fuego anunció que ya quedaba muy poco. Horas, con suerte un par de días.

No es fácil prepararse en masa para morir calcinados por todos los fuegos. Hubo diversas reacciones, algunos decidieron el suicidio otros la borrachera, asaltar farmacias para conseguir un sueño que hacía días no llegaba, comer lo que quedaba hasta hartarse, tirarse en la poca agua que quedaba y estaba también, contaminada y caliente, intentar hacer el amor para morir sudando en un orgasmo final, matar… eso, algunos, no pocos, decidieron matar a quienes hace años odiaban.

Reinó el caos. Mientras tanto el Sol siguió incendiándose y ya fue día y noche en forma consecutiva.

Algunos buscamos desesperadamente esta especie de “caja negra” para que tal vez un día, otros seres, la encuentren y puedan leerla…

Intermitencias

Queríamos irnos pero no sabíamos dónde, lo mismo nos daba un laberinto que un camino recto sin sentido. Y es muy raro, siempre nos creímos racionales.

Al final cuando tomamos la decisión, después de semanas de deliberaciones y discusiones, nos dirigimos a un lugar bastante obvio y conocido. Era irnos pero no tanto, elegimos eso. Y sin embargo, nos perdimos.

Encontramos en el camino, que para nada nos era desconocido, algunos perros muertos y muchos cactus que jamás habíamos notado. Unos campos secos que no recordábamos, pensamos que los perros habían muerto de sed.

Ya casi llegando al destino vimos el laberinto, nosotros no queríamos, no sabíamos que tendríamos que atravesar un laberinto. La tristeza me invadió y la alegría de haber tomado la decisión de viajar se me agotó frente a la vista del laberinto. Jamás tuve sentido de la orientación. Me ahogué en mi propia desilusión.

El laberinto era intrincado, gomoso, lleno de espumas con espinas y tenía un olor rancio, asqueroso. Antes de comenzar a perderme hice muchas arcadas, comencé a pensar en cómo no morir ahí dentro antes de intentar salir. Ante mi juicio desesperado no podría resistir, menos aún salir.

Una lechuza volaba sin sentido cerca mío y decidí seguirla, no veía nada más seguro. La lechuza era bellísima, con colores vivos que iban de blanco al violeta y de pronto, su vuelo me condujo al primer giro y dejé de verla, en su lugar de vuelo había un murciélago. En pleno día. Era un murciélago bastante grande y era tan oscuro que me pareció azul. Pero volaba bajo y me daba algo de temor, demoró mucho en llevarme hasta el otro cruce de caminos y cuando se alejó, nadie remplazó su vuelo. Caminé sobre el suelo lleno de espuma, me pinchaban las espinas, crecía el olor nauseabundo.

Me sentí perdida. Alguien tocó mi hombro y era mi abuela. me hacía señas de que siguiera, que no me detuviera, imposible no hacerle caso a mi abuela. Seguí caminando entre espuma, espinas, olor asqueroso, y así llegué al otro giro del laberinto. Me acordé del minotauro, no sé si lo vi, si de verdad estaba o si lo soñé, pues suelo caminar dormida. Ese animal mitológico que creo haber visto me salvó. De su visión a mi salida pasó poco tiempo.

Al salir del laberinto abracé a mis compañeros que hacía rato, días tal vez, me esperaban. En ese abrazo pudimos ver el mar a lo lejos y respiramos la brisa salitrosa que llegaba.

Sería el final del camino?

Nunca pudimos saberlo, pero era sólo el principio, el final, sería volver al lugar de donde quisimos salir.

Juana

– Qué hiciste Juana?

⁃ Justicia.

Así comenzó aquella mañana gris en el país europeo que jamás pensé visitar y donde me encontré con Juana. Fue tan sorprendente el encuentro, diez años sin vernos como encontrarla viviendo en Europa.

Juana y yo no éramos amigas íntimas pero compartimos durante algunos años intereses literarios y de edición de libros. Nos encontrábamos en cursos, talleres, conferencias y algunos otros eventos.

Creo que solo dos veces nos fuimos solas a tomar una copa de vino pero no recuerdo haber intimado más allá de lo común y corriente.

⁃ Lo mataste?

⁃ No, yo no…

⁃ Pero bueno, es casi lo mismo.

⁃ Es algo totalmente diferente!- agitó su larga cabellera oscura y dejó de mirarme.

La historia de Juana era una historia común o no, según usted lo mire. Ella siempre me dijo que estudió antropología y le creí, porqué no, nunca me aclaró cómo había terminado siendo editora de libros. Sé, era obvio, que abandonó la antropología.

Tal vez la habían obligado a estudiar? No, cuando hablaba de antropología marina, su cara adquiría ojos y gestos felices. Cuando compartimos un paseo y un almuerzo con su marido, se me ocurrió pensar qué tal vez, abandonó su profesión por él, o por su hijo. Era una posibilidad.

Formaban una linda pareja joven. No llegaban a los cuarenta. Tenían un solo hijo que era brillante en los estudios. Que no eran felices, se les notaba.

El hijo quería ser médico y el padre quería que heredara su negocio. La única vez que la vi poner un gesto durísimo fue cuando, en una cena con amigas, nos contó lo mucho que discutía con su marido para que dejara al muchacho estudiar lo que quería.

En otro seminario que coincidimos me contó que el hijo había obtenido una beca total en una excelente universidad. El marido ya no podía oponerse, con o sin su ayuda, el joven estudiaría medicina.

Era tan obvio que el mundo de Juana era su hijo. Ahora ya no estoy tan segura.

Juana se ha mudado a Europa y su hijo sigue en su país estudiando, a punto de ser médico. Ella vive con su nueva pareja y en las fotos, se ven tan felices…

Al marido de Juana lo mataron de forma inverosímil y estúpida. A media mañana salió hacia la calle hablando por su celular, adentro del comercio estaba Juana, y con un pequeño cuchillo de cocina le perforaron el hígado, se llevaron el celular.

Cuando Juana salió el hombre ya estaba bañado en sangre, cuando llegó la ambulancia estaba agonizando desangrado. Murió camino del hospital.

A mí me avisaron amigas en común. Pero recién volvimos a vernos casi al año, en otro simposio.

Estaba muy delgada. Es verdad. Tenía una sombra en la mirada. También es cierto eso. Se iluminaba cuando hablaba de su hijo, como siempre. El joven iba muy bien en sus estudios.

Y nada más. El hombre murió y nunca nadie supo nada del incidente. Pasó la pandemia, pasaron dos años, no nos vimos.

La encontré hace pocos días en Europa donde reside desde hace más de un año. Está feliz, y se le nota, con su pareja. Dejó su adorado hijo y vive lejos, enamorada y exilada, adaptándose.

De qué se exilia una mujer? Del desamor, de la obligación, del miedo, de la sospecha? De eso y mil motivos más. Unos más dignos que otros.

Tiene derecho a ser feliz, a considerar su pasaporte europeo( aunque hablaba lenguas aborígenes y defendía sus causas), tiene también derecho a amar y cambiar todo lo que quiera cambiar.

Tiene derecho a olvidar el pequeño cuchillo clavado en el hígado, la infortunada mañana donde toda la sangre se fue por la acera, si, tiene derecho. Incluso a no querer vivir donde vive y estudia su único hijo, que fue su luz, su vida.

También tiene derecho a olvidar que nunca se supo quién destrozó ese hígado a cambio de un celular.

Lo demás, me lo inventé para contar una historia.