– Qué hiciste Juana?
⁃ Justicia.
Así comenzó aquella mañana gris en el país europeo que jamás pensé visitar y donde me encontré con Juana. Fue tan sorprendente el encuentro, diez años sin vernos como encontrarla viviendo en Europa.
Juana y yo no éramos amigas íntimas pero compartimos durante algunos años intereses literarios y de edición de libros. Nos encontrábamos en cursos, talleres, conferencias y algunos otros eventos.
Creo que solo dos veces nos fuimos solas a tomar una copa de vino pero no recuerdo haber intimado más allá de lo común y corriente.
⁃ Lo mataste?
⁃ No, yo no…
⁃ Pero bueno, es casi lo mismo.
⁃ Es algo totalmente diferente!- agitó su larga cabellera oscura y dejó de mirarme.
La historia de Juana era una historia común o no, según usted lo mire. Ella siempre me dijo que estudió antropología y le creí, porqué no, nunca me aclaró cómo había terminado siendo editora de libros. Sé, era obvio, que abandonó la antropología.
Tal vez la habían obligado a estudiar? No, cuando hablaba de antropología marina, su cara adquiría ojos y gestos felices. Cuando compartimos un paseo y un almuerzo con su marido, se me ocurrió pensar qué tal vez, abandonó su profesión por él, o por su hijo. Era una posibilidad.
Formaban una linda pareja joven. No llegaban a los cuarenta. Tenían un solo hijo que era brillante en los estudios. Que no eran felices, se les notaba.
El hijo quería ser médico y el padre quería que heredara su negocio. La única vez que la vi poner un gesto durísimo fue cuando, en una cena con amigas, nos contó lo mucho que discutía con su marido para que dejara al muchacho estudiar lo que quería.
En otro seminario que coincidimos me contó que el hijo había obtenido una beca total en una excelente universidad. El marido ya no podía oponerse, con o sin su ayuda, el joven estudiaría medicina.
Era tan obvio que el mundo de Juana era su hijo. Ahora ya no estoy tan segura.
Juana se ha mudado a Europa y su hijo sigue en su país estudiando, a punto de ser médico. Ella vive con su nueva pareja y en las fotos, se ven tan felices…
Al marido de Juana lo mataron de forma inverosímil y estúpida. A media mañana salió hacia la calle hablando por su celular, adentro del comercio estaba Juana, y con un pequeño cuchillo de cocina le perforaron el hígado, se llevaron el celular.
Cuando Juana salió el hombre ya estaba bañado en sangre, cuando llegó la ambulancia estaba agonizando desangrado. Murió camino del hospital.
A mí me avisaron amigas en común. Pero recién volvimos a vernos casi al año, en otro simposio.
Estaba muy delgada. Es verdad. Tenía una sombra en la mirada. También es cierto eso. Se iluminaba cuando hablaba de su hijo, como siempre. El joven iba muy bien en sus estudios.
Y nada más. El hombre murió y nunca nadie supo nada del incidente. Pasó la pandemia, pasaron dos años, no nos vimos.
La encontré hace pocos días en Europa donde reside desde hace más de un año. Está feliz, y se le nota, con su pareja. Dejó su adorado hijo y vive lejos, enamorada y exilada, adaptándose.
De qué se exilia una mujer? Del desamor, de la obligación, del miedo, de la sospecha? De eso y mil motivos más. Unos más dignos que otros.
Tiene derecho a ser feliz, a considerar su pasaporte europeo( aunque hablaba lenguas aborígenes y defendía sus causas), tiene también derecho a amar y cambiar todo lo que quiera cambiar.
Tiene derecho a olvidar el pequeño cuchillo clavado en el hígado, la infortunada mañana donde toda la sangre se fue por la acera, si, tiene derecho. Incluso a no querer vivir donde vive y estudia su único hijo, que fue su luz, su vida.
También tiene derecho a olvidar que nunca se supo quién destrozó ese hígado a cambio de un celular.
Lo demás, me lo inventé para contar una historia.
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