El olvido que no seremos

“No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo”.

-Emil Cioran

Hubo de esos momentos terribles. Con hermano, muchos, su esquizofrenia paranoica nunca comprendidas. Hubo momentos duros cuando en mi querer cambiar el mundo, la vida o la realidad, me llevaron detenida y angustié a mi madre, a vos. Hubo también momentos tan crueles como la muerte de papá, vos tenías 25 pero yo, apenas 15. Y salir a mendigar para pagar la hipoteca…

Cuando mamá estaba entrando en coma, estábamos las dos a su lado y la tía, la que aún vive y es mi madrina, de pronto mamá se sentó, abrió los ojos y sin ver nada, dijo fuerte y claro:

  • Ahora sí, me muero.

Y se acostó, se durmió y poco a poco en cinco o seis horas más, el corazón fue parando. No sé qué vio, no sé que sintió para declarar fuerte que ese era el momento.

Hubo otros momentos duros, ásperos, difíciles de digerir. Una madrugada, cerca de las 2 am tu hija llamó desde la Seccional Policial del menor y pidió por mi marido. A las cinco o seis de la mañana la trajo a casa.

  • Mañana tenemos que hablar con el Juez de menores, ese hijo de puta, mi medio hermano, la acosa hace tiempo. No sé qué tiene tu hermana en la cabeza que no lo saca a patadas de la casa…

No, no sabía después de tantos años cómo funcionaba tu pensamiento. Qué hacías. Porqué permitías esa aberración. Qué había sucedido. Primero debí de tomar juramento a mi marido que no iría a buscar a su medio hermano. Haríamos las cosas bien.

Se pueden hacer ese tipo de cosas bien? No sé. Por mi parte hice todo lo que dijo el Juez: mi sobrina, tu hija, tenía que ir a psiquiatra infantil, al médico, recomponerse en un ambiente tranquilo y yo firmé que me haría cargo de todo eso. Mi momento fatal, no debí hacer nada sin sentarme a hablar con vos.

Creo que vos necesitabas más tratamiento que ella. Pero hacía tanto tiempo que éramos casi dos extrañas. Que ni te consulté. Me hice cargo. Otra vez dejé que la influencia masculina me dictara qué hacer, no lo pensé bien.

Cómo hacerme cargo con un hijo de 14 años, otro de 4 y una niña de 3? Y un marido en diálisis? Yo no estaba en la plenitud de mi vida como madre, como mujer. Estaba perdida entre aprender a ser madre, cuidar un hombre enfermo y trabajar su negocio para mantener nuestra economía que disminuía. Porque por aquellos años, tuvimos que pagar varias diálisis antes de que pudiera hacerse a través de la mutualista. Y nos desequilibró económicamente. Era muy caro hace más de 30 años, pagar diálisis tres veces por semana.

Pero mi sobrina era una hermana mayor para mis hijos chicos. El trabajo más grande era llevarla a terapia, al médico y tratar de ver si al año siguiente, encaraba estudiar otra vez.

Mientras todo eso sucedía vos tampoco me llamaste. Tampoco buscaste la forma de ver a tu hija. Qué horror! Era normal que yo me hiciera cargo y vos te desentendieras? Era normal no contarte lo que me dijeron el psiquiatra y el médico?

Solución que encontramos: nos fuimos todos un mes de enero completo a la playa. Bellísima solución sin solución.

La playa, el mar, los paseos, la felicidad de un enero lleno de sol. A pesar de la diálisis. Estuvimos como una familia durante casi un mes, hasta el golpe. Mi marido sufrió una terrible des compensación y tuvimos qué regresar.

Hoy, después de tantos años me preguntó cómo lo hice, cuatro chicos atrás, conduciendo el auto con mi marido adormilado y dolorido a mi lado. Le inyecté yo mismas dos calmantes en el trayecto. En el camino también fui hablando con sus médicos, nos estaban esperando e inmediatamente lo atendieron. Lo mío era ver quien se quedaba en la casa. En el negocio. En el sanatorio: mi marido empeoraba con diagnóstico de cáncer de colon y había que operarlo casi inmediatamente.

Y fueron dos meses de internación para mí también. Mientras él se batía a duelos con la muerte procuraba estar a su lado. Me perdí el inicio de las clases, qué comían en casa, cómo iba pagando las cuentas. Me olvidé de todo: quería salvarlo de una muerte que parecía segura.

Un día mientras estaba en el Sanatorio y mis hijos en la Escuela fuiste a casa y te llevaste tu hija. No sé si hablaron antes. Si ya estaban en contacto. Pero mi furia fue tan grande que no logré controlarla.

Entré en tu casa sin golpear. Cocinabas algo y me miraste como diciendo: estaba esperando qué llegaras. Te dije todo lo que pude. Escupí palabras. De lo que pasó: como permitías a tu marido toquetear, acosar a tu propia hija? Porqué la sacaste de mi casa sin aviso? Y mi firma ante el Juez? Y el tratamiento con el psiquiatra? Qué ibas a hacer?

Nada. Seguiste cocinando. Una media sonrisa o una mueca. No sé, hermana, nunca supe. Grité por mí, que también fui una niña acosada por un tío, por vos que acusaste a otro tío, grité porque mi marido se estaba muriendo y no tenía fuerzas para obligarte a ocuparte de lo que tenías que ocuparte. Grité porque en ese momento, mucho más que en cualquier otro, deseé que fueras mi hermana mayor, aquella que había tenido . Vergüenza, rabia, indignación y un profundo cansancio.

Cuando dije: no sos más mi hermana, me lo creí. Me fui llorando y con un silencio total de tu parte. Ni me hablaste.

Y después de algunos años, mi marido, que se salvó esa y otras veces de la muerte, nos volvió a unir, cuando supo que finalmente su medio hermano ya no estaba en tu vida,

Después de mamá

“Uno debe dar valor a su propia existencia cómo si fuera una obra de arte”.

-Friedrich Nietzsche

Después de mamá en mi vida estabas vos. Aveces antes. Esos diez años me hicieron haragana a la hora de planchar o lavar. Siempre me dejabas las tareas livianas: secar los cubiertos y sacar el polvo de los muebles. Vos hacías todo lo demás.

Sabes que hasta hoy me obsesionan los cubiertos sin secar y el polvo en los muebles? Pero no planché jamás mi uniforme, no cociné, ni cosí un miserable dobladillo. Vos me sacabas las cosas de las manos: anda a estudiar, decías. Eso condicionó que lo mío era estudiar, lo tuyo todo lo demás. Supongo. Me hice cargo? Por un buen tiempo.

Pero cuando yo logré separar por un Río que también es frontera, a mamá del matriarcado y su familia, ella ocupó tu lugar. La tuve para mí y fuimos madre e hija, amigables, cómplices y pude, me di el gusto de llevarla de paseo. Conmigo miró el mar por primera vez y se doró de sol. Conmigo visitó, como en su juventud con papá, restaurantes buenos y cada domingo, salidas diferentes. Qué feliz me sentía, era como una deuda con mi madre.

Esos cinco o seis años en Montevideo fueron de absoluta felicidad. Me había prometido, y también a mi marido, que debido a la situación de Argentina, mantendría un bajo perfil y no accionaría en política.

Mamá, que nunca había vivido mejor, tal vez lo fue en aquel paraíso de Cinco Saltos de la Patagonia Argentina, se fue enfermando. Fue de a poco. Porque supongo que los paseos, mi lejanía de las persecuciones políticas y de hermano, siempre desolando su sentir materno, incluso vos que estabas lejos y supuestamente viviendo bien, impidieron durante unos diez años que su enfermedad la matara antes.

El nacimiento de mi segundo hijo también contribuyó, otro varón para mimar, para en parte, remplazar al hijo loco. Pero no duró demasiado. Cuando regresamos al Norte madre comenzó a desmejorar. Recorrimos muchos especialistas, sanatorios y hospitales.

Entonces supe que vivíamos en la misma ciudad porque acompañaste a mamá a una clínica carísima y trajiste el diagnóstico. Mami estaba muy enferma y su corazón estaba hecho de una fragilidad tal que no resistiría ninguna cirugía.

No nos vimos. Simplemente la trajiste y mamá me llamó, quería ver sus nietos varones y mi panza, que ya estaba a punto de dar a luz a mi única hija.

Mamá resistió más de lo que los médicos dijeron. Se aferró a mis hijos, se duplicó con ese verbo maravilloso que es abuelar y soportó, estoica, la enfermedad cardiaca que la iba secando. Tomaba tantos medicamentos, hacía tantos tratamientos, fue una lucha mantenerla viva dos años más. La suya fue una lucha contra la enfermedad y la mía, en mantenerla a mi lado. Mis hijos la adoraban. A mí se me hacía imposible vivir sin ella.

Un verano caluroso, eterno, húmedo, comenzó a pedirme volver a su casa materna.

  • No quiero morir acá- me dijo llorando- quiero estar con mi hija muerta y con tu padre, en el panteón familiar.

Yo, la idiota, sin palabras. La escuchaba y no la oía. No la consolaba, no la llevaba. Pasaban los días sin que yo, la idiota, escuchara sus ruegos. Tenia tres hijos, un marido que también se estaba enfermando y un afán por conservar mi vida como hasta entonces.

Pero un día la oí, llorando la dejé en casa de la matriarca que aún vivía pero ya no la reconocía como su hija mayor. La abuela ya tenía noventa años y demencia senil. Era una niña más en la inmensa casona donde mi tía y mi tío, terminaban de criar siete hijos y una mujer que demandaba más cuidados que todos ellos juntos. Pero tuve que dejar ahí a mamá. Me sentí tan culpable.

Duró apenas un par de días antes de que me llamaran, mamá estaba internada y el diagnóstico era de poco tiempo de vida. Me fui, dejé mis hijos, mi niña pequeña, dejé mi marido enfermo, me interné con mamá sus últimos cinco días de vida. Y nos volvimos a ver, finalmente, un día antes del último suspiro de nuestra madre.

Meses dormí abrazada a su último camisón sin lavar. Su último desabillé también sin lavar. El sueño se fue de mi vida. Tuve insomnio, tuve pánico, tuve depresión y nadie pudo sacarme del duelo durante meses.

Después de mamá apareciste en mi vida. Volvimos a abrazarnos y a llorar juntas. No éramos las mismas. Éramos dos hermanas separadas por exilios diferentes pero que vivíamos en la misma ciudad y no nos visitábamos. De vez en cuando teníamos noticias una de la otra. El gran escollo eran los maridos, los medio hermanos, que habían jurado no volverse a hablar. Y nosotras nos hicimos eco y renunciamos al derecho de estar juntas.

Pasó un año con trámites sucesorios y nos vimos para vender la casa: nuestra casa! Y la parte de mamá que aún quedaba en la chacra de los abuelos. Ese dinero te ayudó mucho, me enteré muchos años después, también a mí me permitió comprar la propiedad que luego casi acaba con mi propia vida.

Nos vimos sí, para un par de trámites de sucesión, para firmar papeles y las dos como queriendo borrar el pasado. Nunca lo logramos.

Yo había estado presa muchos años en este país. Nunca te lo conté. A pesar de mi bajo perfil, las Fuerzas Conjuntas de Argentina y Uruguay me secuestraron. Estuve detenida y cuando me soltaron, tenía que ir a firmar en Inteligencia cada quince días. Me quitaron el documento y no pude volver a Argentina hasta que regresó la democracia. Nunca hablamos de ello. Y ese hecho, cuando sucedió, debe de haber acelerado la enfermedad de mamá. Pero mi silencio fue total. Nunca te lo conté ni esa vez, ni las siguientes veces que estuvimos juntas. Ni siquiera cuando antes de tu final, viviste conmigo.

Después de mamá, de la insensatez de las ventas, volvió la distancia y el silencio. Me salvaron mis hijos y un marido que caía en diálisis y enfermedades constantes. La verdad, apenas tenía tiempo para sostener un mundo que se me caía a pedazos y debía impedirlo a costa de mi propia salud.

Fue otro golpe del que jamás hablamos.

Nosotras las veces que nos vimos y convivimos, después de mamá, fue para recordar cosas lindas del pasado. No nos contamos dolores. Tuve unos cuantos y vos los tuyos. Porqué el silencio? Porqué no nos contamos los calvarios? No nos teníamos confianza?

Después de mamá y vender las propiedades no volvimos a estar juntas hasta la muerte de mi marido.

Pero antes de eso hubo un hecho cruel, importante y denigrante, que me involucró, que involucró también a mi marido y no sé si lo puedo contar.

Después de mamá, después de tu muerte: tengo que volver a hacer silencio?

Pequeñeces

«Cuando uno está rodeado de tinieblas, la única alternativa es permanecer inmóvil hasta que sus ojos se acostumbren a la oscuridad» – (del libro Tokio Blues) HARUKI MURAKAMI

Pequeña era tu niña, pequeño era el mío. Pasaba la vida como por el costado nuestro. Mamá recobró un poco de su felicidad con los nietos. La casa de la abuela siguió siendo la referencia obligada.

La tía nueva rica les enviaba cada día más manteles, servilletas y pastas caseras para hacer.

Estoy aquí hoy, en ese antiguo restaurante re inaugurado cinco veces. Cuando tenía doce años vinimos a su inauguración con un italiano casi millonario que había contratado a papá y nos invitó a toda la familia. Sin hermano. Él ya estaría en una de esas jaulas para locos que le conseguíamos. Aquí estoy. Mirando las enormes diferencias y no solo las físicas.

Este restaurante en su tiempo fue el de mejor nivel. Nosotros pudimos acceder a un almuerzo porque el italiano que contrató a papá era un gran empresario. Muchas cosas que tuvimos, lo narro en mi libro sobre los dos años en Cinco Saltos, fueron porque papá trabajó para grandes empresas. Y vivimos como si de verdad perteneciéramos a esa clase social que no era la nuestra. Por eso cuando papá se enfermó, cuando quisiste transformar la casa en un negocio próspero y después, la deuda contraída terminó con la vida de papá, la caída fue estrepitosa.

Vos habrás sufrido mucho más. Te debes de haber sentido culpable o responsable. En mi adolescencia llena de egoísmo y con la cabeza puesta en mil cosas, lo pensé mucho después y recién me animo a escribirlo.

Acá, sentada con mi marido en aquel antiguo restaurante de pueblo, ahora me lo puedo pagar y no es ni la sombra de lo que fue. Nos pienso.

No sé escribir novelas y por eso: como sigo la parte intrincada del relato donde con dos hermanos aparecemos por diferentes caminos y motivos en Uruguay? Como se cuenta eso sin caer en contar verdades crudas y mirar desde la distancia el horror, la vida en llagas y se narra como simple escritora?

En una hora veré a la única tía viva, veré una parte de la vieja casona de la abuela, veré algunas calles reconocibles, el Colegio, las plazas. Veré con estos ojos que escrutan en el tiempo el recuerdo de quienes fuimos y por qué no pudimos ser otra cosa.

Sentiré como ahora, mal sabor en la comida, pesadumbre para caminar las calles, agonía para cruzar el río y después, la intrincada realidad de enfrentar la pantalla para pretender la historia. A veces creo que soy arrogante. Esta historia recién comienza y los ribetes más trágicos no sé cómo los contaré y nadie en este mundo los debería leer.

  • Vas a contar la intimidad verdadera de tu familia, pregunta mi marido.
  • O cuento la verdad o no cuento nada.
  • No podrás contar solo un poco, murmura, hay gente viva aún.
  • Mi familia no me lee, argumento.
  • Y si justo este lo publicas y lo leen?
  • Es la verdad…y no sé si es para publicar.

Así vamos pisando veredas que en aquellos años pisé muchas veces a tu lado. La del correo, por favor, la más conocida. Cuantas cartas podía escribir mi hermana? Con su letra redondita y faltas de ortografía? Pero cartas convincentes: las respuestas lo demostraron.

Tal vez querida, este lugar que ocupo debió ser el tuyo y el mío, debió ser, desaparecer. Cuando me encapucharon y encerraron en el año 78, debí desaparecer y tal vez hoy, estarías vos escribiendo la historia y tendrías mejores respuestas.

Por ahora me resigno y aunque parezca mentira subo los siete grandes escalones de la casa de la abuela. Voy a visitar la única tía viva. Si puedo hablaré de esos tiempos duros. A veces ella, no solo me sigue, sino que aporta mejoras a mi memoria.

En el ojo de la tormenta

“ Para darnos cuenta del valor del ancla necesitamos sentir el estrés de la tormenta” – Corrie ten Boom

Un año duró la enfermedad de papá. Tres infartos más, edema pulmonar y el final, estallido de aorta. Así era papá, un corazón enorme y ganas de comer. Nunca fue un gran fumador, ni tomaba mucho alcohol, a padre le gustaba cocinar y comer. Vos y mamá culparon a su glotonería de una muerte que se lo llevó antes de los sesenta y a mí, me dejó huérfana de padre a los quince.

Una de las tardes, cuando comenzó su enfermedad y lo mantenía entretenido tomándome lecciones, me había preguntado qué quería para mi cumpleaños. Nada de esas fiestas que parecen para presentarte en sociedad, respondí y papá sonrío con toda su dentadura perfecta. Entonces nos vamos a Misiones, me dijo. Te llevo a conocer donde naciste porque eras muy pequeña cuando regresamos.

Alguien supo lo que soñé con ese viaje? Tener a padre para mí, porqué quien dudaba que vos eras la niña de sus ojos? Es más fácil si se nace después de que murió la primera hija.

La noche helada de junio, cuando murió papá, mi mejor amiga se quedaba en casa. Estábamos preparando los exámenes cuatrimestrales de julio. La noche tenebrosa, cruel y oscura, en que el corazón de papá dijo basta ya el negocio daba quiebra y tu amante gigante, no volvería.

Hermano seguía escapando cada mes y eran luchas contra sus voces que enloquecían la familia entera. Miedo, golpes, todo tipo de medicamentos y nuevamente, encerrarlo. Acaso le preguntamos a padre lo que sufría?

Nunca nada nadie le preguntó. Padre era el ancla y esa noche helada, vomitando sangre, perdimos el ancla y quedamos desnudas a la deriva, en una tormenta interminable.

Estos días en que escribo, pienso y me duele el cuerpo, que los he sobrevivido a todos. Que me he tomado el trabajo de contar esto y lo otro, acá y en infinitos relatos, porque tal vez me sane. Porque quizás me encuentre.

Pero este es tu relato. Y hoy, sí hoy año 2025, me di cuenta que nunca estuviste cerca en los momentos difíciles. Por qué? Porqué si eras la favorita de papá y la compinche de mamá cuando se fundió el maldito bazar y no volvió tu amante gigante, tuve que acompañar yo a mamá a rogar pedir la prórroga de la hipoteca. Después visitar al amigo millonario de papá, al que nunca le aceptó dinero, y rogar pedir que nos ayude con la hipoteca. Con mis tristes quince años a cuestas y una madre al borde de la locura. Vos nunca fuiste.

Salvamos la casa, claro. Papá fue un hombre querido y respetado. El dinero que sobró mamá lo destinó a dividir la casa. Te hizo un departamento en el fondo e hizo otro más para alquilar. Te desterró mama? No sé, me quedaba un año de secundaria, quería ir a la Universidad, no veía la forma y me sentí aliviada. Finalmente tenía a mamá de mi lado. Vos? Al fondo, a la izquierda. Así de mal me sentía.

Ese departamento tuyo fue unos años después mi propio refugio. Pero primero disfruté a mami para mí.

Y vos seguiste tu vida trabajando y comenzaste a leer el Tarot. Otra vergüenza! Para mí era terrible, estaba en plena edad de no creer en nada y menos en el horóscopo o el Tarot o cartas astrales.

Quién me diría que treinta años después me leerías mi destino? Quién me diría, con el enojo que tenía contigo, que casi en el final de tu vida, me aferré a vos como salvavidas? Quién carajos me iba a decir que te sigo extrañando? Quién fue el reverendo hijo de puta que no me permitió saber que te estabas muriendo?

De ese personaje no puedo hablar ahora. Fue el último amante, el esposo real que tuviste. Tu última gran desilusión. Que el amor querida hermana, te traicionó mil veces, pero nunca te diste por vencida.

En esos años, sin el ancla de papá y vos lejana aunque en el fondo de casa, me llegó el primer amor y el deseo de ir a la Universidad. Mamá estaría más que cansada porque me propuso alquilar la casa, el apartamento del fondo e irnos juntas a Buenos Aires, donde trabajaba también, mi primer novio oficial.

Y así, feliz y aturdida me fui con mamá. Primera separación. Duraría poco pero cuando nos fuimos me gustó demasiado. La familia materna furiosa con mamá, vos, como siempre que te disgustabas, con un silencio de muerte y tus ojos enormes destellando ira.

Nos alejamos a una vida tan diferente. Te dejamos sola viviendo como podías trabajando en todo lo que podías y pasando hasta mal. Me odiaste por llevarme a mamá y vivir otra vida?

En realidad: nunca supe si eras capaz de odiar. Lo tuyo eran iras tremendas que duraban unas horas. Igual a papá.

Cuando nos separamos por primera vez, la distancia con la Capital era muy larga. Tren eterno o caminos bituminoso de escasa fidelidad. Eran horas de viaje. El tren sobre un ferry enorme, Brazo Largo y sus puentes no existían.

Cuándo nos separamos no sabíamos cuándo nos volveríamos a ver? No obstante, nos despedimos sin llantos, ni aspavientos, como si dijéramos, hasta mañana.

No fue un hasta mañana. Fue una vida totalmente diferente. Enfrentar la Universidad y tener que rendir exámenes para poder ingresar, un novio intelectual y de izquierda, una madre que extrañaba. Mi mundo era vertiginoso, despiadado, descubriendo el sexo, las ideologías y reprobando algún examen por primera vez.

Teníamos en nuestra pequeña ciudad una tía que se volvió casi rica con sus restaurantes. Gracias a ella tuvieron trabajo vos y su propia hermana. Les habrá ofrecido alguna vez un trabajo adentro del restaurante? Vos podrías haber hecho, supongo, las adiciones por ejemplo. No, la tía casi rica tercerizó los servicios y pusieron lavadero y el amasado de pastas caseras en la casa de la abuela.

Cuánto tiempo lavaste, planchaste y ayudaste a amasar? La tía casi rica nunca te quiso, vos acusaste a su marido de tocarte a escondidas. Imagínate! La primera que levantó la voz contra un pariente que acosaba. Ni yo, que también me pasó, lo hice. Vos lo acusaste adelante de todos los familiares. Y a partir de eso, fuiste una oveja negra. La tía casi rica decía que vos provocabas, te ponías short y polleras muy justas. La tía casi rica explotó a su propia hermana, a vos, al que pudo, pagando miserias y ganando mucho.

Mientras vos sufrías esa insensatez de nuestra propia familia, no parabas de estudiar espiritismo, Tarot, cartas astrales y tenías algún amante. Nos voy a morirme sin tener un hijo, una hija; me habías dicho antes de que nos fuéramos a capital. Y también estabas buscando eso.

Y porque de alguna manera teníamos que vivir también la maternidad juntas, nos quedamos embarazadas con tres meses de diferencia. Mamá tuvo que repartirse para estar en ambos partos. Volví a sentir algo parecido al rencor.

Tenía a mi madre feliz en la capital, eso creía yo, lejos de esa férrea vigilancia materna, no tenía sosobras a fin de mes, andábamos juntas y creo que la cuidaba. Mi novio la quería mucho, eso creía yo. Qué necesidad de embarazarte y que mamá tuviera qué regresar?

No pude o no quise abortar. También estaba embarazada y tenía solo diez y siete años, no entendí eso, mamá decidió ir a cuidarte. A mí se me partió el mundo. Qué haría yo con todo ese mundo y un novio que no aceptaba mi renuncia al aborto?

Buenos Aires es inmenso y triste. Te traga y te devora esa ciudad. Te distraen muchas cosas. Me costaba estudiar. No me pesaba para nada el embarazo. Me escurría por pasillos donde la música, el teatro, el cine, los cafés con clases de ideología se abrían como ventanas al hollín porteño. Cuando tenía tiempo jugaba a ser ama de casa y recordaba que vos siempre me habías hecho todo y yo, tan cómoda, nunca aprendí nada.

Nos escribimos algunas cartas que fueron cortas. Para contarnos cosas del embarazo y me avisaste ( vos siempre me avisaste las cosas que ocurrirían) que yo tendría un hijo varón y vos, una nena. La ecografía de tu Tarot así lo decía y así fue.

Paréntesis

Una de las tantas veces que escribí sobre hermano, para perdonarme, para entender, para liberarme:

Mi hermano nació con una maldición que lo hizo vivir prisionero casi toda su vida.

 Para cuando le diagnosticaron la esquizofrenia ni yo, ni mi familia, ni los médicos de esa época, tenían demasiada información sobre el tema. Nos dijeron tantas cosas y nos aconsejaron tantas otras que la mayor parte de su vida probó tratamientos, terribles, dolorosos, para que finalmente, lo encerráramos.

Pero él era un pájaro. Se escapaba de sus jaulas siempre. ¿Cómo lo hacía?, no se sabía, porque tenía carceleros fieros pero él, siempre los burlaba. No había forma de tenerlo prisionero, en esas épocas terribles de dictadura, cuando los jóvenes no salíamos a la calle sin documentos, él que nunca tuvo los suyos porque se los quitaban, sin otra cosa que el uniforme de su manicomio, burlaba a todos: volaba, se escapaba.
Mi hermano era muy inteligente, leía muchísimo y le apasionaba la geografía. Sin embargo a los médicos no les importaba ese detalle. Mi hermano era peligroso porque en su cabeza las voces lo enloquecían de una manera que la furia lo dominaba y golpeaba a todo lo tocaba. Ni el chaleco de fuerza lo sujetaba. Su locura era de una dimensión extraordinaria.

Era un pequeño pájaro, estoy segura, delgado y de piel tan blanca, renegrido los ojos y el cabello. Era un hombre bello que cuando escapaba, en el limbo de su locura, se transformaba en pájaro. Porque no hay forma de explicar sino, como podía siempre evitar que lo rastrearan y lo llevaran de regreso.
Eso creía cuando era casi adolescente, mi hermano aprendió a volar y cuando lo encerraban, se escapaba con tal precisión que nunca lo podían rastrear.

Cuando se escapaba regresaba a casa hecho un desastre: tiritando de frío, con el cuerpo en un temblor intenso, por el castigo del electro shock, asustado y furioso por su jaula medicamentosa. Y al poco tiempo, otra vez, conseguíamos otra jaula. Le teníamos tanto miedo a esa locura suya de escuchar voces que lo azuzaban contra nosotros.
En uno de esos escapes una lluvia intensa le mojó las plumas y lo encontraron tirado, ardiendo en fiebre. Esa fue la única vez que lo rastrearon, que lograron encontrarlo; él, se murió de una infección pulmonar…dijeron. Supe que se murió porque le rastrearon su vuelo y porque su sufrimiento, ya era mayor que su locura.

Entendí, después, que se murió porque ya no soportábamos más sus locuras de oír voces y atacarnos, porque no entendíamos lo que le pasaba en su cabeza y porque no soportaba más electro shock y pastillas a granel. Sé que la neumonía fue una forma de encontrar al fin la libertad de la muerte.

Cuando fui a verlo…en su cajón de hospital mental, todos los locos lo lloraban, mucho más que nosotras por supuesto. Y nos acompañaron con babas, lágrimas y mocos a dejar el cajón en la tierra, rezaron con el cura un padre nuestro que sonaba a letanía, en su locura, los otros locos, amaban a mi hermano como nunca pudimos amarlo nosotros.

Fue una escena increíble, ahora puedo escribirlo. Sola con mi única tía, acompañada por un cortejo de locos, poniendo el cajón del pájaro dentro de la tierra. Después, en la estación de trenes ellos fueron nuestros acompañantes, se despidieron en el andén con un adiós sincero, con llanto verdadero, nosotras agotadas por una tristeza que no habíamos logrado expresar en todo el velatorio, nos dejamos abrazar porque supimos que finalmente algunos, lo habían aceptado y querido así, con sus voces en la cabeza y con su vuelo de pájaro que cada tanto, recuperaba.

Escribí esto y otros relatos, algunos hasta en primera persona, como si la ezquizofrénica hubiera sido yo, para perdonarme, para entender, para olvidar que odié a nuestro hermano. Que me daba mucha vergûenza tener un hermano loco, que quería tenerlo lejos, que nunca pude entender cómo lograba escaparse y aparecer.

Hoy repito el relato por vos, ya no estás conmigo, ni con nadie, pero fue tu hermano casi gemelo de edad, fuiste la única que las voces en su cabeza respetaron, más que a su propia madre. Sin embargo, jamás hablamos de ello. Y en nuestras vidas, que se alejaron y juntaron muchas veces, no tocamos el tema. En mi caso era miedo, vergûenza, rabia, todo eso junto. Quiero adivinar que tus motivos para no hablar fueron otros.

Tener un hermano un año menor te habrá hecho soñar con un compañero de bailes, con un amigo de charlas, con un amigo con amigos para compartir, con un hermano lindo para presentarle a tus amigas. Vos en tu adolescencia fuiste tan sociable. Incluso en nuestra época paradisíaca de Cinco Saltos, nuestro hermano era impresentable. No habían comenzado sus ataques de furia pero era un ser extraño, se alejaba, era obvia su enajenación.

Creo adivinar que mientras fueron niños y jugaron juntos, soñaste con un hermano varón como los de nuestras primas y alguna amiga. Incluso creo que lo maternaste como lo puede hacer una hermana mayor, Pero nada de eso sirvió. Al principio, en la niñez, fueron sus convulsiones y un diagnóstico de epilepsia que te alejó un poco. Después fue su extraño mundo donde se refugió casi en silencio hasta sus casi veinte años y allí, estalló la locura. Creo que no lo superaste. Tampoco yo, pero como me puse a odiarlo, lo expulsé de mi vida, tal vez por eso, en su final, pude estar. Vos no pudiste odiarlo, no sé si odiaste, ni siquiera sé si pudiste odiar a los amantes que te abandonaron cuando entregabas todo de vos.

De qué otra manera justifico tus ausencias en los momentos duros. No todas las personas pueden soportar ciertas situaciones. Pero hoy lo sé, antes…también hubo momentos en que quise borrarte de mi vida, momentos de vergûenza, y rencor. Por suerte tuve la oportunidad de arrepentirme todas las veces y pude, en cierta forma, auxiliarte o obligarte a vivir un año más, cuando tu marido y su familia miraron hacia el costado, te obligué a que te diagnosticaran el cáncer, te obligué a tratarte, te di un año más de vida, quizá el mejor que tuvimos y después, no quise verte morir.

¿No quise o no me dejaron? Es la primera vez que me lo pregunto.

Todo esta especie de romanticismo, en un paréntesis, mientras yo me hacía ideas de ser de izquierda en las puertas de la Universidad, mientras vos pasabas hambre o insuficiencias, te seguías enamorando, a tu manera, y justificando lo bien que iban creciendo en tus dotes inentendibles, ( esotéricas?), todo eso necesito para contar.

Ni siquiera sé si estoy contando. No cuento lo sucio que era Buenos Aires, lo mágico de poder entrar a un teatro, lo maravilloso de escuchar jazz o Piazzolla, no cuento que mientras tanto vos vivías en tu pequeño apartamento soñando quedar embarazada y yo, del otro lado soñaba con no quedar embarazada. Que mientras a vos el amor te fue negado, yo estaba tan enamorada como la primera vez: eso quiere decir ingenuamente, idiotamente, juvenilmente…corrijan, estos adverbios no deben usarse en la buena literatura. Pues no tengo una buena. Tengo esta: la que pude. También la que quiero.

Todo tecleado con demasiada delicadeza. Me pregunto:¿ cómo lo contarías vos? Te veo sentada aquí, a mi lado, sonriendo, diciéndome te olvidaste esto o aquello. O preguntándome: te acordás de:…? No, no me acuerdo, mi memoria recuerda lo que puede o quiere, es como su dueña. A veces romántica, a veces olvidadiza, otras veces cree recordar con exactitud.

Nada nunca nadie podrá narrar aquellos años de nuestras vidas. Qué estoy haciendo ahora? Me estoy perdonando. En mi vida hubo momentos de ser muy inflexible. Necesito perdonar la joven idealista que fui. En ese año que duró mi presencia en la Universidad creí que arreglaría el mundo, creí y me obstiné en seguir a distintos grupos de izquierda en un momento crítico de Argentina. De pura rebeldía entraba y salía de uno y de otro. Cómo hubiera podido permanecer al lado de un líder revolucionario de izquierda, intelectual de coeficiente superior a cualquier mortal conocido, si yo también, no me activaba políticamente…( muchísimos años tardé en darme cuenta que también se podía ser intelectual, de izquierda y machista).

Vos nunca intervenías, no abrías la boca sobre política, pero me salvaste siempre. Como de niña, como de adolescente. Así actuaste cuando años después, yo una mujer de veinte con un hijo, disparaba por mi vida, enroscada para siempre en una maraña difícil de destejer. Vos estuviste, lejos o cerca, defendiste a tu hermana menor. Mal o bien, como podías, todos hacíamos en esos años oscuros lo que podíamos.

Es necesario dejarte por hoy…miro tu foto, aquí a mi lado y sé que debo de escribir más y mejor. Debo de ser más precisa, más objetiva, pero me embargan tantas emociones. Esto de saber que ustedes, todos, ya son sólo fotos al lado de mi computadora. Que he superado a todos en edad y sigo aquí y me creo, hago el esfuerzo de creer que es para contar historias, entonces sigo viva. Y desde hace algunos años me justifico, no sé porqué, mi razón de seguir viva es VIVIR PARA CONTARLA, un título reflexivo que me dejó GGM.

Tengo que dejar de escribirte y escribirme por lo menos por un día o dos…cuestión de salud mental y de letras.