“Uno debe dar valor a su propia existencia cómo si fuera una obra de arte”.
-Friedrich Nietzsche
Después de mamá en mi vida estabas vos. Aveces antes. Esos diez años me hicieron haragana a la hora de planchar o lavar. Siempre me dejabas las tareas livianas: secar los cubiertos y sacar el polvo de los muebles. Vos hacías todo lo demás.
Sabes que hasta hoy me obsesionan los cubiertos sin secar y el polvo en los muebles? Pero no planché jamás mi uniforme, no cociné, ni cosí un miserable dobladillo. Vos me sacabas las cosas de las manos: anda a estudiar, decías. Eso condicionó que lo mío era estudiar, lo tuyo todo lo demás. Supongo. Me hice cargo? Por un buen tiempo.
Pero cuando yo logré separar por un Río que también es frontera, a mamá del matriarcado y su familia, ella ocupó tu lugar. La tuve para mí y fuimos madre e hija, amigables, cómplices y pude, me di el gusto de llevarla de paseo. Conmigo miró el mar por primera vez y se doró de sol. Conmigo visitó, como en su juventud con papá, restaurantes buenos y cada domingo, salidas diferentes. Qué feliz me sentía, era como una deuda con mi madre.
Esos cinco o seis años en Montevideo fueron de absoluta felicidad. Me había prometido, y también a mi marido, que debido a la situación de Argentina, mantendría un bajo perfil y no accionaría en política.
Mamá, que nunca había vivido mejor, tal vez lo fue en aquel paraíso de Cinco Saltos de la Patagonia Argentina, se fue enfermando. Fue de a poco. Porque supongo que los paseos, mi lejanía de las persecuciones políticas y de hermano, siempre desolando su sentir materno, incluso vos que estabas lejos y supuestamente viviendo bien, impidieron durante unos diez años que su enfermedad la matara antes.
El nacimiento de mi segundo hijo también contribuyó, otro varón para mimar, para en parte, remplazar al hijo loco. Pero no duró demasiado. Cuando regresamos al Norte madre comenzó a desmejorar. Recorrimos muchos especialistas, sanatorios y hospitales.
Entonces supe que vivíamos en la misma ciudad porque acompañaste a mamá a una clínica carísima y trajiste el diagnóstico. Mami estaba muy enferma y su corazón estaba hecho de una fragilidad tal que no resistiría ninguna cirugía.
No nos vimos. Simplemente la trajiste y mamá me llamó, quería ver sus nietos varones y mi panza, que ya estaba a punto de dar a luz a mi única hija.
Mamá resistió más de lo que los médicos dijeron. Se aferró a mis hijos, se duplicó con ese verbo maravilloso que es abuelar y soportó, estoica, la enfermedad cardiaca que la iba secando. Tomaba tantos medicamentos, hacía tantos tratamientos, fue una lucha mantenerla viva dos años más. La suya fue una lucha contra la enfermedad y la mía, en mantenerla a mi lado. Mis hijos la adoraban. A mí se me hacía imposible vivir sin ella.
Un verano caluroso, eterno, húmedo, comenzó a pedirme volver a su casa materna.
- No quiero morir acá- me dijo llorando- quiero estar con mi hija muerta y con tu padre, en el panteón familiar.
Yo, la idiota, sin palabras. La escuchaba y no la oía. No la consolaba, no la llevaba. Pasaban los días sin que yo, la idiota, escuchara sus ruegos. Tenia tres hijos, un marido que también se estaba enfermando y un afán por conservar mi vida como hasta entonces.
Pero un día la oí, llorando la dejé en casa de la matriarca que aún vivía pero ya no la reconocía como su hija mayor. La abuela ya tenía noventa años y demencia senil. Era una niña más en la inmensa casona donde mi tía y mi tío, terminaban de criar siete hijos y una mujer que demandaba más cuidados que todos ellos juntos. Pero tuve que dejar ahí a mamá. Me sentí tan culpable.
Duró apenas un par de días antes de que me llamaran, mamá estaba internada y el diagnóstico era de poco tiempo de vida. Me fui, dejé mis hijos, mi niña pequeña, dejé mi marido enfermo, me interné con mamá sus últimos cinco días de vida. Y nos volvimos a ver, finalmente, un día antes del último suspiro de nuestra madre.
Meses dormí abrazada a su último camisón sin lavar. Su último desabillé también sin lavar. El sueño se fue de mi vida. Tuve insomnio, tuve pánico, tuve depresión y nadie pudo sacarme del duelo durante meses.
Después de mamá apareciste en mi vida. Volvimos a abrazarnos y a llorar juntas. No éramos las mismas. Éramos dos hermanas separadas por exilios diferentes pero que vivíamos en la misma ciudad y no nos visitábamos. De vez en cuando teníamos noticias una de la otra. El gran escollo eran los maridos, los medio hermanos, que habían jurado no volverse a hablar. Y nosotras nos hicimos eco y renunciamos al derecho de estar juntas.
Pasó un año con trámites sucesorios y nos vimos para vender la casa: nuestra casa! Y la parte de mamá que aún quedaba en la chacra de los abuelos. Ese dinero te ayudó mucho, me enteré muchos años después, también a mí me permitió comprar la propiedad que luego casi acaba con mi propia vida.
Nos vimos sí, para un par de trámites de sucesión, para firmar papeles y las dos como queriendo borrar el pasado. Nunca lo logramos.
Yo había estado presa muchos años en este país. Nunca te lo conté. A pesar de mi bajo perfil, las Fuerzas Conjuntas de Argentina y Uruguay me secuestraron. Estuve detenida y cuando me soltaron, tenía que ir a firmar en Inteligencia cada quince días. Me quitaron el documento y no pude volver a Argentina hasta que regresó la democracia. Nunca hablamos de ello. Y ese hecho, cuando sucedió, debe de haber acelerado la enfermedad de mamá. Pero mi silencio fue total. Nunca te lo conté ni esa vez, ni las siguientes veces que estuvimos juntas. Ni siquiera cuando antes de tu final, viviste conmigo.
Después de mamá, de la insensatez de las ventas, volvió la distancia y el silencio. Me salvaron mis hijos y un marido que caía en diálisis y enfermedades constantes. La verdad, apenas tenía tiempo para sostener un mundo que se me caía a pedazos y debía impedirlo a costa de mi propia salud.
Fue otro golpe del que jamás hablamos.
Nosotras las veces que nos vimos y convivimos, después de mamá, fue para recordar cosas lindas del pasado. No nos contamos dolores. Tuve unos cuantos y vos los tuyos. Porqué el silencio? Porqué no nos contamos los calvarios? No nos teníamos confianza?
Después de mamá y vender las propiedades no volvimos a estar juntas hasta la muerte de mi marido.
Pero antes de eso hubo un hecho cruel, importante y denigrante, que me involucró, que involucró también a mi marido y no sé si lo puedo contar.
Después de mamá, después de tu muerte: tengo que volver a hacer silencio?
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