Qué historias guardan los teléfonos fijos. Cuando una mira desde este sillón el teléfono fijo, una especie de adorno que ya no tiene batería porque sólo está ahí por Internet, más la haraganería de quitarlo: me da pena. Hace años no lo uso, sin embargo y pese a no recargar su batería, cada tanto emite un pitido.
Me recuerda que existe? Me recuerda lo importante que fue antes que este, el que uso hasta por demás, no era tan importante en mi vida? Cuando llenaba un formulario el primer número era el del fijo, si había espacio colocaba el celular. No hace tanto de eso, unos quince años.
El teléfono fijo que he dejado de adorno en casa es negro, grita, chilla, cada tanto para llamar mi atención y no pude evitarlo: por lo menos escribo algo sobre la historia de los teléfonos fijos que he conocido.
Cuándo todavía era niña lo conocí en mi casa cuando mi padre decidió que por sus eternos viajes, necesitaba algo más que las largas cartas escritas que intercambiaban con mamá. Recuerdo que era un elemento caro, clase media para arriba, estaba colgado en el comedor grande y tenía sólo cuatro números que hasta hoy recuerdo.
Mi madre esperaba horas para que la comunicaran con mi padre cuando él estaba lejos. Y había que esperar. Tampoco podía salir y volver a las “ aproximadamente tres horas” que le habían dicho. Porque podía, con gran alegría, sonar antes.
Ese primer teléfono soportó a las amigas de mi hermana y algunos novios. También mis amiga, sobre todo de mi mejor amiga que, cuando nos separaban y cada iba a su casa, nos prendíamos del teléfono y hablábamos como si no lo hubiéramos hecho en años. Hasta que algún adulto responsable nos recordaba que el teléfono pertenecía a la familia.
No puedo recordar los costos pero barato no era. Ese primer teléfono fijo que recuerdo, mi madre lo hizo quitar por mi culpa. Había quedado viuda con muchas deudas y yo me puse de novia por primera vez. Mi novio trabajaba en Buenos Aires. Mi madre pudo soportar dos o tres facturas carísimas y luego, no pagó más, quitaron el teléfono.
Mamá ya no esperaba llamadas de mi padre. Mi hermana ya tenía su pareja y vivían juntos. La única urgencia podía ser mi hermano que, por su esquizofrenia, vivía internado. Pero la casa de mi abuela era frente a la nuestra y había teléfono, jamás hubieran impedido noticias de mi hermano o que mamá se comunicara. En la casa de mi abuela vivían además una hermana viuda y la menor recién casada. Los fines de semana venían casi todas las demás hermanas, primas, tíos de mi madre. Realmente: era todo lo que ella necesitaba y no una adolescente frenética de amor primerizo que la hiciera gastar dinero, que escaseaba, por hablar por teléfono.
( No entiendo porqué mi novio, que estoy segura estaba enamorado, no pagó la factura para poder seguir hablando casi a diario? Muy caro? No necesario para él? Inmadurez?…Estupidez?…)
El teléfono de la Patagonia, allá lejos en Cinco Saltos, era muy gracioso porque era rural y tenía manija, la operadora comunicaba. Se oía apenas y no creo haberlo usado.
Creo que entre mis veinti y pocos años y los treinta, aquí en Uruguay, era imposible tener teléfono. No era cuestión de dinero: es que no había infraestructura. No había “bornes”, y pasabas años esperando el tuyo.
Cuando conseguí el mío, lo puse orgullosa a mi nombre y me amigué con ese aparato que ya no era ni tan pesado, ni tan negro. Mis hijos adolescentes repitieron un poco lo que hice yo en la adolescencia y yo, repetí el mismo grito que mi madre: suelte ese teléfono! Es de uso familiar!
Pero recuerdo charlas largas con amigas, sobre todo en la noche. Recuerdo hablar con médicos, mi marido estaba enfermo, con familiares, con compañeros de talleres literarios e incluso, leer cuentos por teléfono para escuchar la opinión del oyente.
Lo último importante que recuerdo de mi teléfono fijo era el sonido de discado que emitía cuando me conectaba a Internet. También mis hijos jóvenes se comunicaban por Internet y hubo que volver al rezongo porque si usaban la computadora en línea, no podíamos hablar por teléfono.
Parecen siglos pero era casi el año 2000. Y aún seguíamos usando bastante el aparato casero, pero llegaron los móviles y la vida de los fijos, tenían los días contados.
Muchas historias de amor e infidelidad esconderán estos aparatos en desuso. Muchísimas malas y buenas noticias. Chusmeríos sin sentido y habladurías por pura envidia. Informes importantes. Desfalcos y promesas. Cuántas cosas más? Muertes, accidentes, declaraciones de amor, organizaciones a granel. Historias por doquier.
Hay una historia humana detrás de estos aparatos que hoy por hoy: están casi muertos.

