Te acordas del cine?

Era para vestirse bien. Era un acontecimiento y era algo que, como siempre, algunos podían pagar y otros no.
Cuando dejabas “ la matiné”, con dos películas casi estúpidas, subías el escalón y podías ir de noche.
Noche de cine, con tus hermanos mayores o con papá y mamá, al principio. Igual, era fiesta. Era lo más parecido a ir al teatro.
Se escogía la película. La ropa. Con quién y cómo se iría. Igual a la preparación de un viaje: era más linda la previa, muchas veces, que la película misma.
Nunca conté las horas de cine que tienen mi vida. Sé que fueron muchas. Pero lo ceremonial de ir al cine, se murió hace años. Porque también tuvimos idas al cine que terminaban con un café y la discusión obligaba del argumento, de las actuaciones. Y esas películas, las que dejaban margen para la discusión, seguro que fueron las mejores.
Algunos años antes había pasado lo mismo con el teatro. El cine no lo remplazó, tampoco lo hizo la TV con el cine.
Pero sí le quitó la salida, la ceremonia de ir al cine y disfrutar junto a mucha gente la película de turno. El gusto a comer chocolatines o masticar caramelos frente a escenas románticas o de terror.
También nos quitaron la posibilidad de ver qué vestidos se ponían las demás mujeres para ir al cine. Eso nos daba motivo de conversación al día siguiente.
Y los hombres se perdieron también la posibilidad de mirar ciertos escotes audaces y piernas cruzadas. No sé si lo comentaban al día siguiente.
Pura nostalgia lo mío pero tenía su encanto.
Ahora si tenés dinero podes pagar para ver casi todo desde tu pantalla gigante y te ponés un camisón para ver más cómoda.
Esa salida, empaquetada los días de fiesta patria con películas supuestamente muy buenas, están en la historia de cosas que no volverán.
Me sigue gustando el cine, extraño a veces, la sala llena de gente conocida y desconocida, riéndonos todos juntos o aplaudiendo al final.

Reflexión sobre la muerte.

“Morir bien es morir a tiempo. No hay peor infierno que asistir a las exequias del propio deseo. Al funeral de nuestras pasiones. La muerte es por eso… lo que a diario nos acecha. Lo que nos esteriliza, lo que encallece la piel. La ausencia de propósito, la apatía, el desapego a los seres… Esa es la muerte que mata y no la que viene después. Por eso, imploremos que la muerte nos sorprenda sedientos todavía, ejerciendo la alegría de crear. Que nos apague cuando aún estamos encendidos.»

*Santiago Kovadloff

Llorar con ganas

Mi madre siempre decía que había que llorar con ganas de vez en cuando para que se te lave el alma pero no para que se haga hábito. Y cuando lloraba, ella decía que lo hacía por ella y por las que no podían hacerlo. Eran crisis intensas y breves. Luego se lavaba la cara y proseguía con la vida…
Mamá: eso no pude heredarlo, esa sana costumbre de lavarme el alma con lágrimas saladas como quien se sumerge en el mar, ya no sola sino con todas las que no pueden.
Pero sí heredé la bendita costumbre, o maldita según se mire, de llorar por las que no pueden hacerlo…

Gracias por dejarme esa herencia.

Desesperación técnica

Estoy al borde de la desesperación técnica. Pero es normal, si soy de una generación que creció a radio y luego, a TV codificada, con pocas horas de retrasmición en blanco y negro. Verdad que ya es extraño que pueda hoy jugar con pantallas varias, de diverasas configuraciones y ritmos? Y es inevitable la pregunta: si yo crecí con un lápiz de mina y luego con Parker de cartucho de tinta, terminé apenas con los casetes grabando clases largas, y logré este pantallazo, que hoy es de una forma y mañana de la otra, qué harán mis nietos en cincuenta años?
Evidente que no leerán las mismas cosas, que no podrán con estas agujas,con estos hilos de palabras que yo desgasto este sitio pero, qué harán realmente?
Esa incógnita me la llevaré a la tumba. Pero saben qué…? hoy estoy desesperada en forma técnica y los únicos que pueden ayudarme, son mis nietos…y eso
también es maravilloso.
Cuando tenía la edad de mis nietos apenas podía ayudar a mi abuela con un mandado a la panadería o acompañarla al dentista. Mi abuela tenía una pierna más corta que otra, había tenido un accidente automovilístico, más bien camionístico, habían chocado yendo a su chacra. A mí, llevarla al dentista me daba vergüenza porque la abuela era coja. Me pregunto hoy, de qué les dará vergüenza a mis nietos?. Seguramente cuando emprendo tarea con estos cambios de pantallas y tengo que recurrir a ellos porque no las entiendo.
Si no logro entender las pantallas, me quedo escribiendo con la Bic, sigo aferrada al pasado, quiero vivir con esta tecnología de hoy pero escribiendo como ayer, pero a su vez, con la del futuro que ya no me pertenece. Y es todo como una gran duda existencial que me torna desafiante a ratos, y lúgubre a otros, porque más veo más me falta por ver, más mar de dudas crecen y más tengo
que leer, escribir…no tendré tiempo.
De vez en cuando es bueno saber qué no tendremos más tiempo que el que tenemos, y arremeter contra todo y pantallas, llamar a los hijos y los nietos para que ayuden y distraerse pensando, mañana lo lograré yo sola…

Casa de alguien

No hay nada más triste que una casa abandonada y en ruinas. Me detengo en una que hay en el camino. Escudriño sus escombros buscando sus recuerdos.

En esta ventana ahora sin marco alguien divisó un amor.

Por esta puerta dando un portazo se habrá alejado alguien.

En esta habitación llena de yuyos habrán reído los niños y aquí, dejó huellas la cocina, lugar donde la familia se reunió.

Qué tipo de pasión habrá escuchado la pared rajada del dormitorio grande.

Cuántos sueños habrán escuchado estos despojos domésticos. Gritos, risas, suspiros, rezos y pasiones. Este laberinto de escombros escoltados por puros yuyos, es el lugar donde alguien albergó la vida. Al costado del camino solitaria y violada de secretos quedó la casa abandonada.