Mi tía me cuenta que alguien quiso comprar la mujer del friso y que no quiso ni pudo venderla. La mujer del friso como la proa de un barco, ha vigilado esta familia desde que los abuelos eran jóvenes.
Ha visto noviazgos, casamientos y bautizos, más innumerables e inevitables muertes. Ha escuchado confesiones más o menos importantes, declaraciones y sacrificios… también debió escuchar secretos y alguna traición, porqué qué familia no la tiene?
En el piso con baldosas antiguas que custodia su mirada fija, aprendí a jugar a la payana con cinco piedras. Desde ahí me lanzó el golpe fatal mi hermano en un ataque de ira esquizofrénica que casi me mata.
Salieron muchas novias, mi tía Nélida de excelente reputación como modista, vestía a las novias que bajaban los siete escalones de mármol. Allá arriba ella controlaba?
Mis tías y mis primas en penumbras de la noche besaron y fueron besadas. Algunas hasta fueron infieles. Única testigo: la mujer del friso.
La que vio salir a mi abuelo y mi abuela, felices a visitar su chacra y vio regresar meses después, con una pierna más corta, a la abuela de riguroso negro.
Y vio alborotarse la casa en navidades extremas. Vio convertirse esa salida en un hospital de campaña porque todo pariente enfermo se recuperaba o moría en esa casa. Ella, ahí arriba, solo era una testigo que nadie reparaba.
La mujer del friso tiene más de cien años. Ella sigue impávida a los cambios de los tiempos que corren. Adentro, hay solo una mujer que la sabe allí. Ha pasado noventa años bajo su mirada hueca.
Afuera me quedo yo, mirándola, deseando ya no estar cuando la saquen, cuando la decapiten, cuando la asesinen en aras de la modernidad, cuando la arranquen con cierto cuidado si hay un comprador. No quiero estar.
La mujer del friso siempre fija, siempre eterna, se llevará mi genes femeninos. Mi pedazo de historia y la de mi familia materna. Decido no ver ese asesinato.

