Y no me digan que si pretende una persona escribir, lo mismo lo hace en la selva mientras los mosquitos le rompen la piel.
En un cuarto de dos por dos en verano, sin vista hacia afuera y con un ventilador de la segunda Guerra…
En un bus que intenta amontonar cuarenta personas donde caben veinte.
En un escritorio inventado donde marido y niños dejan cosas tiradas o mocos pegados.
En una casa pequeña donde no deja de sonar el móvil, la aspiradora y la máquina de sopa.
En un bar, hermoso, donde una chica insiste en darte otro café cada media hora y una orla de universitarios ríen en el fondo.
En una playa… una llena de gente, pelotas, perros que cagan, madres que gritan y tipos que juegan al fútbol.
No puedo. Antes, hace mucho lo hacía, me venía la idea, tomaba mi libreta y un bolígrafo y anotaba en una sola página la idea esencial. Después la recuperaba.
Ahora ni eso hago. Mi letra manuscrita es como la de un médico, me olvido dentro de lo esencial que apunté que quería destacar y odio la idea de sentarme y reconfigurar lo que olvidé.
No sólo es la edad, estoy aburguesada, he mirado mucha película romántica sobre escritores y escritoras. Quiero un mecenas. Una casa junto al mar o la montaña, puede ser en el campo, quiero silencio, respeto, quietud. Un escritorio bello, una buena portátil o dos, y por favor alguien que me cocine y limpie sin molestar.
Gatos fuera, perros fuera, marido e hijos de vacaciones… porque tan malvada no soy. Todos disfrutando en un lugar bello y yo, escribiendo. Abriendo y cerrando libros si debo consultar, hablando con editores, inventando personajes… con la ventana abierta mirando el mar, la montaña o el campo.
Demasiado tarde. Eso debí haberlo buscado cuando tenía bella figura, ni una arruga, ni una cana y una sonrisa fatal. Ahora, de tener que enviar una foto actualizada a una portada, el terror se apodera de mí. Ida Vitale hay una sola, vamos…

