Entre carroñeros y descarrilados hasta el diablo estaba rabioso.
Rabioso, incluso hasta deprimido estaba el diablo. Era tanta la sensación de vivir entre gente maligna que ser diablo era algo hasta innecesario.
⁃ Difícil mi trabajo en esta época- pensaba. Y era casi cierto.
Los siete pecados capitales eran tan habituales que ya a nadie sorprendían. La gula y la avaricia crecían desde las tiernas infancias. La lujuria era aplaudida. Los asesinatos eran moneda corriente, pues la ira era frecuente y era casi normal tenerla. A pesar de vivir cómodamente todos estaban envidiosos de algo. Encontraban motivos de envidia en nimiedades. La soberbia era tal que nadie se escuchaba porque la razón dejó de existir y la presión estallaba por doquier. La pereza, ah la pereza!, realmente era inigualable: en ningún momento de la historia se había registrado tanta y además, a nadie se se le llamaba holgazán. El mundo humano era un lodazal y el pobre diablo, sin trabajo y aburrido, tuvo la tentación de volverse bueno.
⁃ No sería justo cambiar de trabajo- se dijo y empezó, él también, a holgazanear.
⁃ Entonces ahora, conmigo sin trabajar, todo cambiará, alguno se tentará y comenzará a ser bueno.
Se equivocó. Con un diablo holgazán y un dios ausente, el mundo humano siguió su curso.

