El muerto

Un tipo especial sería el muerto. Digo eso porque en nuestro pueblito de frontera, nadie o casi nadie usaba zapatos de cuero. Además, apareció en un auto cola chata que lo dejó en la plaza, la única, y se fue a toda velocidad como huyendo.

Apareció de la nada en nuestro pueblito y se paseó orondo por la calle principal. Con paso elegante, con lentes para sol que justo no eran necesarios. Fue un día terrible de nubes y truenos y ni una  gota de lluvia.

Mirando la nada que había para ver. Se paseó por todito el caserío, dicen que le dio monedas a los niños pero no lo vi.

Otros dicen que acarició al Chucho, que viene a ser el perro del pueblo, es feo y está viejito. Tampoco vi eso. Solo lo vi caminar como buscando o dejando que tal vez, pueden parecerse. Estaban todos mirando lo que el tipo hacía, no sé si se daba cuenta. Porque acá nunca viene nadie que no conozcamos. Acá los que vienen, y son cada vez menos, son parientes de los que nos quedamos.

Cerca de medio día cayó muerto en la plaza. Cayó sin ruido, se dobló como un papel, dobló las rodillas y finalmente todo su cuerpo se durmió sobre las piedras de la única plaza del pueblo.

Hicimos deducciones antes de acercarnos. Después vimos el hilo de sangre que oscilaba y se perdía desde su pecho. Ahí supimos que no escuchamos el tiro pero lo mataron. ¿ Es posible con aquel día gris en un pueblo solitario, no escuchar un disparo? No sé.

Lo mataron. Esa noticia sería un plato de primera clase para nuestra monotonía cotidiana. Vino el comisario en persona. Pidió cosas inexistentes: un forense,  un equipo de investigación y análisis. En fin, nos reímos el día entero de esos pedidos que eran un chiste. El comisario no tenía nada de eso y cuando se dio cuenta, salió gritando que necesitaba la única carnicería del pueblo para meter el muerto hasta que llegaran las autoridades de “más arriba”.

Cuando ya nos habíamos olvidado del muerto anónimo que nos puso vida con su muerte, apareció aquella mujer vestida de negro y de lentes oscuros. Una mujer de paso lento y seguro. Preguntó por un hombre aquí y allá. Entró y salió de la comisaría y la iglesia. La viuda, pensamos. 

Al atardecer había desaparecido. No dejó rastros. Ni el comisario ni el cura dicen haberla visto. Estuvo y preguntó pero nadie la recuerda. Volvimos lentos al aburrimiento de siempre. El muerto congelado se aburre con nosotros. 

Y “ los de arriba” nunca vinieron a conocer al muerto. Habría que enterrarlo.

Otro NN más. Dicen que hay muchos. Yo no sé, para nosotros es el primero. 

Por las dudas, dice mi padre, pongan NN1, por si siguen apareciendo. 

Así lo hicimos. Después nada, nos quedamos esperando el siguiente muerto y también deseamos ver a otra mujer que nadie ve o nadie recuerda. 

El único espejo

Un espejo y sólo uno. No había otro que pudiera mirar. Sería su loca fijación porque se lo dejó su abuela, sería porque fue lo único que conservó de su infancia. Quién sabe y qué importa.
En la afilada y resbalosa superficie, cada noche se untaba la cara con crema…escudriñando. Algunas veces el cristal le hablaba o más bien, le mostraba: sus absurdas mentiras, sus comentarios hipócritas, su mansedumbre comprada, su indiferencia pagada, su lejanía forzada.
Y de tanto buscar sus perfiles oscuros en el único espejo que no le mentía, desapareció en su diáfano cristal sin dejar huellas.