«Llegará un día en el que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza».
Paul Géraldy
Recuerdo ese viaje al Sur, a Cipolletti, penoso, eterno. Nada nos satisfacía, ni el paseo por Capital, ni los regalos de papá. Qué doloroso fue recoger a nuestro hermano.
Estábamos en la hermosa casa de tía Luisa, lo trajeron papá y mamá. No nos reconoció, su cuerpo esquelético temblaba y se bamboleaba, se sacudía, tenía los ojos, sus bellos ojos marrones, perdidos. Una baba asomaba a su boca. No habló, sólo quería cigarrillos.
Fue un shock generalizado. Mamá estaba asustada y mi padre puteaba en italiano. Lo metieron al baño porque además estaba sucio y lleno de piojos y ladillas. Eso escuché, aún no sabía que eran las ladillas.
- Piojos en los pelos de allá abajo- me explicaste. Me refugié en un sillón junto a la ventana con un libro. Sentía mucho miedo de las furias de mi hermano pero en ese momento me dio rabia, asco, vergüenza. Mi padre había gastado una fortuna y devolvían a mi hermano así. No tenía edad para asimilar y comprender pero lo que más necesitaba era que alguien hablara conmigo. Vos, hermana, no sé qué sentiste. Vos que me contabas y leías tantas cosas nunca me dijiste, ni ese día ni ningún otro, que sentías al verlo así. Porque apenas le llevabas un año y meses, vuestras infancias fueron casi gemelas.
A los dos días marchamos en tren. En un coche pulman hermoso, con bellos asientos tapizados en cuero azul. Había almohadas, eran reclinables y se podía agregar una mesa para comer o jugar cartas. No me gustó más que el camarote pero me sentí más libre. Andaba caminando, intentando conversación con otras viajeras. Intentando disipar el espectáculo de mi hermano. Si bien ya no temblaba tanto, de lejos se notaba que algo malo lo perseguía y poseía.
Había dejado mi primera mejor amiga y en el tren ya le iba escribiendo mi primera carta. Vos también escribías a tu novio amante enorme. Y así fue el viaje. Íbamos al comedor por turnos, hermano no podía quedarse solo. Al baño lo acompañaba papá.
Qué diferencia con la llegada a Cinco Saltos. Mamá estaba trastornada por su hijo, vos lejana y casi muda, justo vos, yo extrañando mi Colegio y mi amiga, hermano no sabía ni dónde ni cuándo, papá intentaba contagiar su entusiasmo pero mucho no pudo hacer.
La casa era aún más grande y lujosa que la de Cinco Saltos pero una parte estaba cerrada. Eran los dormitorios y baño de los dueños. Tenía una sala con mesa de billar, un living majestuoso y un comedor para doce personas. Una biblioteca gigante llena de libros que nos alegró a las dos. Otro comedor más pequeño junto a una cocina gigante y tres dormitorios.
Papá y mamá tenía uno con baño. Nosotras teníamos uno con dos camas y hermano, otro. En medio de ambos había otro baño.
El jardín del frente tenía rosas y flores. Un aljibe de mármol al centro. Pero ni eso dibujó una sonrisa en mamá, ella que amaba los jardines. Lo único que dijo que no limpiaría esa casa gigante. Que era demasiado grande. Ella tenía que cuidar a su hijo y cocinar. Nos miró fijo. Pero luego sacudió la cabeza con desazón, una niña y una joven lavando pisos y baños y pasillos y vidrios. Se dio cuenta que era demasiado y papá se comprometió a solucionarlo pronto.
Ese primer mes me pasé escribiendo a mi amiga y vos al novio amante gigante. Papá sumergido ya en pleno trabajo y mamá detrás de hermano. El solo caminaba, fumaba, comía, dormía. Así fue un mes.
El segundo mes comenzó otra vez a pasearse hablando con quién sabe quién, otra vez se le inyectaron los bellos ojos de furia, y a pesar de tener a papá cerca, comenzó el miedo. Cerrábamos la puerta del dormitorio con llave y ni siquiera al baño por las noches queríamos ir. Nuestro hermano deambulaba por esa casa enorme. Por sus largos pasillos, por sus galerías externas. Su medicación ya no resultaba.
Cómo sucedió que atacó al hijo del capataz, un chico de dieciséis años y casi lo estrangula? Pues no lo sé. Yo me sumergía en el cuarto enorme de la biblioteca y revisaba libros o le escribía a mi amiga. Sentí los gritos de mamá y los tuyos pero ni me asomé. Cerré la puerta y me quedé quieta, intentando no oír nada.
Sentí el motor de la camioneta de papá y después el silencio. Entonces comenzaste a buscarme y abrí la puerta, corrí por la casa a buscarte. Tu mirada fría, lejana, detuvo mi abrazo. Empezó de nuevo, me dijiste, lo llevaron al médico. Nunca supe qué sentías.
Esa noche en la cena con hermano sedado, se discutió mucho. Mamá decía que había que llevarlo a Buenos Aires pero a otro lugar. Papá se negaba pero aceptaba que otra confrontación de esas y su trabajo estaría en peligro . Vos decías que tu novio amante gigante nos podía ayudar.
En pocos días se resolvió que vos llevabas nuestro hermano a capital, a un lugar especial, era del Estado, ya habías hablado con el psiquiatra por teléfono. Era uno muy bueno. Y ahí le dijiste a papá que no regresabas a Cipolletti. Le dijiste que ibas a quedarte en casa y a vivir tu vida con tu novio amante gigante. Y si papá no murió ahí del corazón fue porque aún le quedan cuatro años en el calendario.
Así me quedé sola con mamá y papá. En esa inmensa casa con una madre muy triste y un padre que trabajaba doce horas.
Una sola cosa me hacía feliz: no nos quedaríamos. Volvería a mi Colegio, a estar con mi amiga del alma. Entonces le puse luz al verano y traté de aprender a jugar bochas con papá y pasear con mamá. Los alenté para ir un fin de semana a Bariloche. Íbamos mucho a Neuquén.
Leí y escribí mucho, cartas que nunca respondiste y me dio tanto dolor. Hablabas una vez por semana con mamá y papá. Conmigo nunca.
Y fue en febrero que llamaste para avisar que el psiquiatra necesitaba hablar con mamá o papá. Él viaje con mamá a capital se organizó en dos días. Nunca había visto los ojos de mi padre tan tristes. Había querido repetir nuestro sueño de Cinco Saltos pero no fue posible y otra vez, lo dejamos solo en el Sur.
Era otra vez dejarnos, mujeres solas, a resolver la enfermedad de su hijo. Eso o dejar de trabajar y él era el único que lo hacía. Nos habíamos criado como en clase media de la época, pero esos pequeños lujos que gozábamos eran producto sólo de su lejanía y su trabajo.
Ir a Buenos Aires con mamá, dejando a papá tan triste como ocupado, llegar y verla negarse a alojarnos en la casa de alguna hermana de papá. Buscar un hotel cercano al Hospital.
( Mi madre tenía vergüenza de hablar que su hijo estaba en un pabellón de Vieytes? O había recibido tantas críticas de sus cuñadas, mujeres pacatas y capitalinas que nunca aceptaron a su cuñada del campo?)
Por favor vení, te pedí por teléfono, vos te reíste bajito. No puedo, estoy trabajando con Norberto, era el novio amante gigante.
Mamá estaba tan alterada que se perdía en las calles, creo que fue la única vez en mi vida que tuve sentido de orientación. O lo perdí luego de esa experiencia.(?)
Entrar a ese edificio enorme y buscar al médico que nos esperaba. Lleno de enfermeros y locos por todos lados. La ansiedad incontrolable de mamá y mi miedo, que también era un poco de curiosidad. Encontrarnos con un psiquiatra amable que nos dedicó casi una hora en explicarnos esas palabras desconocidas: esquizofrenia paranoica. Al final terminó hablando conmigo, tendría cara de aceptarlo más, me dio muchos folletos para leer. Autorizó a mamá para verlo media hora y fue concluyente: “ Este tipo de pacientes no puede vivir con su familia, quédese tranquila, acá evitamos darles choques eléctricos.”
Volvimos casi sin hablar a Entre Ríos. Mamá corrió a la casa de la abuela y yo a llamar a mi amiga por teléfono. Al otro día apareciste hermosa, maquillada y con tus tacos aguja. También viniste con el amante gigante.
Hubo charla con mamá y después con la abuela. Pero ni a mí me importó ni vos te preocupaste por mí. Me iba por una semana a Salto Grande con la familia de mi amiga. Empecé a despegarme, todavía no me daba cuenta de ello y quiero creer que vos tampoco.

