Sé y he leído, muchos libros sobre infancias. En su gran mayoría los mejores que he leído, narran historias desgarradoras.
En mi caso no puedo, decidí contar sólo los dos años más felices de la mía, creo que también los de mi familia. Estos recuerdos deben de tener alguna lógica, también deben de tener lo que yo quiero recordar. Gabriel García Márquez dijo: “la vida no es la que vivimos sino la que recordamos para contarla”.
Quiero contar hasta el final mis recuerdos de La Esmeralda de Cinco Saltos.
En aquel comienzo de clases, segundo año, me sentía feliz porque la escuela ya era parte de mi vida, la conocía de punta a punta, no me impresionaba su tamaño y, lo más importante, estaba haciendo amigas y amigos.
No noté nada extraño y, de haberlo notado, nadie me hubiera informado. Existía un mundo adulto donde los niños y las niñas quedábamos excluidos. No sé si era bueno o malo, pero yo vivía alejada de los problemas importantes. Sólo sabía las cosas triviales de todos los días.
Tengo el recuerdo de que fuimos muy seguido al pueblo con mi hermana. Ella volvía callada y sin cantar ni sonreír. Pero yo hablaba por las dos y ni notaba su tristeza. Mi madre andaba también muy agitada, como haciendo más cosas de las que hacía a diario, papá más callado, pasaba encerrado en aquella especie de oficina donde yo jugaba a abrir la caja fuerte.
En la Patagonia, en aquellos años, se iba febrero y a los pocos días, hacía frío. Comenzaba el otoño como de golpe y se vestía de mil colores la chacra y todo el paisaje que la rodeaba.
Fue en abril que, después de mi cumpleaños, mi hermana me dijo que regresaríamos a Entre Ríos. No pude captar en el momento lo que eso significaba. Al otro día, almorzando, lo pregunté en voz alta. La mirada de reproche de mi padre y mi madre hacía mi hermana fue inevitable. Mi hermana roja como una manzana dijo que cuándo me iban a avisar. Y nadie respondió nada.
Y la escuela?- dije tímidamente- me van a llevar de nuevo a aquella horrible?
Ya veremos- respondió mamá
Y comencé a preguntar por mis libros, los llevaremos dijo mi hermana, y mi cuarto de juegos, eso no puedo, me contestó riéndose. Y me fui a la escuela un poco triste, dudosa, sin saber muy bien qué pasaría.
Esa noche le pregunté a mamá porqué nos íbamos. Es demasiado trabajo para tu padre y está desconforme, me aseguró.
Cómo puede estar desconforme papá?- le decía a mi hermana esa noche- si acá le encanta? Si nos trajo con tanta ilusión? Yo no quiero irme…
Yo tampoco- dijo mi hermana y me abrazó- no papá está muy enojado con algo qué pasó… a él le gusta mucho acá.
Pero qué pasó?
No puedo decirte, sos muy chiquita y no entendés, después sé enojan conmigo…
Pero cuándo nos vamos?
Pronto, cuando se termine todo lo de la cosecha, el galpón y todo el papeleo que debe entregar papá… será a fin de mes. Él se irá en mayo.
A fin de mes? O sea aquella casa que amaba, el abuelo Tomás, mi gata, mi cuarto de jugar, las acequias, los caminos con álamos, las manzanas de nuestro árbol, la escuela con maestras tan buenas, mis amigos, los hijos del capataz, los bailes de carnaval y los partidos de fútbol, el pueblo con novio para mi hermana, los paseos por las zonas montañosas y Neuquén… todo eso, nunca más lo vería? No lo sentiría parte de mi vida? No me pertenecía como yo creí?
Eso de pertenecer a un lugar. Había nacido en Misiones, muy lejos, una distancia muy grande con la Patagonia. Fuimos a Entre Ríos cuando yo tenía tres años. A Cinco Saltos fui con cinco. Tal vez a esa edad se siente eso de pertenecer a un lugar. Tal vez me enamoré del lugar y quise pertenecer.
Me quise aferrar a la ilusión que mi vida seguiría allí pero no fue posible. La noche que pitó el tren en la estación llorábamos abrazadas con mi hermana. Mi madre no parecía muy triste, después de todo, volvíamos donde estaba toda su familia materna.
No sé, nunca supe si a mi hermano le dolió o no aquella partida. Su enfermedad lo iba alejando. Se iba haciendo un ser muy callado y alejado, de eso me di cuenta muchos años después. Pero aquellas siestas leyendo libros del oeste y jugando con él, jamás se repetirían.
Cuando el tren pitó aquella noche seguramente se selló gran parte de nuestro futuro. Y mi llanto siguió por horas hasta que el bamboleo mecánico del tren, me durmió.
No podía saber entonces que este recuerdo perduraría con tal intensidad que, sesenta años después, iría hasta Cinco Saltos en busca de mi Esmeralda perdida.

