Los rastros de lo que era

Los rastros de lo que era 

Donde hay hielo, hay frescor para dos.

                    Para dos: por eso te hice venir.

         Paul Celan 

          Con el ruido de los ómnibus, le llega desde la calle la transmisión de un partido de fútbol y entonces descubre -antes no lo había notado- que todos los que están en el Savoy son hombres. No sabe por qué se ha metido en ese bar que en otro tiempo frecuentaba, tal vez porque está próximo a la terminal, y porque ahí sobre la cortada, parece un sitio a resguardo. En otra mesa, borracho, alguien duerme y su baba moja la fórmica; los ventiladores no espantan el calor, tampoco las moscas.

          Se ha dicho cien veces que no tiene ni tendrá miedo y, aunque ocho años fuera del país han borrado las direcciones de los amigos que tenía en la ciudad, la invade la impresión de estar esperando a alguien. Todavía en Roissy,  cuando despegaban, no pudo detener el impulso de revisar la agenda, pero enseguida comprobó que ninguno de los amigos de aquella época había resistido la poda de los años.

          Hasta el momento de subir al avión, Antoine le había pedido que se quedara. Lo había hecho a su modo, con la angustia de quien presiente una catástrofe; incluso le había pedido a sus amigos -los únicos que tenían en Grenoble- que la convencieran. Pero ella no podía dejarse convencer, no esta vez. Por años había deseado volver, con un deseo animal, intenso como el miedo; incluso en alguna ocasión había avanzado hasta Air France -hasta la reserva del vuelo- y después dado marcha atrás con la ayuda de su marido, que la cuidaba más de lo que se cuidaba ella misma. Antoine era un hombre de una bondad tan extrema que ella no creía que ninguna mujer pudiera dejar de quererlo. Esa fue la impresión que tuvo desde el fin de semana en que lo conoció, cuando Iris era una recién llegada -poco después de todo aquello- y él trabajaba en ese grupo de apoyo. Lo primero que se le ocurrió pensar entonces -cuando se lo contaba reían los dos hasta llorar- fue que parecía un predicador, un Testigo de Jehová de ésos que pasaban por su casa los domingos cuando ella era una niña y a los que su padre echaba de un portazo; o un mormón, porque Antoine era así de rubio y de limpio siempre. Pero con los años había comprendido que sólo se trataba de un hombre bueno y que esa bondad le había devuelto una vida blanca, impecable, como la camisa de un mormón.

          Antoine la amaba pero ella no sabía por qué su amor le llegaba a veces como un ahogo; nunca se lo había dicho porque él no hubiera comprendido y ella temía -con un gesto, con una palabra que se le escapara- echarlo todo a perder. Siempre había bastado un pedido suyo para que él estuviera pendiente, dispuesto; así habían hecho aquel viaje por las islas griegas y el otro a Fez con el que Iris había soñado durante años. Para no tener más amigos que ella que los había perdido a todos,  Antoine fue abandonando poco a poco a sus amigos franceses y se quedaron sólo con Chela y Michel. Ahora que lo pensaba, ella comprendía que -por amor- Antoine le había concedido todo, que estaba siempre dispuesto a satisfacer sus deseos, todos los deseos excepto el de regresar.

          Cada vez que Iris hablaba de regresar, Antoine entraba en pánico, tanto que ella llegó a pensar que había algo más que deseos de cuidarla en ese pánico. Iris no sabía qué sentido tenía regresar, sólo comprendía oscuramente que iba a suceder, como había pasado con la fuga, largamente planificada. Las otras veces se había dejado convencer, pero ahora no. Acaso fuera, se dijo, porque tenía a su madre  muriéndose, aunque la madre no se enterara de nada porque estaba en una cama, inconsciente desde hacía años, tirada, muerta en vida; cómo explicarle a Antoine que lo mismo quiere verla. Cree que por eso ha regresado, para ver lo que fue alguna vez el cuerpo de su madre y ahora es esa cosa en una cama; pero no lo sabe con certeza.

          Ella necesitaba volver y eso es algo que Antoine nunca entenderá. A veces piensa que la vida es muy sencilla para los que se han trazado un camino sin vueltas, pero qué decir de los que se vieron obligados a buscar atajos, a perderse en callejones oscuros. Antoine no sabe de estas cosas y ella -aunque quisiera- no podría explicarle nada. Sólo con Chela hablaba de su deseo de volver, porque ella era también una extraña en Francia; sin embargo Chela le había dicho que lo pensara bien, que era peligroso.

          Desde hacía años, Iris no pensaba en otra cosa. Lo había hecho primero con horror, a espaldas de Antoine, sin confesar a nadie esos sentimientos que habían ido creciendo, ramificándose en cada carta, temida primero y después -no sabía ella por qué razón- esperada. Los seres humanos nos conocemos poco, le dijo a Antoine una tarde que caminaban por las afueras de Grenoble hablando, como todos entonces, de los asesinatos en serie de un comerciante de Lyon.

          En Pajas Blancas compró el diario y lo fue leyendo en el taxi que la llevaba hasta la terminal. En su país, más que en ninguna otra parte, los titulares le parecieron risibles: cientos de hombres respetables no eran más que asesinos y ahora iban a juzgarlos porque habían hecho cosas que impresionaban a la gente; no a ella, claro, pero sí a gente como Antoine.

          El mozo trae una botella de agua mineral. Ella le ve bajo la axila una aureola y siente asco; también por la rejilla grasienta y la mesa con quemaduras. Después escucha unos pasos y recuerda el ruido de botas que venían por los corredores hace tiempo, y también el sudor helado que le brotaba con sólo oírlo.

          Aunque no es más que una palabra lo que ese hombre dice a sus espaldas, Iris lo reconoce: ha seguido oyendo en sueños esa voz y la reconocería donde fuera. Además, Antoine le ha dicho que dormida repite con insistencia un nombre y ella sabe que es ese nombre. Todavía no le ha visto la cara, ni necesita vérsela, cuando siente su contacto -es sólo la presión de unos dedos sobre la espalda- y percibe, como antes, el escalofrío. Después él se sienta y por sobre la mesa extiende una mano y roza la suya.

          Sólo más tarde, cuando lo que sucedía dejó de ser el espejismo que era en esa siesta de enero, ella intentó sacar la mano; pero él la retuvo por un dedo, uno solo, el meñique. Iris imaginó que él hacía fuerza hasta arrancarle el dedo y que ella finalmente lograba desasirse y se marchaba con la mano sangrando. Él avanza hacia la palma y luego por el brazo hacia arriba, por la piel desnuda. Iris espanta por inútiles las imágenes que se le cruzan: quisiera borrar sobre todo el deseo que, contra toda lógica, ha sentido, y el día y la hora en que él la vio y la eligió entre todas; pero sabe que suprimir ese momento implicaría suprimir toda la vida y se interna en caminos no recorridos, callejones sin salida que acaban en nada. Él dijo algo, la nombró, pero no por su nombre sino por el modo en que solía llamarla entonces, cuando era suya; violentaba la voz de una forma que los años no habían borrado, con tanta fuerza que los de la mesa de enfrente se volvieron a mirarlo.

          Iris mira por la ventana, hacia la avenida: ve pasar los ómnibus, sabe que pronto pasará el suyo. Él sacó los cigarrillos y le ofreció uno, pero ella ya no fuma; después, se abrió el saco para buscar en el bolsillo de adentro el encendedor y ella vio, contra la tela de hilo color crema, un Dupont esmaltado en azul que conoce bien. Él encendió su Marlboro, dio unas pitadas y con el humo avivó la brasa; entonces ella supo lo que iba a venir y se miró el brazo, los pelos oscuros. Sabe que la brasa llegará a la carne -que él lo hace muy bien- y se dispone a soportar lo que viene para no darle con el gusto de que la vea como otras veces; pero él se detuvo antes -un poco antes- y ya no avanzó. Más que el dolor, la paralizan los recuerdos que tiene almacenados y no puede desechar. Si le fuera posible suprimir la memoria, acabarían de un soplo no sólo los horrores pasados sino los que vendrán; pero no puede. Sintió el calor, la brasa chamuscándola, la catinga de los pelos quemándose. Ella ha olido la carne quemada, y eso no es algo que pueda olvidarse. Sin embargo, no intentó retirar el brazo. Pasaron por su cabeza cuerpos marcados: la habían obligado a mirar esas cosas y ahora ella no podía borrárselas; la obligaron y entonces todo eso no dejó de suceder adentro de ella mientras viajaba a Fez, daba clases de español o hacía el amor con Antoine. También ahora escuchó los gritos -nunca se habían callado esos gritos-, unos sobre otros se mezclaban con sus quejidos.

          Se le cruzó otra vez su madre muriéndose y supo que ya no iría a verla. Midió las horas que la separaban del momento en que quedaría para siempre despojada de toda raíz; calculó también la distancia hasta la puerta y hasta el hombre que despachaba tras la barra, imaginó una maniobra y supo que ni un milagro alteraría el ritmo de las cosas. Él nombró el sitio donde la guardaba por aquellos años -el campo donde la chuparon y después la casa- y le recordó lo que ella había hecho a cambio de promesas que la mantuvieron viva. En esa casa, ella se había acostado con él sin olvidar quién era ni lo que hacía, ni tampoco lo que había hecho con ella, ni hasta qué extremo la había sometido. Esto era algo que Antoine no comprendía porque -ahora lo sabe- para su madre, para Antoine, para sus compañeros, para ella misma, era imposible comprender que había dicho que sí, que había estado con él y había hecho aquellas cosas que hizo para seguir viva. 

          Lo escuchó preguntar si recibía las cartas y los regalos que le mandaba, pero no quiso contestar. Le miró las manos, los dedos largos, el anillo de sello con las iniciales, y después, desde la ventana del bar, vio que por la avenida bajaba su ómnibus. El preguntó nuevamente por las cartas, por las que desde hacía años le mandaba y que -sin que ella supiera cómo- habían llegado regularmente a todas las casas de todas las ciudades donde había vivido; apretándole el brazo preguntaba, hasta que Iris asintió. 

           Tenía los ojos vacíos, la mirada en algún punto lejos, cuando levantó la mano hasta la cara del hombre y con un dedo le dibujó la boca. Después se largó a llorar sin importarle que la viera así, repitiendo que por qué a ella, que por qué la había elegido a ella. Echada sobre la mesa, mojando con sus lágrimas la fórmica como el borracho que dormía un poco más allá, Iris repitió esa frase hasta perder las fuerzas, mientras él le acariciaba el pelo. Bajo la caricia, ella temblaba, empapada en sudor.

*****

María Teresa Andruetto – Los rastros de lo que era

El olvido que no seremos

“No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo”.

-Emil Cioran

Hubo de esos momentos terribles. Con hermano, muchos, su esquizofrenia paranoica nunca comprendidas. Hubo momentos duros cuando en mi querer cambiar el mundo, la vida o la realidad, me llevaron detenida y angustié a mi madre, a vos. Hubo también momentos tan crueles como la muerte de papá, vos tenías 25 pero yo, apenas 15. Y salir a mendigar para pagar la hipoteca…

Cuando mamá estaba entrando en coma, estábamos las dos a su lado y la tía, la que aún vive y es mi madrina, de pronto mamá se sentó, abrió los ojos y sin ver nada, dijo fuerte y claro:

  • Ahora sí, me muero.

Y se acostó, se durmió y poco a poco en cinco o seis horas más, el corazón fue parando. No sé qué vio, no sé que sintió para declarar fuerte que ese era el momento.

Hubo otros momentos duros, ásperos, difíciles de digerir. Una madrugada, cerca de las 2 am tu hija llamó desde la Seccional Policial del menor y pidió por mi marido. A las cinco o seis de la mañana la trajo a casa.

  • Mañana tenemos que hablar con el Juez de menores, ese hijo de puta, mi medio hermano, la acosa hace tiempo. No sé qué tiene tu hermana en la cabeza que no lo saca a patadas de la casa…

No, no sabía después de tantos años cómo funcionaba tu pensamiento. Qué hacías. Porqué permitías esa aberración. Qué había sucedido. Primero debí de tomar juramento a mi marido que no iría a buscar a su medio hermano. Haríamos las cosas bien.

Se pueden hacer ese tipo de cosas bien? No sé. Por mi parte hice todo lo que dijo el Juez: mi sobrina, tu hija, tenía que ir a psiquiatra infantil, al médico, recomponerse en un ambiente tranquilo y yo firmé que me haría cargo de todo eso. Mi momento fatal, no debí hacer nada sin sentarme a hablar con vos.

Creo que vos necesitabas más tratamiento que ella. Pero hacía tanto tiempo que éramos casi dos extrañas. Que ni te consulté. Me hice cargo. Otra vez dejé que la influencia masculina me dictara qué hacer, no lo pensé bien.

Cómo hacerme cargo con un hijo de 14 años, otro de 4 y una niña de 3? Y un marido en diálisis? Yo no estaba en la plenitud de mi vida como madre, como mujer. Estaba perdida entre aprender a ser madre, cuidar un hombre enfermo y trabajar su negocio para mantener nuestra economía que disminuía. Porque por aquellos años, tuvimos que pagar varias diálisis antes de que pudiera hacerse a través de la mutualista. Y nos desequilibró económicamente. Era muy caro hace más de 30 años, pagar diálisis tres veces por semana.

Pero mi sobrina era una hermana mayor para mis hijos chicos. El trabajo más grande era llevarla a terapia, al médico y tratar de ver si al año siguiente, encaraba estudiar otra vez.

Mientras todo eso sucedía vos tampoco me llamaste. Tampoco buscaste la forma de ver a tu hija. Qué horror! Era normal que yo me hiciera cargo y vos te desentendieras? Era normal no contarte lo que me dijeron el psiquiatra y el médico?

Solución que encontramos: nos fuimos todos un mes de enero completo a la playa. Bellísima solución sin solución.

La playa, el mar, los paseos, la felicidad de un enero lleno de sol. A pesar de la diálisis. Estuvimos como una familia durante casi un mes, hasta el golpe. Mi marido sufrió una terrible des compensación y tuvimos qué regresar.

Hoy, después de tantos años me preguntó cómo lo hice, cuatro chicos atrás, conduciendo el auto con mi marido adormilado y dolorido a mi lado. Le inyecté yo mismas dos calmantes en el trayecto. En el camino también fui hablando con sus médicos, nos estaban esperando e inmediatamente lo atendieron. Lo mío era ver quien se quedaba en la casa. En el negocio. En el sanatorio: mi marido empeoraba con diagnóstico de cáncer de colon y había que operarlo casi inmediatamente.

Y fueron dos meses de internación para mí también. Mientras él se batía a duelos con la muerte procuraba estar a su lado. Me perdí el inicio de las clases, qué comían en casa, cómo iba pagando las cuentas. Me olvidé de todo: quería salvarlo de una muerte que parecía segura.

Un día mientras estaba en el Sanatorio y mis hijos en la Escuela fuiste a casa y te llevaste tu hija. No sé si hablaron antes. Si ya estaban en contacto. Pero mi furia fue tan grande que no logré controlarla.

Entré en tu casa sin golpear. Cocinabas algo y me miraste como diciendo: estaba esperando qué llegaras. Te dije todo lo que pude. Escupí palabras. De lo que pasó: como permitías a tu marido toquetear, acosar a tu propia hija? Porqué la sacaste de mi casa sin aviso? Y mi firma ante el Juez? Y el tratamiento con el psiquiatra? Qué ibas a hacer?

Nada. Seguiste cocinando. Una media sonrisa o una mueca. No sé, hermana, nunca supe. Grité por mí, que también fui una niña acosada por un tío, por vos que acusaste a otro tío, grité porque mi marido se estaba muriendo y no tenía fuerzas para obligarte a ocuparte de lo que tenías que ocuparte. Grité porque en ese momento, mucho más que en cualquier otro, deseé que fueras mi hermana mayor, aquella que había tenido . Vergüenza, rabia, indignación y un profundo cansancio.

Cuando dije: no sos más mi hermana, me lo creí. Me fui llorando y con un silencio total de tu parte. Ni me hablaste.

Y después de algunos años, mi marido, que se salvó esa y otras veces de la muerte, nos volvió a unir, cuando supo que finalmente su medio hermano ya no estaba en tu vida,

Después de mamá

“Uno debe dar valor a su propia existencia cómo si fuera una obra de arte”.

-Friedrich Nietzsche

Después de mamá en mi vida estabas vos. Aveces antes. Esos diez años me hicieron haragana a la hora de planchar o lavar. Siempre me dejabas las tareas livianas: secar los cubiertos y sacar el polvo de los muebles. Vos hacías todo lo demás.

Sabes que hasta hoy me obsesionan los cubiertos sin secar y el polvo en los muebles? Pero no planché jamás mi uniforme, no cociné, ni cosí un miserable dobladillo. Vos me sacabas las cosas de las manos: anda a estudiar, decías. Eso condicionó que lo mío era estudiar, lo tuyo todo lo demás. Supongo. Me hice cargo? Por un buen tiempo.

Pero cuando yo logré separar por un Río que también es frontera, a mamá del matriarcado y su familia, ella ocupó tu lugar. La tuve para mí y fuimos madre e hija, amigables, cómplices y pude, me di el gusto de llevarla de paseo. Conmigo miró el mar por primera vez y se doró de sol. Conmigo visitó, como en su juventud con papá, restaurantes buenos y cada domingo, salidas diferentes. Qué feliz me sentía, era como una deuda con mi madre.

Esos cinco o seis años en Montevideo fueron de absoluta felicidad. Me había prometido, y también a mi marido, que debido a la situación de Argentina, mantendría un bajo perfil y no accionaría en política.

Mamá, que nunca había vivido mejor, tal vez lo fue en aquel paraíso de Cinco Saltos de la Patagonia Argentina, se fue enfermando. Fue de a poco. Porque supongo que los paseos, mi lejanía de las persecuciones políticas y de hermano, siempre desolando su sentir materno, incluso vos que estabas lejos y supuestamente viviendo bien, impidieron durante unos diez años que su enfermedad la matara antes.

El nacimiento de mi segundo hijo también contribuyó, otro varón para mimar, para en parte, remplazar al hijo loco. Pero no duró demasiado. Cuando regresamos al Norte madre comenzó a desmejorar. Recorrimos muchos especialistas, sanatorios y hospitales.

Entonces supe que vivíamos en la misma ciudad porque acompañaste a mamá a una clínica carísima y trajiste el diagnóstico. Mami estaba muy enferma y su corazón estaba hecho de una fragilidad tal que no resistiría ninguna cirugía.

No nos vimos. Simplemente la trajiste y mamá me llamó, quería ver sus nietos varones y mi panza, que ya estaba a punto de dar a luz a mi única hija.

Mamá resistió más de lo que los médicos dijeron. Se aferró a mis hijos, se duplicó con ese verbo maravilloso que es abuelar y soportó, estoica, la enfermedad cardiaca que la iba secando. Tomaba tantos medicamentos, hacía tantos tratamientos, fue una lucha mantenerla viva dos años más. La suya fue una lucha contra la enfermedad y la mía, en mantenerla a mi lado. Mis hijos la adoraban. A mí se me hacía imposible vivir sin ella.

Un verano caluroso, eterno, húmedo, comenzó a pedirme volver a su casa materna.

  • No quiero morir acá- me dijo llorando- quiero estar con mi hija muerta y con tu padre, en el panteón familiar.

Yo, la idiota, sin palabras. La escuchaba y no la oía. No la consolaba, no la llevaba. Pasaban los días sin que yo, la idiota, escuchara sus ruegos. Tenia tres hijos, un marido que también se estaba enfermando y un afán por conservar mi vida como hasta entonces.

Pero un día la oí, llorando la dejé en casa de la matriarca que aún vivía pero ya no la reconocía como su hija mayor. La abuela ya tenía noventa años y demencia senil. Era una niña más en la inmensa casona donde mi tía y mi tío, terminaban de criar siete hijos y una mujer que demandaba más cuidados que todos ellos juntos. Pero tuve que dejar ahí a mamá. Me sentí tan culpable.

Duró apenas un par de días antes de que me llamaran, mamá estaba internada y el diagnóstico era de poco tiempo de vida. Me fui, dejé mis hijos, mi niña pequeña, dejé mi marido enfermo, me interné con mamá sus últimos cinco días de vida. Y nos volvimos a ver, finalmente, un día antes del último suspiro de nuestra madre.

Meses dormí abrazada a su último camisón sin lavar. Su último desabillé también sin lavar. El sueño se fue de mi vida. Tuve insomnio, tuve pánico, tuve depresión y nadie pudo sacarme del duelo durante meses.

Después de mamá apareciste en mi vida. Volvimos a abrazarnos y a llorar juntas. No éramos las mismas. Éramos dos hermanas separadas por exilios diferentes pero que vivíamos en la misma ciudad y no nos visitábamos. De vez en cuando teníamos noticias una de la otra. El gran escollo eran los maridos, los medio hermanos, que habían jurado no volverse a hablar. Y nosotras nos hicimos eco y renunciamos al derecho de estar juntas.

Pasó un año con trámites sucesorios y nos vimos para vender la casa: nuestra casa! Y la parte de mamá que aún quedaba en la chacra de los abuelos. Ese dinero te ayudó mucho, me enteré muchos años después, también a mí me permitió comprar la propiedad que luego casi acaba con mi propia vida.

Nos vimos sí, para un par de trámites de sucesión, para firmar papeles y las dos como queriendo borrar el pasado. Nunca lo logramos.

Yo había estado presa muchos años en este país. Nunca te lo conté. A pesar de mi bajo perfil, las Fuerzas Conjuntas de Argentina y Uruguay me secuestraron. Estuve detenida y cuando me soltaron, tenía que ir a firmar en Inteligencia cada quince días. Me quitaron el documento y no pude volver a Argentina hasta que regresó la democracia. Nunca hablamos de ello. Y ese hecho, cuando sucedió, debe de haber acelerado la enfermedad de mamá. Pero mi silencio fue total. Nunca te lo conté ni esa vez, ni las siguientes veces que estuvimos juntas. Ni siquiera cuando antes de tu final, viviste conmigo.

Después de mamá, de la insensatez de las ventas, volvió la distancia y el silencio. Me salvaron mis hijos y un marido que caía en diálisis y enfermedades constantes. La verdad, apenas tenía tiempo para sostener un mundo que se me caía a pedazos y debía impedirlo a costa de mi propia salud.

Fue otro golpe del que jamás hablamos.

Nosotras las veces que nos vimos y convivimos, después de mamá, fue para recordar cosas lindas del pasado. No nos contamos dolores. Tuve unos cuantos y vos los tuyos. Porqué el silencio? Porqué no nos contamos los calvarios? No nos teníamos confianza?

Después de mamá y vender las propiedades no volvimos a estar juntas hasta la muerte de mi marido.

Pero antes de eso hubo un hecho cruel, importante y denigrante, que me involucró, que involucró también a mi marido y no sé si lo puedo contar.

Después de mamá, después de tu muerte: tengo que volver a hacer silencio?

Los barriletes son OVNIS

Los barriletes son OVNIS

Informe especial del Libro Colorinche Argento-Uruguayo:

¿Y si esa cometa que vuela alto en una tarde de brisas de abril…

no es una cometa?

¿Y si en realidad se trata de un platillo volador,

no identificado, nunca narrado?

Ahí los quiero ver, niñas, niños, todos y todas,

descubriendo por fin una verdad asombrosa:

¡los barriletes no se pierden…

se transforman en OVNIS!

Gracias por recibir esta información

tan impresionante como cuestionable,

que hoy revela una realidad total:

¡hemos descubierto de qué están hechos

los famosos Objetos Voladores No Identificados!

Y ahora…

la pregunta que nadie se atrevió a hacer:

¿quién —o qué— los está recogiendo

desde las copas más altas de los árboles?

¿Quién será que se lleva los barriletes,

los que se escapan y se hacen OVNIS silentes?

¿Será un duende travieso y encantado,

o un ET curioso, muy bien camuflado?

Tal vez en las noches tibias de verano,

baja apurado con red en la mano,

porque en su planeta lejano y violeta,

los pequeños sueñan con tener cometas.

© Malu Escritora 2025. Obra protegida. No copiar sin permiso.

Escribir o no? Es la cuestión

Pasan los días y quiero recuperar sensaciones. Ya no recuerdos, la figura cálida y pequeña de mamá, tus ojos traslúcidos y siempre tan expresivos, la sensación de seguridad que me daba nuestra casa hasta después, cuando los allanamientos hicieron lo suyo.

Quiero el sabor de tus deliciosos postres, la caricia de tus manos siempre algo frías y temblorosas, sentir de nuevo.

Quiero experimentar en ese largo silencio que nos separó, nos unió la muerte de mamá, recordar con absoluta precisión cómo te pensaba, cómo sentía esa incomprensible separación sin despedida. Sin una dirección para escribirte. Ni vos la mía. Nada. Un silencio de alienación separó nuestra sangre. Nuestras manos parecidas. Nuestras vidas que salieron del mismo útero.

Mamá iba una o dos veces al año a visitar a la familia. Porqué no recuerdo si cuando volvía me hablaba de vos. Mamá sabía dónde estabas, tal vez. Creo que mi mente recuerda lo que quiere.

“ Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor. […]

Un libro abierto también es la noche.

“Escribir”

Marguerite Duras

Coloco esta cita. Mi libro no sé si avanza, no sé qué es, no sé si será algo.

La segunda parte de nuestras vidas que fueron nuestros tres o cuatro reencuentros, tal vez no pueda con ellos.

Mejor voy a silenciarme. No quiero recordar todas esas muertes, mamá, hermano, vos…y este andar penando queriendo olvidar lo que una vez fuimos y lo que no pudimos ser.

Debo callar?

Quizás no termine nunca

“ Las novelas permiten que me demore en ellas el tiempo necesario para formularme preguntas lo suficientemente importantes y urgentes como para que no me importe entregar a cambio esos años de mi vida.” Hang Kan

He sido y sigo siendo una persona sin paciencia, de la vejez me molesta el que voy más lenta. Tal vez por eso amo el cuento corto, no por estilo, sino por prontitud.

Pero si sigo embarcada en esto de contar tu, mi, historia, no tendré la posibilidad de síntesis. Tengo que hurgar y no soy buena. Hurgar dentro de mí tal vez pueda, pero hurgar por vos, esto es lo más triste, que no puedo hacerlo. Entonces será mera fantasía. Y no quería escribir fantasía.

En nuestras vidas hubo cosas que hoy pueden ser consideradas cuasi fantásticas pero no lo fueron.

Hurguemos a ver si las que recuerdo pueden haber alterado eso que la gente llama destino.

  • Cuando regresamos del amado pueblo de Cinco Saltos, anduvimos muy perdidas al principio. Cuando al fin regresó papá y tuvimos de nuevo nuestra casa solíamos andar casi siempre juntas, a pesar de esos diez años que me llevabas. En ese pueblo del Norte Argentino, existía un cementerio abandonado que me enseñaste a visitar. El cuidador ya te conocía y nos dejaba andar revisando restos macabros. Cajones con más de cien años con cadáveres casi intactos. Cajones violados por vándalos y calaveras sin sus dientes de oro. El señor, también narraba hechos de dudosa credibilidad pero qué pueden suceder en un cementerio abandonado, porque nadie va y nadie realmente puede decir que es lo falso y verdadero. Sobre este hecho puntual me pregunto: desde ahí comenzaste a percibir que tu conexión con los muertos o con el esoterismo eran potentes? Ahí comenzaste a percibir que lo tuyo era otra cosa que el aburrido mundo cotidiano? Y me pregunto sobre mí: cómo no me asustaba? Una niña de nueve años que asistía a un Colegio católico y una familia llena de supersticiones, es raro que no solo te acompañara sino más aún, que no me llenara de pánico y contara adonde íbamos. Ese recuerdo de qué manera labró laberintos en nuestras mentes. Jugar con los muertos no fue ni es usual…
  • Del amor y el sexo que hablamos tan pero tan pocas veces. Es extraño de verdad. Porque tuvimos tantas y tantas horas de charlas y lecturas compartidas. Porque tuvisteis tantos novios de los cuales fui testigo, porque fuiste liberal y no ocultaste tus amantes, porque tuvimos eso de menstruar por primera vez en la misma fecha,con diez años de diferencia, el mismo dos de agosto fecha que falleció nuestra hermana mayor. Causalidades numéricas. Pero además vos siempre fuiste de hablarme mucho de muchas cosas y sin embargo ni yo te pregunté sobre el sexo, ni vos me instruiste. Pero me permitiste leer, muy joven, doce años?, una enciclopedia sobre sexualidad que te habían prestado y donde por suerte descubrí que las mujeres, si nosotras, también gozábamos en la cama. Eso borró un poco los comentarios de las “ obreras laboriosas del cuarto de costura” que, mientras les cebaba mates dulces, se quejaban de sus maridos que las molestaban de noche. Esa enciclopedia, de la que nunca comentamos nada, me adelantó al libro de Johnson & Johnson que me haría leer el novio intelectual que tuve. Pero yo hubiera deseado saber qué te pasaba a vos con el sexo. Eras una mujer apasionada e insatisfecha? Eras una mujer sin prejuicios pero quizás tímida para exigir el placer? Tuviste tan mala suerte en el sexo como en las relaciones personales con tus amores? No pudieron o no supieron hacerte feliz? Fuiste demasiado condescendiente y otorgaste más placer del que te supieron dar? Eso seria importante hoy, para entender tu historia, pero no tengo respuesta. Me creo más mi última pregunta. Vos haciendo feliz, otorgando placer y gozando a veces. Sin reclamos de tu parte. Me quiero creer que en gran parte tus cambios de pareja eran por eso, aunque quien duda que después de tu gigante amante y el desaire de la familia tu autoestima quedó en descenso casi permanente? En fin que… qué pena no hablamos más de sexo! En ese camino quiero creer que te hubiera ayudado. Porque tuve suerte y gocé de una vida saludable en relación a mi sexualidad. Porque me importó mucho y leí todo lo que pude y exigí placer sin vergüenza alguna.
  • Hermano. Es repetitivo pero es que no hablamos casi nunca de él. Por qué? Qué significó para vos ese hermano que acunaste desde niña y que después te hizo pasar momentos de vergüenza en cada baile o frente a tus amigos y amigas? Que te perseguía con preguntas extrañas, que casi mata a papá y solo vos pudiste detenerlo? Qué habrá pasado por tu psiquis saber que el desquiciado, el loco, solo respondía a tu voz para detener sus furias? Tanto dolor callaste que por eso no me acompañaste a enterrarlo en el loquero? Recuerdo mi propia rabia. No podía resignarme a que no estuviera a mi lado. Que no vieras a hermano en su cajón de loco muerto, con cara de hombre tranquilo, algo que jamás habíamos visto en vida. Por qué no fuiste? Te comunicaste con él de otra forma? No pudiste verlo muerto y enterrado entre los locos que, al final, eran más su familia que nosotras. Otra pregunta sin respuesta.
  • Por qué te enamoraste de ese hombre que era medio hermano de mi marido? Por qué te alejaste con él de nosotros y del resto? Por qué hiciste el camino hacia Uruguay sin avisarnos y vivimos por años en el mismo lugar sin que nadie nos acercara? Y yo? Por qué permití que te alejaras sin buscarte? Por qué no te extrañé y necesité como lo hacía cuando era más joven? Tenía a mamá conmigo y por primera vez la veía feliz. Por primerísima vez era mi compinche y no la tuya. Alcanza acaso esa justificación de celos fraternales para años de silencio? No lo creo.
  • Pero el porqué más grande es el de: porqué te transformaste tanto junto a ese hombre y cómo hiciste para, a pesar de esa transformación, crecer en tus dones místicos ? Cómo sucedió? Eso te salvó o por el contrario, te hizo saber cuál sería el verdadero final?

Contéstame esta noche en una pesadilla cruel que me traiga tus ojos, que me traiga tu sonrisa, que me acune en tu voz leyendo poemas… contéstame por favor o no podré avanzar..,

2018: ya te escribía

Mi hermana

tenía una mirada tan clara

que podía congelarte

o te alegraba la vida

según cómo te miraba…

Mi hermana puso en mis manos

un mundo lleno de libros 

un universo de lecturas,

y cuando era pequeña 

me leía  por las noches

sus novelas y poemas…

A veces no entendía de qué hablaban

si había que reír o llorar

lo hacía por solidaridad,

( no por comprensión lectora).

En ese tiempo de Infancia mi hermana 

era casi mi madre

me cuidaba y me mimaba

me leía y protegía.

Después…

la vida nos fue llevando 

los rumbos, nos alejamos.

Pero en algunos encuentros fugaces,

volví  a reír de su mirada,

volví a leer con ella pero al revés 

yo en voz alta y ella, oyéndome. 

Mi hermana es un recuerdo

que aún llevo en mi propia mirada

vuelvo una y otra vez a nombrarla.

Y en este empecinado vivir

me he quedado tan sola sin ella que

la retomo cada vez que me brotan

las palabras.

Tuve que regresar a este escrito para solucionar esto.

Esto es: qué estoy escribiendo? Para quién y porqué?

Es una pérdida total de tiempo?

Es una justificación?

Es un intento de reconciliación con la vida que pudimos vivir?

Es una terapia casera que me inventé para traer tantos recuerdos a la luz?

No tengo idea. Sé que hace mucho te escribo…

Estás de acuerdo?

“Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana“
-Eduardo Galeano

– Estás de acuerdo en contar mi, tu, historia de esta manera? Creo que podrías hacerlo mucho mejor…

  • Si pudieras estar acá, al lado, dictando cosas que olvidé…
  • Olvidaste? Vos no podes haberte olvidado, tu memoria fue siempre prodigiosa…
  • Pero vos nunca tuviste setenta años, qué sabes si a esta edad puedo ser tan buena memorizando?
  • No, no lo sé pero… se percibe. Vos fuiste experta también en borrar lo que te molesta, lo que te aburre, lo que te duele…
  • Dice mi hija que yo no acepto al que no piensa como yo, no puedo creer que piense parecido a vos.
  • No quiero hacerte enojar. Quiero que recuerdes más.
  • Más? Tipo escritora rusa? En detalle? Sabes que me cuesta escribir en detalle, odio describir, pintar de colores, ubicar cada lugar…
  • A mí me gustaba. Cuando comenzaste a escribir eras detallista, pintabas los atardeceres que se podían imaginar…
  • Lejos estoy de esa aspiración poética que acunó descripciones de nunca acabar.
  • Fuiste cambiando, te ganó el relato breve, la síntesis.
  • Fue sin querer, o tal vez de tanto hacer resúmenes para estudiar… puede ser. También porque comencé a leer autores que dicen todo diciendo poco.
  • Pero en este caso, nosotras, mamá, hermano, parejas, hijos, no convendría que describieras más?
  • Es que no lo sé…
  • Cuando hablas del departamento que mamá me hizo en el fondo, por ejemplo, era un departamento muy pequeño, muy austero…
  • Pero lo amueblaste con los muebles lujosos que dejó tu amante gigante y parecía un buen departamento, o no?
  • A mi “ amante gigante “ debí arrancarle los ojos además de los muebles!
  • No puedo discutir eso con la foto de una muerta!
  • Pero si te explayaste bastante en el tema!
  • Fue un tema, un temazo, en nuestras vidas. No sé porqué te lo permitieron…
  • Alguna vez se te pudo ocurrir que papá hacía mucho tiempo se sentía enfermo y por eso aceptó lo inaceptable…
  • Sí, también se me ocurrió…
  • Pero no hiciste alusión. Tampoco explicas porqué yo volvía triste de Buenos Aires cada vez que viajaba con él.
  • Lo menciono, venías más triste.
  • Pero en una noche de confesiones te conté que me llevaba a la casa de su esposa, me presentaba como su empleada y dormía con ella. Yo en la habitación de huéspedes lloraba a mares. Eso te lo conté…
  • Cierto, pero tal vez no te creí. Porque… como iba a ser eso cierto si lo seguías soportando?
  • Porque me daba vergüenza! Habían sacado una hipoteca, habían aceptado un hombre separado… y tenía que ir a contar la verdad?
  • Al final de todos modos, todo salió a la luz.
  • Y papá se murió y vos crees que yo nunca sentí que era un poco mi culpa?
  • La cosa es que te hiciste el departamento y te olvidaste que yo tenía solo quince y mamá estaba sumida en una depresión espantosa. Por qué dejaste que fuera yo a pedir ayuda con lo de la hipoteca?
  • Porque yo nunca hubiera ido…La memoria de papá me lo impedía.
  • O sea, nos quedábamos en la calle…
  • Si nos hubiéramos quedado en la calle tal vez no hubieras ido a estudiar y te hubieras salvado de tantos golpes, incluso del padre de tu hijo…
  • No voy a discutir con tu fantasma pero ese verbo, más bien ese tiempo del verbo haber, es totalmente absurdo. Y después de todo, mi hijo fue lo mejor que me pasó…
  • Estás segura?
  • No, no puedo estar segura de nada desde el momento que hablo con tu foto! Voy a terminar enchalecada y encerrada como hermano! Basta!