Conversando con Don Invierno

( Infantil)

Llegó temblando, con mucho frío.

Le di una manta y un té caliente.

Se sentó en mi sala.

Mis gatos maullaron en trío,

la tortuga se escondió

y mi perra aulló,

y nadie en casa quedó.

—A mí no me quiere nadie —

protestó Don Invierno—.

Después le cantan a la Primavera,

que es muy bonita, pero ni heladas lleva.

—Es que a nadie le gusta quedarse congelado.

¿Por qué no llega sin tanto hielo?

—Nadie los entiende —me contó Verano—,

también del calor protesta la gente.

—En eso tiene razón, nos quejamos siempre,

pero de su frío helado se quejan más dolientes.

Eso se lo aseguro yo: hay tanta gente con frío…

Usted está muy mal visto, mucho más que Don Verano.

—Pero es necesario que venga —protesta con viento helado—.

Ustedes ni se imaginan cómo sería vivir de verano en verano.

—Es verdad —contesto temblando—,

¡no tomaríamos chocolate caliente!

—Exactamente, exactamente… tampoco café con leche.

Y no usarían bufandas

ni bolsas de agua caliente.

—Razón tiene, pero de todos modos a mí me duele la gente

sin abrigos ni pan caliente.

—Eso ya no es culpa mía; que se encarguen los presidentes,

los adinerados, los reyes.

¿Por qué culpan al Invierno y no ayudan a la pobre gente?

—Es que además de sufrir frío, muchos sufren de avaricia,

otros de abulia y pereza,

y la mayoría… de falta de ética.

—¡Cuánta palabra compleja!

Me quedo con mi viento frío.

Mañana salgo temprano;

la nieve caerá sin prisa.

—Don Invierno, pero no se olvide

que está temblando la gente,

que necesitamos un poco de alivio.

Se ríe con dientes de hielo

y grita:

—¡Ya pronto vendrá el famoso veranillo!

A pregunta necia…

¿Alguna vez te han operado? ¿De qué?

Una vez me extirparon los ojos y estuve ciega, se agudizaron tanto mis otros sentidos que viví en insomnio permanente porque podía oír cada sonido del mundo que me rodeaba. Entonces pedí que retiraran mis tímpanos y me devolvieran los ojos. Cuando comencé a ver de nuevo y me rodeó el silencio quedé fuera de toda conversación y música, el olfato se me agudizó de tal manera que podía sentir en cada partícula de aire el más mínimo olor. En poco tiempo mi cerebro pudo no solo percibir sino identificar de dónde provenía el aroma y de qué se trataba. Tampoco pude dormir: los aromas inundaban mis narinas y me despertaba todo el tiempo.

Harta de mi insomnio pedí la devolución de mi oído y decidí probar otra vez, vivir con los cinco sentidos. Mis ojos y oídos eran artificiales y mi olfato seguía hostigando.

Decidí ser insomne de por vida y estoy escribiendo este último mensaje para ver si alguien puede ayudarme o deberé recurrir a los somníferos que por años me han recetado y nunca tomé…

Pregunta

Probamos todo pero después nos dimos cuenta que había sido poco o nada.

Leímos muchísimo y nos percatamos que era tanto lo que nos faltaba que nunca sería suficiente.

Llenamos hojas de letras, palabras, frases y jamás estuvimos conforme, rompimos y comenzamos de nuevo, rehicimos y no fue suficiente. 

Agotamos las noches en charlas y debates, café de por medio, nunca nadie pudo salir conforme; siempre quedaba algo pendiente o mal comprendido.

Corrimos bajo el sol y terminamos entendiendo que caminar conversando era más saludable.

Ajustamos los relojes, cumplimos los horarios, nos dejamos vencer por el sistema e hicimos compras los domingos.

Después de las compras vendrían más compras y no pudimos, nos dejamos vencer, quisimos salir pero a su vez, nos fabricamos nuestra zona de confort y ahí nos apretujamos.

Cada tanto, en alguna tanda comercial, miramos hacia adentro y nos dimos asco pero para poder vivir, nos perdonamos.

Hubo momentos en que la ideología y la filosofía dominó tan intensamente nuestras vidas que hasta peleamos por ideas. Nos fracturaron por eso.

Hubo también tiempos de pura atención al arte y lo social, debatiéndonos entre la belleza y la desesperanza.

Intentando entender los vertiginosos cambios hace más de treinta años nos establecimos  a mirar, explicarnos, intentar re aprender lo que jamás pensamos íbamos a repasar.

Se nos aquietó el espíritu y tenemos un tiempo, eso es relativo, de contemplación que queremos disfrutar.

Cada tanto igual soñamos y hablamos en voz alta de quimeras cada día más imposibles.

Ahí, debajo de esa piel que aún resiste, arde el lejano fuego de hacer, deshacer, discutir, apasionarnos, correr, tirar todo para recomenzar.

Debajo de estas estructuras óseas que aún caminan arden fuegos, luchas y algunos, muchos, misterios sin resolver.

Al final como el viejo poeta diremos: vida, estamos en paz? 

O el último suspiro será de: vida, aún me quedé sin aprender?

Amemos

Si nadie sabe ni por qué reímos
ni por qué lloramos;
si nadie sabe ni por qué vinimos
ni por qué nos vamos;

si en un mar de tinieblas nos movemos,
si todo es noche en derredor y arcano,
¡a lo menos amemos!
¡Quizás no sea en vano!

Amado Nervo

Vacaciones de la gata y los ratones. ( Primera Infancia)

Vacaciones a la sombra

Una gata y dos ratones pactaron 

salir de vacaciones.

Ni corridas, ni escondidas,

se dieron tregua por unos días.

La gata marcha muy elegante 

con sombrero de playa

y cintas color granate.

Los ratones llevan moños y mochilas

llenas de frutas y muchas comidas.

El mar infinito les hace guiñadas

pero la gata está muy cansada.

Los ratones, hambrientos, se ponen

a roer fetas de queso con pan francés.

La gata se estira, ronronea,se duerme,

el mar está lejos, el sol en el frente.

Hartos ya de queso los felices

ratones, bailan en la playa,

de pronto, la marea,se apresura y los alcanza. 

El agua y la espuma los dispersa

con prisa, huyen todos juntos,

dejan la comida, pierden las cintas.

  • No habrá vacaciones? – pregunta tía rata.
  • Si el mar no nos deja, vayamos a casa- responde la gata.

El día de tregua y de vacaciones 

termina bajo un árbol 

 y entonan canciones.

Los ratones cantan y la vieja gata,

desafina tanto, que al final el trío 

se queda callado.

Vacaciones y descanso tomaron estos tres…

Les duró sólo un día pero les alcanzó, 

pues cuando volvieron el perro los 

corrió!

@marialuisadefrancesco

La decisión está tomada

Querida hermana, hermosa y lejana, ajena a mis causas unida a mi vida. Ojazos increíbles, sonrisa eterna, manos mágicas, tacos agujas…

Vos eras una alondra, una bruja, un hada y una mujer sexi que nadie supo ver como yo.

Porque cuándo jugábamos, yo jugaba y vos no, tu Tarot era tan certero que ni yo me lo creía. Porque cuando amabas tus manos sanaban. Porque nunca hiciste código de silencio para castigar, hiciste cosas como perdonar y soportar.

Este amor que te tuve, el rencor que me nació y las veces que te perdoné y me abrazaste son tan nuestros como el útero que nos cobijó.

Por eso. Porque no te cerré los ojos. Porque la desaparecida debí ser yo y no vos, que no sé dónde llorarte hermana. Que dejaron tus huesos y ni siquiera me dijeron dónde y eso me cala el alma y es por eso, sí por eso, tengo que escribir tu historia.

Aunque eso tal vez me lleve años: debo hacerlo.

Aunque escriba con este dolor de tripas. Aunque llore sin parar al releer.

Debo hacerlo.

Adiós al blog. Bienvenida a tu, mi, novela.

Y ellos: quienes eran?

Querida:

Si continuó este delirio no puedo hacerlo de un solo lado. Desde el mío y el tuyo pero ese tuyo, también es mío. Mi concepto y mis recuerdos, mis vivencias, compartir mis emociones.

Me puse a pensar en “ellos”, mi marido, tu marido, dos uruguayos hermanos solo por parte de madre. Dos historias que en un momento de nuestras vidas ocasionaron lo que nos quedaba por delante.

A partir de mi exilio político y tu lejanía, que después supe era una distancia corta, vivíamos muy cerca pero no nos veíamos, nuestras vidas de hermanas pasó a ser la de estos hombres más que la nuestra.

Y para explicar algunos motivos que podrían aclarar esas razones debo meterme en la parte de sus historias que conozco. Otra vez caigo en mi propia versión de lo que me contaron y recuerdo.

Hubo mucho machismo acatado de nuestra parte. Ellos tal vez tenían razones para estar separados. No tuvieron una familia como la nuestra, ni una madre como la nuestra. Dos padres diferentes uno, el padre de mi marido, abandónico. El otro, el de tu marido, cruel, abusador y alcohólico. Una madre que cambió de marido muy rápido, antes que la dejara el primero ya tenía el segundo, antes de que se fuera el segundo ya tenía el tercero.

Sus vidas fueron tan diferentes. Sus vivencias de niños siempre hundidos en la pobreza, con una familia de dos apellidos con tres hijos de un padre y tres de otro, un tercer marido mucho más joven que la madre, creo que los marcó de una manera de la que no pudieron escapar.

No puedo o no debería obviar porque por esa forma cruel de vida que tuvieron, cuando se encontraron con nosotras a los dos, de una u otra forma, les condicionó el comportamiento.

He decidido parar estas cartas para ver cómo narro la vida de estos hombres que siendo hermanos de útero, vos entenderías porque no pongo de madre, tuvieron sin embargo una hermandad tardía que al final, nosotras de por medio y sin culpa alguna, se separaron para siempre.

Tengo que completar la historia y no sé si estoy lista.

Los rastros de lo que era

Los rastros de lo que era 

Donde hay hielo, hay frescor para dos.

                    Para dos: por eso te hice venir.

         Paul Celan 

          Con el ruido de los ómnibus, le llega desde la calle la transmisión de un partido de fútbol y entonces descubre -antes no lo había notado- que todos los que están en el Savoy son hombres. No sabe por qué se ha metido en ese bar que en otro tiempo frecuentaba, tal vez porque está próximo a la terminal, y porque ahí sobre la cortada, parece un sitio a resguardo. En otra mesa, borracho, alguien duerme y su baba moja la fórmica; los ventiladores no espantan el calor, tampoco las moscas.

          Se ha dicho cien veces que no tiene ni tendrá miedo y, aunque ocho años fuera del país han borrado las direcciones de los amigos que tenía en la ciudad, la invade la impresión de estar esperando a alguien. Todavía en Roissy,  cuando despegaban, no pudo detener el impulso de revisar la agenda, pero enseguida comprobó que ninguno de los amigos de aquella época había resistido la poda de los años.

          Hasta el momento de subir al avión, Antoine le había pedido que se quedara. Lo había hecho a su modo, con la angustia de quien presiente una catástrofe; incluso le había pedido a sus amigos -los únicos que tenían en Grenoble- que la convencieran. Pero ella no podía dejarse convencer, no esta vez. Por años había deseado volver, con un deseo animal, intenso como el miedo; incluso en alguna ocasión había avanzado hasta Air France -hasta la reserva del vuelo- y después dado marcha atrás con la ayuda de su marido, que la cuidaba más de lo que se cuidaba ella misma. Antoine era un hombre de una bondad tan extrema que ella no creía que ninguna mujer pudiera dejar de quererlo. Esa fue la impresión que tuvo desde el fin de semana en que lo conoció, cuando Iris era una recién llegada -poco después de todo aquello- y él trabajaba en ese grupo de apoyo. Lo primero que se le ocurrió pensar entonces -cuando se lo contaba reían los dos hasta llorar- fue que parecía un predicador, un Testigo de Jehová de ésos que pasaban por su casa los domingos cuando ella era una niña y a los que su padre echaba de un portazo; o un mormón, porque Antoine era así de rubio y de limpio siempre. Pero con los años había comprendido que sólo se trataba de un hombre bueno y que esa bondad le había devuelto una vida blanca, impecable, como la camisa de un mormón.

          Antoine la amaba pero ella no sabía por qué su amor le llegaba a veces como un ahogo; nunca se lo había dicho porque él no hubiera comprendido y ella temía -con un gesto, con una palabra que se le escapara- echarlo todo a perder. Siempre había bastado un pedido suyo para que él estuviera pendiente, dispuesto; así habían hecho aquel viaje por las islas griegas y el otro a Fez con el que Iris había soñado durante años. Para no tener más amigos que ella que los había perdido a todos,  Antoine fue abandonando poco a poco a sus amigos franceses y se quedaron sólo con Chela y Michel. Ahora que lo pensaba, ella comprendía que -por amor- Antoine le había concedido todo, que estaba siempre dispuesto a satisfacer sus deseos, todos los deseos excepto el de regresar.

          Cada vez que Iris hablaba de regresar, Antoine entraba en pánico, tanto que ella llegó a pensar que había algo más que deseos de cuidarla en ese pánico. Iris no sabía qué sentido tenía regresar, sólo comprendía oscuramente que iba a suceder, como había pasado con la fuga, largamente planificada. Las otras veces se había dejado convencer, pero ahora no. Acaso fuera, se dijo, porque tenía a su madre  muriéndose, aunque la madre no se enterara de nada porque estaba en una cama, inconsciente desde hacía años, tirada, muerta en vida; cómo explicarle a Antoine que lo mismo quiere verla. Cree que por eso ha regresado, para ver lo que fue alguna vez el cuerpo de su madre y ahora es esa cosa en una cama; pero no lo sabe con certeza.

          Ella necesitaba volver y eso es algo que Antoine nunca entenderá. A veces piensa que la vida es muy sencilla para los que se han trazado un camino sin vueltas, pero qué decir de los que se vieron obligados a buscar atajos, a perderse en callejones oscuros. Antoine no sabe de estas cosas y ella -aunque quisiera- no podría explicarle nada. Sólo con Chela hablaba de su deseo de volver, porque ella era también una extraña en Francia; sin embargo Chela le había dicho que lo pensara bien, que era peligroso.

          Desde hacía años, Iris no pensaba en otra cosa. Lo había hecho primero con horror, a espaldas de Antoine, sin confesar a nadie esos sentimientos que habían ido creciendo, ramificándose en cada carta, temida primero y después -no sabía ella por qué razón- esperada. Los seres humanos nos conocemos poco, le dijo a Antoine una tarde que caminaban por las afueras de Grenoble hablando, como todos entonces, de los asesinatos en serie de un comerciante de Lyon.

          En Pajas Blancas compró el diario y lo fue leyendo en el taxi que la llevaba hasta la terminal. En su país, más que en ninguna otra parte, los titulares le parecieron risibles: cientos de hombres respetables no eran más que asesinos y ahora iban a juzgarlos porque habían hecho cosas que impresionaban a la gente; no a ella, claro, pero sí a gente como Antoine.

          El mozo trae una botella de agua mineral. Ella le ve bajo la axila una aureola y siente asco; también por la rejilla grasienta y la mesa con quemaduras. Después escucha unos pasos y recuerda el ruido de botas que venían por los corredores hace tiempo, y también el sudor helado que le brotaba con sólo oírlo.

          Aunque no es más que una palabra lo que ese hombre dice a sus espaldas, Iris lo reconoce: ha seguido oyendo en sueños esa voz y la reconocería donde fuera. Además, Antoine le ha dicho que dormida repite con insistencia un nombre y ella sabe que es ese nombre. Todavía no le ha visto la cara, ni necesita vérsela, cuando siente su contacto -es sólo la presión de unos dedos sobre la espalda- y percibe, como antes, el escalofrío. Después él se sienta y por sobre la mesa extiende una mano y roza la suya.

          Sólo más tarde, cuando lo que sucedía dejó de ser el espejismo que era en esa siesta de enero, ella intentó sacar la mano; pero él la retuvo por un dedo, uno solo, el meñique. Iris imaginó que él hacía fuerza hasta arrancarle el dedo y que ella finalmente lograba desasirse y se marchaba con la mano sangrando. Él avanza hacia la palma y luego por el brazo hacia arriba, por la piel desnuda. Iris espanta por inútiles las imágenes que se le cruzan: quisiera borrar sobre todo el deseo que, contra toda lógica, ha sentido, y el día y la hora en que él la vio y la eligió entre todas; pero sabe que suprimir ese momento implicaría suprimir toda la vida y se interna en caminos no recorridos, callejones sin salida que acaban en nada. Él dijo algo, la nombró, pero no por su nombre sino por el modo en que solía llamarla entonces, cuando era suya; violentaba la voz de una forma que los años no habían borrado, con tanta fuerza que los de la mesa de enfrente se volvieron a mirarlo.

          Iris mira por la ventana, hacia la avenida: ve pasar los ómnibus, sabe que pronto pasará el suyo. Él sacó los cigarrillos y le ofreció uno, pero ella ya no fuma; después, se abrió el saco para buscar en el bolsillo de adentro el encendedor y ella vio, contra la tela de hilo color crema, un Dupont esmaltado en azul que conoce bien. Él encendió su Marlboro, dio unas pitadas y con el humo avivó la brasa; entonces ella supo lo que iba a venir y se miró el brazo, los pelos oscuros. Sabe que la brasa llegará a la carne -que él lo hace muy bien- y se dispone a soportar lo que viene para no darle con el gusto de que la vea como otras veces; pero él se detuvo antes -un poco antes- y ya no avanzó. Más que el dolor, la paralizan los recuerdos que tiene almacenados y no puede desechar. Si le fuera posible suprimir la memoria, acabarían de un soplo no sólo los horrores pasados sino los que vendrán; pero no puede. Sintió el calor, la brasa chamuscándola, la catinga de los pelos quemándose. Ella ha olido la carne quemada, y eso no es algo que pueda olvidarse. Sin embargo, no intentó retirar el brazo. Pasaron por su cabeza cuerpos marcados: la habían obligado a mirar esas cosas y ahora ella no podía borrárselas; la obligaron y entonces todo eso no dejó de suceder adentro de ella mientras viajaba a Fez, daba clases de español o hacía el amor con Antoine. También ahora escuchó los gritos -nunca se habían callado esos gritos-, unos sobre otros se mezclaban con sus quejidos.

          Se le cruzó otra vez su madre muriéndose y supo que ya no iría a verla. Midió las horas que la separaban del momento en que quedaría para siempre despojada de toda raíz; calculó también la distancia hasta la puerta y hasta el hombre que despachaba tras la barra, imaginó una maniobra y supo que ni un milagro alteraría el ritmo de las cosas. Él nombró el sitio donde la guardaba por aquellos años -el campo donde la chuparon y después la casa- y le recordó lo que ella había hecho a cambio de promesas que la mantuvieron viva. En esa casa, ella se había acostado con él sin olvidar quién era ni lo que hacía, ni tampoco lo que había hecho con ella, ni hasta qué extremo la había sometido. Esto era algo que Antoine no comprendía porque -ahora lo sabe- para su madre, para Antoine, para sus compañeros, para ella misma, era imposible comprender que había dicho que sí, que había estado con él y había hecho aquellas cosas que hizo para seguir viva. 

          Lo escuchó preguntar si recibía las cartas y los regalos que le mandaba, pero no quiso contestar. Le miró las manos, los dedos largos, el anillo de sello con las iniciales, y después, desde la ventana del bar, vio que por la avenida bajaba su ómnibus. El preguntó nuevamente por las cartas, por las que desde hacía años le mandaba y que -sin que ella supiera cómo- habían llegado regularmente a todas las casas de todas las ciudades donde había vivido; apretándole el brazo preguntaba, hasta que Iris asintió. 

           Tenía los ojos vacíos, la mirada en algún punto lejos, cuando levantó la mano hasta la cara del hombre y con un dedo le dibujó la boca. Después se largó a llorar sin importarle que la viera así, repitiendo que por qué a ella, que por qué la había elegido a ella. Echada sobre la mesa, mojando con sus lágrimas la fórmica como el borracho que dormía un poco más allá, Iris repitió esa frase hasta perder las fuerzas, mientras él le acariciaba el pelo. Bajo la caricia, ella temblaba, empapada en sudor.

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María Teresa Andruetto – Los rastros de lo que era