Mujer pensante

Mujer pensante

Cuando vos pones la mirada en ese compás de espera o perdida y sin rumbo, ni triste, ni alegre, más bien buscando…

Sé que hurgas ficciones o tal vez, recuerdos y otras veces, dialogas con vos misma sobre la existencia.

En un laberinto de pensamientos que muchas veces deseas ir a escribir, muchas veces lo haces, otras, lo desestimas.

Conviene no sacarte de tu abismo interno. Conviene dejarte que te vayas y regreses cuando y como puedas. A veces incluso vale la pena la espera, porque comenzarás a contar el último libro que deberías escribir. 

Entonces te dejo. Libre y profunda en tu red de laberintos, espejos, resolanas, adioses y encuentros, es un buen sitio para vos. Tal vez el único donde realmente sos libre. O donde te permitís regresar a la infancia. O de autorizas ficciones y maravillas. 

Es cierto que te conozco tanto que por el brillo de tus ojos, a veces puedo adivinar que andas atrás de un recuerdo doloroso, también me doy cuenta por la lejanía de tu ser, que te estás metiendo en el mundo de los fantasmas o las fantasías que, en tu caso, pueden ser la misma cosa.

“ Nos dedicábamos al placer de pensar”, dijo en alguna lejana entrevista Borges. Se te grabó. El placer de pensar te busca, te anida, te aleja y después, te regresa como liviana de equipaje.

Sigue elucubrando más allá de nosotros, más allá de lo cotidiano, más allá de vos misma. 

Te sanas y regalas. Existe mejor receta? 

Estoy, Domingo

Domingo, amigo?

Cuando era pequeña el Domingo tenía olor a mi padre que ponía música, tangos en general, desde las seis de la mañana. Mi hermana y yo intentábamos con almohadas tapar los oídos. Imposible.

El Domingo era eterno y de tarde, me aburría. En invierno los adultos desgajaban las tardes invernales con aburridos juegos de cartas.

Hubo Domingos de charcas y correr al aire libre, trepar a los árboles, guerras de mandarinas con los primos y siestas con revistas de historietas. Sublimes.

Hubo tantas formas de vivir el Domingo. 

En el coro del Colegio, canciones religiosas, fue mi etapa de querer cantar.

Domingos de adolescencia con mi padre ya muerto intentando hacer sonreír a mamá.

Domingo en Montevideo, descubriendo un lugar nuevo para almorzar. Recorrer la Rambla. 

Domingo de familia con y sin mi madre. 

Domingo de verlo enfermo y a punto de morir.

Cuántos Domingo al lado del mar.

Al lado del río. Al lado de mis hijos, después los nietos. 

Domingo sonoro, Domingos silencioso.

Entre la luz y la sombra existieron tantos y varios Domingo

No sé si a esta altura de mi vida tiene algo de especial este día de semana. Serán recuerdos? Serán las costumbres? Algo social enquistado? 

Ya no hay religión. No es día de descanso. Están lejos los lazos familiares. Es Domingo de acumular otros en esa memoria casi infinita. Es Domingo de aprender a mirar hacia adentro y valorar el silencio y la quietud de los otros.

Aprovechar que todos duermen más y vivir este Domingo con ganas de estarse en perfecta armonía: quietud, silencio, mente que divaga, llenar los sentidos de la vida que está. Todavía está! 

Quería escribir que me duele otro Domingo más. No lo logré. Al final: todavía quiero ver otros más y saber que estoy cobrando significados diversos.

Estoy y te sufro Domingo. Estoy y puedo verte, Domingo. Estoy y puedo lamer mis heridas. Estoy, puedo lamer las heridas de mis seres más amados. 

Estoy, todavía vivo este sistema dominical, diferente, parecido, mudo o bullicioso. 

Estoy, Domingo.

Tejido invisible

Es una especie de tela de araña fuerte, irrompible y a su vez, invisible.

Te cuesta imaginar que exista algo así. Porque es parte de un mundo de magia o de imposibles que nos enseñaron a negar.

La intuición, fuerte, presente, la que heredaste y la propia hacen su trabajo. Y te gana antes de notarlo, la seguís sin sentir que vas tejiendo la red invisible de tu vida y la de otras, otros, que vas marcando de forma invisible lo que luego llamarás, destino.

Finalmente está tu subconsciente, ese otro que también teje desde allí, tu propio cielo o infierno.

Estamos todas y todos repletos de señales, guías, advertencias, caminos y tejidos que sin darnos cuenta, usamos, desoímos, tal vez hasta despreciamos y otras veces, abrazamos. Están, de todos modos, están.

Es verdad que hay más cosas entre el cielo y la tierra que las que una pueda imaginar, lo dijo Shakespeare y no se equivocó. Es solo que ante tanta ciencia, tecnología y supuestos futuristas, creemos que ya no hay más.

Siempre habrá más, mucho más que lo que podamos imaginar.

Es una finísima y fuerte red tejida por miles de generaciones que ni siquiera sabemos dónde termina para atrás y menos aún, cuánto seguirá hacia adelante.

Cuanta gente detrás tuyo tejió lo que eres hoy, cuantos hombres, mujeres, jóvenes y niños o niñas, vivieron y murieron para estar escribiendo esta estupidez yo desde aquí, vos leyendo desde ahí..

Aún así, somos soberbios y nos creemos artífices de nuestros destinos y creadores gracias a nosotros mismos. No. Para este hoy mío o tuyo, otras y otros pelearon sus propias batallas y tejieron estas redes. Infinitas e invisibles que muchos llaman destino.

Las palabras

Soberbia pretensión: creer que se tienen.

Las palabras están viven se escapan.

Las palabras huyen.

Las palabras desaparecen.

Y una creyó, mucho tiempo,

que tenía con ellas un buen vínculo.

Una creyó que con ellas tendería

todos los puentes de comunicación.

Los del perdón, los del amor, los de

la ironía, los del entendimiento…

Nada, en realidad las palabras tienen

vida propia y están cuando quieren,

( o cuando pueden).

Estoy angustiada de palabras obstinadas

acurrucadas en algún lugar de mi cuerpo.

Se retuercen y no me salen,

al menos no salen las que deben,

ni cuando ni como quiero.

Errática y desencajada estoy

disparando de esta situación

que me tiene silenciada o casi,

que digo lo que no debo,

que me obligo a silenciarme porque

sé que las palabras, mis cómplices,

esta vez no pueden ayudarme.

De verdad he leído sobre el silencio,

he intentado ese método de dejarlo hablar,

de habitarme con una paz de silencio.

Y que este silencio sean mis palabras.

Reverenda estupidez. Pero por hoy:

no me quedan soluciones ni

esperanzas para expresar lo que quiero,

ni lo que ansió, ni lo que no quiero.

Solo el silencio me asiste.

Triste

Triste

… como la luna sin espejos de aguas donde mirarse,

… como el cachorro de lobo que aúlla por una madre asesinada 

… como un joven que vestido de soldado se enfrenta a la muerte y el asesinato

… como un chico que le quitaron el sueño de ser niño

… como una niña que le robaron la posibilidad de ser niña

… como una mujer de pechos ya secos viendo sus hijos con hambre 

… como un árbol que ve llegar el fin de su vida y no puede gritar

… como una joven loca de amor primero frente a la traición del amado

… como un joven enamorado frente al desdén de la chica en cuestión 

… como un obeso que siente el asco de lo que los rodean

… como un perro siempre sufriendo en una cadena

… como una bella lagartija verde pisoteada y mordida por perros 

… como un gato maullando en la lluvia

… como un tren abandonado 

…como un sol preso de nubarrones oscuros

… como un libro nunca abierto

…como un autor nunca publicado 

… como una mujer que debe exhibirse para que le den trabajo

… como una prostituta que sabe que morirá en la calle

… como capitán sin más soldados ni guerras

…como una flor pisoteada por botas

… como un libro prendido fuego junto a otros

… como un cuadro destruido

… así de triste. Se entenderá?

La gotera

Una maldita gotera al lado de la araña de luces del comedor diario. Enfrente a nuestro dormitorio. Caía sin tregua porque esa semana llovió todas las noches.
No sé qué edad tenía, supongo que unos nueve años. Supe que esa gota me ganaba, que no podría dormir sin esperar la siguiente.
En la otra cama mi hermana dormía plácidamente. Cómo podía dormir. El conteo de las gotas tenía que hacerse. Las gotas no pueden repiquetear por primera vez adentro de un balde, en tu comedor diario, frente a tu habitación y que nadie las cuente, las escuché reírse cantando por mi primer insomnio.
La segunda noche las gotas cantaron aún más alegres porque papá, de quién debo de haber heredado el oído fino, puteba en italiano, en lunfardo porteño y en argentino, a las malditas gotas. Al hombre que subió al techo y no pudo arreglarlo a tiempo.
Tercera noche de goteo. El infierno entraba por un pequeño orificio y caía en el balde y despertaba a los insomnes y a los dormidos. Fatales, crueles, no cesaban. Mi padre seguía insultando en todos sus idiomas conocidos y alguno que, casi seguro, se inventaba.
Hecha un ovillo yo las contaba. No eran ovejas, eran gotas y caían a su ritmo. Era difícil contarlas. La lluvia de la tercera noche fue incansable. Hubo que cambiar el balde, secar el piso. Mi madre y su silencio. Negándose a seguir insultando lo que caía del cielo.
Al cuarto día paró de llover y en unos días de sol tibio, el techo “quedó como nuevo”, en el decir de mi padre.
La casa durmió, las gotas dejaron de cantar en el balde y supe que sería un recuerdo. Que nunca olvidaría esa canción acuosa que me hizo conocer mi primer insomnio y me hizo ovillar la voz de barítono de papá que repartió insultos que nunca le había escuchado.
“La lluvia sucede en el pasado…” dice un verso de Borges. Es verdad, también me recuerda a mi padre.
@maluescritorablog.wordpress

El muerto

Un tipo especial sería el muerto. Digo eso porque en nuestro pueblito de frontera, nadie o casi nadie usaba zapatos de cuero. Además, apareció en un auto cola chata que lo dejó en la plaza, la única, y se fue a toda velocidad como huyendo.

Apareció de la nada en nuestro pueblito y se paseó orondo por la calle principal. Con paso elegante, con lentes para sol que justo no eran necesarios. Fue un día terrible de nubes y truenos y ni una  gota de lluvia.

Mirando la nada que había para ver. Se paseó por todito el caserío, dicen que le dio monedas a los niños pero no lo vi.

Otros dicen que acarició al Chucho, que viene a ser el perro del pueblo, es feo y está viejito. Tampoco vi eso. Solo lo vi caminar como buscando o dejando que tal vez, pueden parecerse. Estaban todos mirando lo que el tipo hacía, no sé si se daba cuenta. Porque acá nunca viene nadie que no conozcamos. Acá los que vienen, y son cada vez menos, son parientes de los que nos quedamos.

Cerca de medio día cayó muerto en la plaza. Cayó sin ruido, se dobló como un papel, dobló las rodillas y finalmente todo su cuerpo se durmió sobre las piedras de la única plaza del pueblo.

Hicimos deducciones antes de acercarnos. Después vimos el hilo de sangre que oscilaba y se perdía desde su pecho. Ahí supimos que no escuchamos el tiro pero lo mataron. ¿ Es posible con aquel día gris en un pueblo solitario, no escuchar un disparo? No sé.

Lo mataron. Esa noticia sería un plato de primera clase para nuestra monotonía cotidiana. Vino el comisario en persona. Pidió cosas inexistentes: un forense,  un equipo de investigación y análisis. En fin, nos reímos el día entero de esos pedidos que eran un chiste. El comisario no tenía nada de eso y cuando se dio cuenta, salió gritando que necesitaba la única carnicería del pueblo para meter el muerto hasta que llegaran las autoridades de “más arriba”.

Cuando ya nos habíamos olvidado del muerto anónimo que nos puso vida con su muerte, apareció aquella mujer vestida de negro y de lentes oscuros. Una mujer de paso lento y seguro. Preguntó por un hombre aquí y allá. Entró y salió de la comisaría y la iglesia. La viuda, pensamos. 

Al atardecer había desaparecido. No dejó rastros. Ni el comisario ni el cura dicen haberla visto. Estuvo y preguntó pero nadie la recuerda. Volvimos lentos al aburrimiento de siempre. El muerto congelado se aburre con nosotros. 

Y “ los de arriba” nunca vinieron a conocer al muerto. Habría que enterrarlo.

Otro NN más. Dicen que hay muchos. Yo no sé, para nosotros es el primero. 

Por las dudas, dice mi padre, pongan NN1, por si siguen apareciendo. 

Así lo hicimos. Después nada, nos quedamos esperando el siguiente muerto y también deseamos ver a otra mujer que nadie ve o nadie recuerda.