Una maldita gotera al lado de la araña de luces del comedor diario. Enfrente a nuestro dormitorio. Caía sin tregua porque esa semana llovió todas las noches.
No sé qué edad tenía, supongo que unos nueve años. Supe que esa gota me ganaba, que no podría dormir sin esperar la siguiente.
En la otra cama mi hermana dormía plácidamente. Cómo podía dormir. El conteo de las gotas tenía que hacerse. Las gotas no pueden repiquetear por primera vez adentro de un balde, en tu comedor diario, frente a tu habitación y que nadie las cuente, las escuché reírse cantando por mi primer insomnio.
La segunda noche las gotas cantaron aún más alegres porque papá, de quién debo de haber heredado el oído fino, puteba en italiano, en lunfardo porteño y en argentino, a las malditas gotas. Al hombre que subió al techo y no pudo arreglarlo a tiempo.
Tercera noche de goteo. El infierno entraba por un pequeño orificio y caía en el balde y despertaba a los insomnes y a los dormidos. Fatales, crueles, no cesaban. Mi padre seguía insultando en todos sus idiomas conocidos y alguno que, casi seguro, se inventaba.
Hecha un ovillo yo las contaba. No eran ovejas, eran gotas y caían a su ritmo. Era difícil contarlas. La lluvia de la tercera noche fue incansable. Hubo que cambiar el balde, secar el piso. Mi madre y su silencio. Negándose a seguir insultando lo que caía del cielo.
Al cuarto día paró de llover y en unos días de sol tibio, el techo “quedó como nuevo”, en el decir de mi padre.
La casa durmió, las gotas dejaron de cantar en el balde y supe que sería un recuerdo. Que nunca olvidaría esa canción acuosa que me hizo conocer mi primer insomnio y me hizo ovillar la voz de barítono de papá que repartió insultos que nunca le había escuchado.
“La lluvia sucede en el pasado…” dice un verso de Borges. Es verdad, también me recuerda a mi padre.
@maluescritorablog.wordpress
La gotera
