( Infantil)
Llegó temblando, con mucho frío.
Le di una manta y un té caliente.
Se sentó en mi sala.
Mis gatos maullaron en trío,
la tortuga se escondió
y mi perra aulló,
y nadie en casa quedó.
—A mí no me quiere nadie —
protestó Don Invierno—.
Después le cantan a la Primavera,
que es muy bonita, pero ni heladas lleva.
—Es que a nadie le gusta quedarse congelado.
¿Por qué no llega sin tanto hielo?
—Nadie los entiende —me contó Verano—,
también del calor protesta la gente.
—En eso tiene razón, nos quejamos siempre,
pero de su frío helado se quejan más dolientes.
Eso se lo aseguro yo: hay tanta gente con frío…
Usted está muy mal visto, mucho más que Don Verano.
—Pero es necesario que venga —protesta con viento helado—.
Ustedes ni se imaginan cómo sería vivir de verano en verano.
—Es verdad —contesto temblando—,
¡no tomaríamos chocolate caliente!
—Exactamente, exactamente… tampoco café con leche.
Y no usarían bufandas
ni bolsas de agua caliente.
—Razón tiene, pero de todos modos a mí me duele la gente
sin abrigos ni pan caliente.
—Eso ya no es culpa mía; que se encarguen los presidentes,
los adinerados, los reyes.
¿Por qué culpan al Invierno y no ayudan a la pobre gente?
—Es que además de sufrir frío, muchos sufren de avaricia,
otros de abulia y pereza,
y la mayoría… de falta de ética.
—¡Cuánta palabra compleja!
Me quedo con mi viento frío.
Mañana salgo temprano;
la nieve caerá sin prisa.
—Don Invierno, pero no se olvide
que está temblando la gente,
que necesitamos un poco de alivio.
Se ríe con dientes de hielo
y grita:
—¡Ya pronto vendrá el famoso veranillo!
