“ Las lágrimas nacen del corazón, no del cerebro “ . Leonardo da Vinci
Grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito y necesito, al menos, creer en mi protesta“.
-Albert Camus
Es triste escribirte. Tan triste como haber sido esas hermanas que se amaron pero no lo suficiente. Hermanas no de tiempo completo. Hermanas de a ratos.
Los tramos felices de nuestra historia juntas fueron cortos. Las separaciones, después de mi intento de ingresar a la Universidad y de nuestros respectivos partos, fueron cada vez más breves.
Fue tan triste tenerte pero no. Mi faro que se apagaba y después, se encendía, yo corría y otra vez se apagaba. Yo era, dicho por vos, tu eterna niña, te pasaría lo mismo: me recobrabas, me abrazabas y me perdías.
En esa primera separación me metí de lleno en los estudios y en tener novio. Pero era imposible y no sé si tantos años después puede entenderse, no militar con ideología de izquierda. Eran los años setenta! Con la sensibilidad de una adolescente llena de cuentos, poemas, teatro; con un novio intelectual, músico y militante, con las novedades que se tejían en la Universidad y la brutal represión en las calles, el miedo siempre pegado a las minifaldas escandalosas y las barbas que imitaban a Guevara: cómo hubiera podido no militar? Leer libros prohibidos. Encariñarse con gente comprometida. Escuchar discursos sobre Marx, Mao y Fidel. Todo a escondidas. Es que no pude escapar a ese destino ( tampoco lo intenté).
Mientras en el Norte vos tampoco escapabas al tuyo.
En el Norte, provincia pobre, ciudad pequeña donde todas y todos se conocen, Capital del chisme y del citrus. Donde no te seleccionaron nunca como candidata a reina o princesa de la citricultura porque no éramos dueños de plantaciones. Aunque nuestro padre podría saber más que cualquier ingeniero agrónomo y había trabajado como encargado de las mejores firmas. No éramos propietarios. Pero tuvimos primas que sí lo fueron. Eran bonitas y propietario el tío que se casó con la hermana de mamá. Además, tema muy importante, se iban a casar con hombres de buen vivir. No sé si se enamoraron, ni si escribieron un solo poema de amor, no sé si leyeron otro libro que el manual de la Escuela. Y tampoco sé, porqué me asaltó este recuerdo ahora.
En ese pueblo, que sigue con casi las mismas características, vos estabas viviendo los peores y los mejores momentos. Los peores porque trabajas casi como esclava de la tía nueva rica, dueña de restaurantes junto al tío que manoseaba a su hija y se animó con vos, los que en su nueva posición social eran como todos los nuevos ricos: miraban al resto de la familia por encima del hombro y le daban migajas a cambio de trabajo duro.
Ahí estabas y mientras entrabas al mundo esotérico poco a poco, fuiste la amante de un amaestrador de perros de la policía. De la policía que, recuérdese, eran parte de las fuerzas de represión pocos tiempo más tarde. Tenia ya esa virtud y un alcoholismo que creció con el tiempo. Fuiste feliz ? No lo puedo imaginar. Tu mundo y el de ese hombre jamás pudieron ser compatibles. Pero sola y casi esclavizada qué podías encontrar? Y cómo estarías sin nadie a tu lado? Así entró ese hombre en tu vida. La puta causalidad.
Sin embargo tuviste la enorme dicha de quedar embarazada. Uno de tus anhelos. Fueron unos meses donde mamá y vos se escribieron bastante. Mamá iba a ser abuela y comenzó a levantar su ánimo, del otro lado yo tenía sexo como en los años 70: sin demasiada responsabilidad.
Cuando mama decidió irse unos meses contigo me sentí mal. Intenté entender pero tenía diesiete años egoístas.
Al poco tiempo supe que estaba embarazada y el hombre intelectual, el del oído absoluto y militante de izquierda me dio el dinero para abortar. No pude, no quise, no lo hice. El misógino creyó que lo hacía para casarme con él. Que los intelectuales no suelen ser inteligentes emocionalmente y menos aún, entender cómo siente una adolescente.
Como habías predicho en tus primeras pruebas de Tarot, vos tuviste una hija, yo un varón.
Las dos fuimos abandonadas, de diferentes maneras. Las dos nos agrupamos junto a mamá en tu departamento. Alquilábamos el resto y finalmente mamá cobró la pensión de papá. Habían pasado dos años.
El padre de tu hija a veces ayudaba, el padre de mi hijo enviaba a veces dinero. Así comenzamos el camino de la maternidad.
Otra vez me escabullí, maternar no fue lo mío, quería seguir estudiando y mamá, vio en mi hijo al que vivía encerrado. Se aferró a ese niño como a nadie en su vida.
Dos años casi sin vernos y después, estuvimos con nuestros hijos a rastras casi dos más.
Llegaría la primera gran separación. Porque para cuando volvimos a vernos nuestros hijos eran adolescentes de casi quince años.
